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Chapter 7

Author: Mia
last update publish date: 2026-10-26 19:10:14

CAPÍTULO SIETE: EL VESTIDO ROJO**

Punto de vista de Isabella**

Ya estaba de pie antes de haber decidido moverme.

El miedo debería haberme clavado en ese escalón. En cambio, algo ardiente y terco tomó el mando, y corrí tras la sombra con una mano rozando la pared, los pies descalzos silenciosos sobre el mármol, la garganta gritando con cada respiración.

La figura había girado a la izquierda al final del corredor. Doblé la esquina y solo encontré un largo tramo de alfombra oscura, una hilera de puertas cerradas y una única ventana que proyectaba un cuadrado pálido de luz de luna sobre el suelo. Ni un paso. Ni una respiración. Solo mi propio pulso martilleándome los oídos.

Me quedé allí, girando despacio sobre mí misma, registrando cada rincón. Nada se movía. Quienquiera que fuese, se había fundido sin más con la casa.

Solté un aliento tembloroso y me di la vuelta para irme.

Detrás de mí, una puerta se cerró con un chasquido lento y suave, como si alguien la hubiera sujetado y por fin la hubiera soltado.

Miré hacia atrás. Un delgado hilo de luz bajo una puerta al fondo del pasillo se apagó. No le di importancia. En una casa de ese tamaño, siempre había alguien despierto, siempre alguien escuchando. Estaba demasiado cansada para preguntármelo, y me dolía demasiado la garganta como para que me importara.

Volví a la habitación que compartíamos y cerré la puerta tras de mí.

Algo no estaba bien. No sabía qué. Las almohadas parecían demasiado ordenadas, y uno de los cajones de la cómoda estaba entreabierto un dedo. Di un paso hacia él, pero entonces vi mi reflejo en el espejo sobre la cómoda y me detuve.

Los moretones ya empezaban a florecer. Cuatro de ellos a lo largo del lado izquierdo de mi garganta, de un rojo profundo con bordes violáceos, y uno más pequeño donde su pulgar había presionado mi pulso. Levanté la barbilla y se estiraron sobre mi piel pálida, un mapa exacto de los lugares donde él había estado.

Me ardían los ojos. Parpadeé con fuerza.

*No vas a llorar por él.*

—Déjame ver.

Me giré en seco. Lorenzo estaba en el umbral, con la camisa por fuera, sin chaqueta, el cabello revuelto como si se hubiera pasado las manos por él una docena de veces. En una de ellas sostenía un pequeño frasco blanco.

Me miraba como si nada hubiera pasado. Como si no hubiera tenido los dedos alrededor de mi garganta hacía una hora.

—Vete —dije. Mi voz salió como grava—. Hablo en serio.

—¿No quieres saber por qué estoy aquí? —Cerró la puerta con el talón, sin prisa, casi con pereza—. No seas así, princesa.

*Princesa.* Como si esa palabra todavía le perteneciera.

—Sé por qué estás aquí. Para comprobar que tu propiedad no está dañada.

—Siéntate.

—Prefiero desangrarme.

Algo cruzó su rostro, diversión o su fantasma. —Qué ocurrente. Siéntate, Isabella. No lo pediré una tercera vez.

Me quedé donde estaba, con la mandíbula apretada, y él simplemente se quedó allí. Sin amenazar. Sin moverse. Solo esperando, con una calma tan completa que comprendí que yo cedería mucho antes que él.

Me senté en el borde de la cama. Odié lo rápido que mi cuerpo obedeció.

Cruzó la habitación y se arrodilló sobre una rodilla frente a mí, y eso me inquietó más que cualquier cosa que hubiera podido decir. Lorenzo Moretti no se arrodillaba. Y sin embargo ahí estaba, desenroscando el frasco, con el olor penetrante de las hierbas elevándose entre nosotros.

—Barbilla arriba.

No me moví.

Sus ojos subieron hasta los míos. Esperando.

Lenta, amargamente, la levanté.

Sus dedos tocaron mi piel y me sobresalté, cada músculo preparado para el hierro que recordaba. Él lo sintió. Su mano se congeló, suspendida, y una sombra pasó por su rostro, allí y luego ausente.

—No te haré daño —dijo tan bajo que apenas lo oí.

—Ya lo hiciste.

—Lo sé.

Comenzó de nuevo, y la presión que esperaba nunca llegó. Las yemas de sus dedos extendieron la crema fresca sobre cada moretón con una paciencia que no tenía sentido, siguiendo cada marca como si temiera que pudiera abrirse. Mantuve la vista en la pared detrás de él y conté mis respiraciones.

Entonces se inclinó más cerca.

Su cabeza descendió, sus labios se entreabrieron, y sopló una suave corriente de aire sobre la piel dolorida. Fresca contra el ardor. Lenta. Cuidadosa.

Mi aliento se detuvo.

Lo sentí por todas partes. A lo largo de la columna. Detrás de las rodillas. En las muñecas, donde mi pulso parecía gritar de pronto. Miré el cabello oscuro en la coronilla de su cabeza inclinada y pensé, con una violencia que me sorprendió: *es el mismo hombre.*

Las mismas manos. La misma boca que me había dicho que jamás podría ser ella.

*Es un monstruo.* Me lo repetí como una oración, como una cerradura que giraba. *Es un monstruo, y no vas a permitir que esto signifique nada.*

—Isabella. —Se había detenido, con el pulgar apoyado suavemente a lo largo de mi mandíbula—. Mírame.

Lo hice. Ojalá no lo hubiera hecho.

Durante un latido suspendido, sus ojos sostuvieron los míos, oscuros y sin defensa, y vi algo que no supe nombrar. Arrepentimiento, quizá. O su sombra.

Entonces lo vi marcharse, como una puerta que se cerraba en lo más hondo de él, y el hombre arrodillado a mis pies se puso de pie y volvió a ser el Don.

Cerró el frasco y lo dejó sobre la mesita de noche sin mirarme. —Fue un error. Perdí el control. —Una pausa, plana y fría—. No volverá a ocurrir.

—¿Mientras yo obedezca?

—Mientras recuerdes dónde estás. —Su mirada se deslizó hacia la ventana negra—. Es la única disculpa que recibirás.

—Eso no es una disculpa.

—No. —La comisura de su boca se movió, pero no había nada cálido en ella—. Es lo más cerca que llego.

Caminó hacia la puerta y se detuvo con la mano en el picaporte.

—Mañana vienen mis socios a la casa para un té. Ponte algo bonito. —No se volvió—. Y no me hagas arrepentirme.

La puerta se cerró tras él.

Me quedé muy quieta, con la garganta aún hormigueando donde había estado su aliento, odiando poder sentirlo todavía. Odiando que su frialdad doliera más que su agarre.

Pasado un rato, me levanté. No tenía nada propio que ponerme. Todo en esa casa había sido elegido para mí, así que fui hasta el armario y deslicé las puertas para encontrar la prenda menos ofensiva.

La fila de vestidos colgaba en un orden silencioso y caro. Crema, azul marino, gris suave. Y al final de todo, apartado de los demás, algo rojo.

Lo saqué.

Estaba atado con cordones por la espalda y tan escotado al frente que apenas dejaba nada a la imaginación. Seda carmesí profunda, fina como un susurro. Nada que yo habría elegido jamás. Nada que alguien llevaría a un té con hombres como los suyos.

Una tira de seda negra descansaba doblada sobre el corpiño. Una venda para los ojos.

Se me encogió el estómago.

Prendida debajo, había una hoja de papel crema, con una letra audaz e inclinada, apretada con tanta fuerza contra la página que casi la había rasgado:

*Ponte esto mañana para el té. Es una orden.*

Y al pie, dos iniciales, afiladas como una hoja:

*LM.*

Me quedé allí, con el vestido colgando de mis dedos y la venda fría contra la palma, y una pregunta se alzó por encima de todos los demás pensamientos en mi cabeza.

Acababa de decirme que lamentaba lo que había hecho.

Entonces, ¿por qué *esto* ya estaba esperando en mi armario *antes* de que él entrara en la habitación?

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