ANMELDENA la mañana siguiente, Rosalie despertó con un dolor de cabeza punzante, y la luz del sol que se derramaba por las ventanas no le hacía ningún bien.
Se incorporó, frotándose las sienes, y las últimas palabras de Evan resonaron en su cabeza.
«Adiós, Rosalie».
Su corazón dio un pequeño vuelco al recordar la manera tranquila en que él lo había dicho, sin ira ni un intento desesperado de hacerla cambiar de opinión.
Apartó las sábanas y balanceó las piernas fuera de la cama. Seguramente Evan todavía estaba molesto por el regreso de Bryan. Siempre había sido un poco sensible en lo que se refería a Bryan, y quizás la discusión de ayer por fin lo había llevado demasiado lejos. Se calmaría con el tiempo; siempre lo hacía.
Siguió tranquilizándose en silencio mientras se levantaba de la cama, se aseaba y se dirigía a la sala.
Normalmente, a esa hora Evan ya andaría moviéndose por la casa, poniendo la mesa del desayuno o avisándole en voz alta que se le hacía tarde. Otros días lo encontraba en la cocina, con las mangas remangadas y el cabello ligeramente húmedo mientras trabajaba, preparando algo que ella le había dicho la noche anterior que quería.
Pero esa mañana la sala estaba extremadamente silenciosa.
Miró hacia la mesa del comedor, esperando ver el desayuno aguardándola, pero la mesa estaba vacía. Entró en la cocina, pensando que quizás él lo había preparado y olvidado ponerlo en la mesa, o que había salido a comprar algún ingrediente que faltaba, pero para su desconcierto, también estaba vacía.
Las encimeras estaban impecables. La cafetera estaba fría. El tenue y reconfortante olor a pan caliente y té de jengibre que solía recibirla estaba completamente ausente.
Rosalie se detuvo en medio de la cocina, con una extraña y apretada sensación enroscándose en su pecho. Evander siempre se despertaba antes que ella. Siempre. Incluso cuando peleaban, incluso cuando ella estaba fría, él se aseguraba de que su desayuno estuviera listo. Era una rutina tan profundamente arraigada en la vida de ella que rara vez pensaba en eso.
«Adiós, Rosalie».
El recuerdo de aquel adiós, que se negaba a dejarla en paz, la golpeó de nuevo, más fuerte esta vez, tanto que se le cortó el aliento.
¿Y si no estaba fanfarroneando? ¿Y si de verdad se había ido? El pensamiento era irracional y aterrador. No se iría sin decir nada más, ¿verdad?
Por un breve y aterrador instante, Rosalie sintió miedo de verdad. El cimiento de su mundo, el hombre que siempre había estado ahí, se sintió de pronto inestable. Se obligó a respirar hondo. Probablemente estaba exagerando.
Había pasado tres años con Evan, e incluso cuando discrepaban, nunca había imaginado despertar un día y descubrir que él ya no estaba en la casa.
Se dio la vuelta rápidamente, con la mano apoyada contra el pecho, y se dirigió a la habitación de él.
Apenas había dado tres pasos por el pasillo cuando se abrió la puerta de la habitación de huéspedes.
Bryan salió, con el cabello revuelto, vestido con una camisa de dormir de seda que se veía totalmente fuera de lugar en la casa de ella. Parecía ligeramente irritado y entrecerró los ojos al verla.
Rosalie se detuvo y lo saludó.
—Buenos días, Bryan.
—Buenos días, Rosie, cariño —respondió él, mientras su rostro se iluminaba un poco, y caminó hacia ella, le rodeó la cintura con una mano y se inclinó para besarle la mejilla.
Rosalie se apartó con suavidad antes de que él pudiera acercarla más.
Un gran ceño fruncido apareció en el rostro de Bryan, reemplazando la poca luminosidad.
—¿En serio, Rosie? ¿Otra vez?
Ella lo miró, confundida por su repentino cambio de tono.
—¿Qué?
Él entrecerró los ojos y gesticuló vagamente.
—Anoche me mandaste a la habitación de huéspedes. Pensé que quizás cambiarías de opinión esta mañana, pero sigues actuando como si fuera un extraño.
Rosalie cerró los ojos y apretó los labios.
—Bryan, no empieces esta mañana. Sabes que sigo casada con Evan.
—¿Casada? ¿Estás bromeando, Rosalie? —se burló Bryan, acercándose más—. Ya firmaste los papeles del divorcio ayer, Rosalie. ¿Por qué sigues actuando como si estuvieras comprometida con este matrimonio? Ya me elegiste a mí por encima de ese hombre. Siempre me has elegido a mí.
Rosalie cruzó los brazos a la defensiva.
—Firmar los papeles no significa que el divorcio ya esté finalizado. Es un proceso. No puedo simplemente fingir que tres años de matrimonio no sucedieron porque firmé unos papeles de la noche a la mañana.
La mirada de Bryan se oscureció mientras daba otro paso hacia ella, cerrando la distancia.
—Entonces dime —dijo, con la voz descendiendo a un murmullo—. ¿De verdad quieres estar conmigo, Rosalie? ¿O estás teniendo dudas sobre el yerno mantenido?
La pregunta la tomó desprevenida.
Por supuesto que quería estar con Bryan. Era el hombre al que había amado antes de que su vida se complicara, la persona con la que alguna vez imaginó construir un futuro. Su regreso había removido sentimientos que creía haber enterrado, y había pasado tanto tiempo convenciéndose de que la historia de ambos merecía otra oportunidad.
Sin embargo, de pie frente a él ahora, no podía obligarse a darle la respuesta que él quería.
Bryan esperó, pero Rosalie permaneció en silencio.
Su mandíbula se tensó.
—¿Ni siquiera puedes responder una pregunta sencilla?
Rosalie negó con la cabeza.
—No dije que no quisiera estar contigo.
—Entonces ¿por qué no puedes decirlo?
Ella tragó el enorme nudo en la garganta y buscó la respuesta adecuada.
Pero antes de que Bryan pudiera presionarla más, su teléfono sonó, rompiendo el silencio tenso. Rosalie metió rápidamente la mano en el bolsillo y lo sacó, agradecida por la interrupción. Miró la pantalla brevemente: era Vivienne.
—Tengo que contestar —murmuró Rosalie, dándole la espalda a Bryan, y respondió la llamada—. ¿Vivienne?
—¡Rosie! ¡Buenos días! —La voz de Vivienne sonaba brillante y alegre—. Me muero por saberlo. ¿Cómo te fue con Bryan anoche? ¿Por fin está de vuelta donde pertenece?
Rosalie miró por encima del hombro a Bryan, que la observaba con una mirada calculadora.
—Vivienne, para ya. Sigo casada con Evan.
Vivienne soltó una risa aguda y desdeñosa.
—¿Hablas en serio? Rosalie, tú misma dijiste literalmente que pedirías el divorcio, y al parecer Bryan dice que ya firmaste los papeles del divorcio ayer. Entonces, ¿por qué sigues defendiéndolo?
—El divorcio no está finalizado —espetó Rosalie, con la voz más tensa de lo que pretendía—. No puedo fingir que ya estoy divorciada.
Vivienne suspiró pesadamente, con un sonido que goteaba falsa compasión.
—Está bien, está bien. Pero escúchame. Solo te pido que lo pienses. ¿Recuerdas la grabación que te mostré? ¿Recuerdas lo que dijo sobre la casa de moda Laurent? ¿Y si había más detrás de eso de lo que querías creer?
Rosalie miró fijamente a Evander, con los ojos muy abiertos y el nombre muriéndosele en los labios.—Evander…—Es evidente que usted no ha venido por negocios —la interrumpió él antes de que pudiera decir otra palabra. Su voz estaba despojada de toda calidez, una hoja de puro hielo—. Y no aprecio el comportamiento poco profesional en mi oficina. Tengo trabajo que hacer, y no voy a pasar el resto de la mañana discutiendo un matrimonio que ya terminó.Rosalie se quedó inmóvil, con la respiración entrecortada. Había esperado ira. Había esperado gritos, quizás incluso acusaciones. Nunca había imaginado que él la miraría como si fuera una visitante indeseada que dejaba huellas de lodo sobre sus impecables suelos.Dio un paso vacilante y tembloroso hacia el escritorio de él.—Por favor, solo mírame.Él no se movió. Su mirada permaneció fija en los documentos que tenía delante.—Evander, sé que estás herido. Sé que tienes todas las razones para estar enojado conmigo, pero por favor no me exc
—Señorita Laurent, el presidente está listo para recibirla.Rosalie respiró hondo en silencio y se arregló la chaqueta antes de ponerse de pie. Había pasado los últimos minutos esperando en el salón de recepción, tratando de calmar la inquietud que se le había instalado en el estómago desde que llegó al Imperio Blackthorne. La condición inusual de esta reunión todavía la perturbaba, pero la casa de moda Laurent se estaba quedando sin opciones, y no podía permitir que su incomodidad personal se interpusiera en una posible oportunidad de negocio.—Hemos llegado, señorita Laurent.La mujer se detuvo frente a unas imponentes puertas dobles y abrió una de ellas.Rosalie asintió en señal de agradecimiento antes de entrar.Lo primero que notó fue la vista impresionante más allá de los ventanales que iban del suelo al techo. La ciudad se extendía bajo la oficina, con sus edificios pareciendo casi insignificantes desde semejante altura. La sala era espaciosa y estaba amueblada con buen gusto,
Durante las últimas tres horas, Rosalie no había podido concentrarse en nada que no fuera la reunión. La casa de moda Laurent se estaba quedando sin opciones, y el Imperio Blackthorne seguía siendo su mejor oportunidad de conseguir el apoyo que necesitaba desesperadamente. Había esperado que la reunión fuera difícil, pero estaba preparada para enfrentar cualquier pregunta que el presidente pudiera hacer sobre su empresa.Lo que no había esperado era la expresión de Linda cuando cruzó la puerta.—¿Pasa algo? —preguntó Rosalie, levantando la vista de los documentos esparcidos sobre su escritorio.Linda dudó antes de acercarse.—He recibido una respuesta de la oficina del presidente del Imperio Blackthorne.Rosalie se enderezó de inmediato.—¿Y?—Están dispuestos a seguir adelante con la reunión, pero hay una condición.La expresión esperanzada de Rosalie se desvaneció ligeramente.—¿Qué condición?Linda miró el mensaje en su tableta antes de responder.—El presidente quiere saber si ust
Por un momento, Rosalie no dijo nada.La grabación la había inquietado desde que Vivienne se la mostró. Recordaba las palabras, la manera en que Vivienne las había explicado y la conclusión a la que había llegado a partir de lo que vio. En ese momento, todo había parecido encajar, sobre todo con el comportamiento cada vez más distante de Evan.Pero ahora, al intentar conciliar esas acusaciones con el hombre con el que había vivido durante tres años, empezaron a surgirle dudas.Evan había estado ahí cuando el negocio de ella atravesaba dificultades. La había apoyado en los días difíciles, se había quedado a su lado cuando estaba agotada y la había animado cuando pensaba que ya no podía seguir.—¿Y si malinterpretaste lo que viste? —preguntó Rosalie en voz baja.—¿Qué acabas de decir?—No estoy diciendo que mientas. Estoy diciendo que quizás malinterpretaste la grabación. No conozco el contexto completo de lo que Evan estaba hablando, y no creo que deba suponer lo peor sin saberlo todo.
A la mañana siguiente, Rosalie despertó con un dolor de cabeza punzante, y la luz del sol que se derramaba por las ventanas no le hacía ningún bien.Se incorporó, frotándose las sienes, y las últimas palabras de Evan resonaron en su cabeza.«Adiós, Rosalie».Su corazón dio un pequeño vuelco al recordar la manera tranquila en que él lo había dicho, sin ira ni un intento desesperado de hacerla cambiar de opinión.Apartó las sábanas y balanceó las piernas fuera de la cama. Seguramente Evan todavía estaba molesto por el regreso de Bryan. Siempre había sido un poco sensible en lo que se refería a Bryan, y quizás la discusión de ayer por fin lo había llevado demasiado lejos. Se calmaría con el tiempo; siempre lo hacía.Siguió tranquilizándose en silencio mientras se levantaba de la cama, se aseaba y se dirigía a la sala.Normalmente, a esa hora Evan ya andaría moviéndose por la casa, poniendo la mesa del desayuno o avisándole en voz alta que se le hacía tarde. Otros días lo encontraba en la
El olor estéril a antiséptico se aferraba a la ropa de Evander cuando entró al penthouse. El sol ya se había puesto, y la brisa fresca de la tarde barrió su cuerpo exhausto, refrescándolo durante el breve instante que duró. Su mente ya estaba vaciada por las horas que había pasado sentado junto a la cama de hospital de Eleanor Laurent. Los médicos ya la habían estabilizado, pero verla en ese estado, tan pálida, conectada a máquinas, había movido algo enorme dentro de él. Ella era la única persona que lo había tratado bien, como una verdadera madre desde que se casó con Rosalie.Empujó las puertas de cristal y entró en la sala. Necesitaba decírselo a Rosalie: a pesar de que los papeles del divorcio ya estaban firmados y de la frialdad con la que ella lo trataba desde que llegó Bryan, tenía derecho a saber que su madre estaba en coma.Caminó unos pasos por la sala antes de encontrarla yendo de un lado a otro, con el teléfono apenas presionado contra la oreja y una expresión preocupada.







