ANMELDENLa pálida luz de la mañana se filtraba por las cortinas translúcidas del penthouse, sin hacer nada por calentar el silencio helado.
Evan despertó en una casa vacía; Rosalie ya había salido, así que simplemente se levantó, se vistió y fue a la cocina a preparar el desayuno. Se quedó de pie junto a la isla de la cocina, sacó la tostadora y la enchufó, y esta saltó con un seco chasquido metálico que lo hizo sobresaltarse. Untó mantequilla en el pan con precisión, con movimientos desprovistos de la calidez que había definido los últimos tres años de su vida. Sacó una taza del estante superior y se sirvió un vaso de leche; la tibieza de la leche ahogaba el frío de la porcelana que le mordía la palma. Tomó un sorbo de leche tibia y, al darse la vuelta, su mirada se desvió hacia la mesa del comedor, donde descansaba el papel del divorcio, una cuenta regresiva silenciosa hacia la muerte de su matrimonio. Entonces, de repente, su teléfono vibró contra la encimera de mármol, y el zumbido áspero estremeció la quietud de la habitación. Se inclinó y miró la pantalla: era una llamada del hospital St. Jude. Un pico de pavor helado le atravesó el pecho cuando contestó. —¿Señor Thorne? —La voz que llegaba desde el otro lado del teléfono era profesional, pero estaba teñida de una urgencia inconfundible—. Le habla urgencias. Usted es el contacto de emergencia principal de Eleanor Laurent. Ha sufrido un accidente automovilístico grave y necesita cirugía de inmediato. Debe venir cuanto antes. El vaso se le resbaló de la mano a Evan sin que se diera cuenta y se hizo añicos contra el mármol. La leche se esparció por la encimera y empapó el borde de los papeles del divorcio. No sintió el líquido tibio salpicarle las muñecas. Solo sintió el terrible y hueco vuelco en el estómago. Eleanor, la madre de Rosalie. La única persona de esa familia que alguna vez lo había mirado con verdadera calidez, que lo había tratado como a un hijo y no como a un desecho y un sirviente doméstico. Cuando Rosalie lanzaba veneno, Eleanor era quien la regañaba a ella. Evan no dudó. Agarró su abrigo, con el corazón martilleándole un ritmo frenético y doloroso contra las costillas. No le importaba el divorcio. No le importaba su orgullo hecho pedazos. Lo único que le importaba era Eleanor, que estaba a punto de entrar a un quirófano. Se lanzó hacia delante y abrió de un tirón la puerta principal, y entonces se quedó helado. Rosalie estaba a punto de entrar, quitándose ya su gabardina de diseñador. Y justo detrás de ella, con un aire impecablemente petulante, estaba Bryan. Rosalie parpadeó y frunció el ceño al ver el rostro pálido de Evan y el abrigo en las manos de él. —¿A dónde vas con tanta prisa? —preguntó, con un tono que ya llevaba un filo agudo de irritación. La voz de Evan sonaba tensa, con el pecho agitado. —Mamá tuvo un accidente de coche y la llevaron de urgencia al St. Jude. Tienes que venir conmigo ahora, necesita ser operada. Rosalie ni siquiera mostró señal alguna de preocupación, como Evan esperaba que hiciera: no palideció ni ahogó un grito. Solo soltó un breve suspiro desdeñoso. —Evan, hoy no tengo tiempo para tus teatros. La empresa está muy ocupada. No puedo dejar todo tirado para ir a ver a tu mamá —hizo un gesto vago en el aire. Evan la miró fijamente, con el aire escapándosele de los pulmones como si lo hubieran golpeado. ¿Hablaba en serio? Pero antes de que pudiera obligar a su garganta seca a formar las palabras, a gritarle que era su madre, su propia sangre, Bryan avanzó con suavidad hacia el vestíbulo. —Rosalie —murmuró Bryan, con la voz cargada de falsa preocupación. Le puso una mano con delicadeza en la parte baja de la espalda, y su pulgar rozó la seda de la blusa de ella—. No seas tan dura. Quizás su madre de verdad esté enferma. Bryan volvió sus ojos profundos y calculadores hacia Evan, con la expresión suavizada en una máscara de profunda compasión. —Lamento mucho lo de tu madre, Evan. Deberías ir. No dejes que te retrasemos. Acabo de volver de un vuelo largo y estoy agotado, pero no quiero ser la razón por la que pierdas un momento crucial con tu familia. El descaro absoluto y empalagoso de aquello hizo que Evan apretara la mandíbula con tanta fuerza que le dolieron los dientes. Ese hombre era una víbora que se envolvía en la piel de un amigo preocupado. —Métete en tus asuntos —escupió Evan, con la voz vibrando de una ira oscura y peligrosa. Bryan dio un paso atrás, levantando las manos en un gesto conciliador. Para Rosalie, parecía una retirada elegante. Pero para Evan, era un golpe calculado. Un destello de puro triunfo depredador bailó en los ojos de Bryan. —No quise ofender. Es solo que siempre pienso en el peor de los escenarios. Por favor, no te enojes conmigo. —¡No le grites! —estalló Rosalie, interponiéndose directamente entre ambos, con los ojos destellando a la defensiva. Miró a Evan como si fuera un perro rabioso—. ¡Él solo está siendo sensato! Tú eres quien está armando un escándalo —alzó la nariz, con la voz goteando una autoridad desdeñosa—. Ya que estás levantado, prepárale algo de desayuno a Bryan antes de irte. Está cansado del vuelo. Evan la miró; la miró de verdad. Esta era la mujer por la que había renunciado a su imperio. La mujer que ahora le ordenaba cocinar para su amante mientras la madre de ella se desangraba en una cama de hospital. El silencio se prolongó, espeso y sofocante. —Solo calienta un poco de pan y leche —continuó Rosalie, completamente ajena al hielo que se extendía por las venas de él—. Toma cinco minutos. No es ninguna molestia. —No es ninguna molestia en absoluto —intervino Bryan con suavidad, dirigiéndose hacia la cocina. Le dedicó a Rosalie una sonrisa dulce y falsa, y luego se volvió hacia Evan—. Puedo preparármelo yo mismo. Deja que Rosalie descanse. Odiaría que se estresara por algo tan pequeño. Los ojos de Bryan brillaban de malicia al asestar el corte final: —Después de todo, llevas tanto tiempo siendo un yerno mantenido… Es una lástima que todavía ni siquiera sepas preparar bien una comida para tu esposa. El insulto aterrizó con la precisión de un bisturí. Evan sintió que algo se agrietaba dentro de su pecho. Un dolor pesado y sofocante floreció detrás de sus costillas, extendiéndose por el pecho como escarcha. Había soportado tres años de la indiferencia de ella, pero esto, la crueldad casual, la falta total de respeto por la humanidad de él, era el final. Miró a Rosalie. —Ya que Bryan ha vuelto, estoy dispuesto a hacerme a un lado. Que ustedes dos estén juntos. Caminó hasta la mesa del comedor, con pasos inquietantemente firmes. Tomó un bolígrafo, lo accionó una vez, un sonido que pareció resonar como un disparo en el vestíbulo, y firmó los papeles del divorcio con rapidez. Luego empujó el documento hacia ella. —Fírmalo.Rosalie miró fijamente a Evander, con los ojos muy abiertos y el nombre muriéndosele en los labios.—Evander…—Es evidente que usted no ha venido por negocios —la interrumpió él antes de que pudiera decir otra palabra. Su voz estaba despojada de toda calidez, una hoja de puro hielo—. Y no aprecio el comportamiento poco profesional en mi oficina. Tengo trabajo que hacer, y no voy a pasar el resto de la mañana discutiendo un matrimonio que ya terminó.Rosalie se quedó inmóvil, con la respiración entrecortada. Había esperado ira. Había esperado gritos, quizás incluso acusaciones. Nunca había imaginado que él la miraría como si fuera una visitante indeseada que dejaba huellas de lodo sobre sus impecables suelos.Dio un paso vacilante y tembloroso hacia el escritorio de él.—Por favor, solo mírame.Él no se movió. Su mirada permaneció fija en los documentos que tenía delante.—Evander, sé que estás herido. Sé que tienes todas las razones para estar enojado conmigo, pero por favor no me exc
—Señorita Laurent, el presidente está listo para recibirla.Rosalie respiró hondo en silencio y se arregló la chaqueta antes de ponerse de pie. Había pasado los últimos minutos esperando en el salón de recepción, tratando de calmar la inquietud que se le había instalado en el estómago desde que llegó al Imperio Blackthorne. La condición inusual de esta reunión todavía la perturbaba, pero la casa de moda Laurent se estaba quedando sin opciones, y no podía permitir que su incomodidad personal se interpusiera en una posible oportunidad de negocio.—Hemos llegado, señorita Laurent.La mujer se detuvo frente a unas imponentes puertas dobles y abrió una de ellas.Rosalie asintió en señal de agradecimiento antes de entrar.Lo primero que notó fue la vista impresionante más allá de los ventanales que iban del suelo al techo. La ciudad se extendía bajo la oficina, con sus edificios pareciendo casi insignificantes desde semejante altura. La sala era espaciosa y estaba amueblada con buen gusto,
Durante las últimas tres horas, Rosalie no había podido concentrarse en nada que no fuera la reunión. La casa de moda Laurent se estaba quedando sin opciones, y el Imperio Blackthorne seguía siendo su mejor oportunidad de conseguir el apoyo que necesitaba desesperadamente. Había esperado que la reunión fuera difícil, pero estaba preparada para enfrentar cualquier pregunta que el presidente pudiera hacer sobre su empresa.Lo que no había esperado era la expresión de Linda cuando cruzó la puerta.—¿Pasa algo? —preguntó Rosalie, levantando la vista de los documentos esparcidos sobre su escritorio.Linda dudó antes de acercarse.—He recibido una respuesta de la oficina del presidente del Imperio Blackthorne.Rosalie se enderezó de inmediato.—¿Y?—Están dispuestos a seguir adelante con la reunión, pero hay una condición.La expresión esperanzada de Rosalie se desvaneció ligeramente.—¿Qué condición?Linda miró el mensaje en su tableta antes de responder.—El presidente quiere saber si ust
Por un momento, Rosalie no dijo nada.La grabación la había inquietado desde que Vivienne se la mostró. Recordaba las palabras, la manera en que Vivienne las había explicado y la conclusión a la que había llegado a partir de lo que vio. En ese momento, todo había parecido encajar, sobre todo con el comportamiento cada vez más distante de Evan.Pero ahora, al intentar conciliar esas acusaciones con el hombre con el que había vivido durante tres años, empezaron a surgirle dudas.Evan había estado ahí cuando el negocio de ella atravesaba dificultades. La había apoyado en los días difíciles, se había quedado a su lado cuando estaba agotada y la había animado cuando pensaba que ya no podía seguir.—¿Y si malinterpretaste lo que viste? —preguntó Rosalie en voz baja.—¿Qué acabas de decir?—No estoy diciendo que mientas. Estoy diciendo que quizás malinterpretaste la grabación. No conozco el contexto completo de lo que Evan estaba hablando, y no creo que deba suponer lo peor sin saberlo todo.
A la mañana siguiente, Rosalie despertó con un dolor de cabeza punzante, y la luz del sol que se derramaba por las ventanas no le hacía ningún bien.Se incorporó, frotándose las sienes, y las últimas palabras de Evan resonaron en su cabeza.«Adiós, Rosalie».Su corazón dio un pequeño vuelco al recordar la manera tranquila en que él lo había dicho, sin ira ni un intento desesperado de hacerla cambiar de opinión.Apartó las sábanas y balanceó las piernas fuera de la cama. Seguramente Evan todavía estaba molesto por el regreso de Bryan. Siempre había sido un poco sensible en lo que se refería a Bryan, y quizás la discusión de ayer por fin lo había llevado demasiado lejos. Se calmaría con el tiempo; siempre lo hacía.Siguió tranquilizándose en silencio mientras se levantaba de la cama, se aseaba y se dirigía a la sala.Normalmente, a esa hora Evan ya andaría moviéndose por la casa, poniendo la mesa del desayuno o avisándole en voz alta que se le hacía tarde. Otros días lo encontraba en la
El olor estéril a antiséptico se aferraba a la ropa de Evander cuando entró al penthouse. El sol ya se había puesto, y la brisa fresca de la tarde barrió su cuerpo exhausto, refrescándolo durante el breve instante que duró. Su mente ya estaba vaciada por las horas que había pasado sentado junto a la cama de hospital de Eleanor Laurent. Los médicos ya la habían estabilizado, pero verla en ese estado, tan pálida, conectada a máquinas, había movido algo enorme dentro de él. Ella era la única persona que lo había tratado bien, como una verdadera madre desde que se casó con Rosalie.Empujó las puertas de cristal y entró en la sala. Necesitaba decírselo a Rosalie: a pesar de que los papeles del divorcio ya estaban firmados y de la frialdad con la que ella lo trataba desde que llegó Bryan, tenía derecho a saber que su madre estaba en coma.Caminó unos pasos por la sala antes de encontrarla yendo de un lado a otro, con el teléfono apenas presionado contra la oreja y una expresión preocupada.







