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LA VENGANZA POR UN CONTRATO
LA VENGANZA POR UN CONTRATO
Author: Jhoana Caballero

CAPÍTULO 1 : UN CONTRATO FIRMADO CON DOLOR

last update publish date: 2026-09-17 16:49:22

La pluma pesaba más que cualquier cosa en mi vida. En frente de mí estaba un papel con letras grandes, y abajo las firmas de mis padres y la de él: Damián Montenegro. Con solo ver su apellido me daban escalofríos, y eso que aún no lo conocía; ya me estaba dando cuenta de que firmaría mi sentencia.

—¡Firma! —me dijo mi padre, sacándome de mis pensamientos. Mi mano tomaba la pluma, toda temblorosa.

—¡Firma ya! Esto nos hará grandes y poderosos, y ahí no te faltará nada. Tú serás su esposa, y lo que le pertenezca a él te pertenecerá a ti.

—Sí, hija, firma. Hazlo por nosotros, tu familia —me dijo mi madre, tomando mi mano para que firmara ya.

Mi corazón se rompía en pedazos solo de ver a mis padres ansiosos porque firmara. Cuando escribí mi nombre, sentí que mi mundo se derrumbaba. No me había casado por amor. Me habían vendido por dinero y poder, y el precio fue mi dignidad y mi libertad. En cuanto firmé, mis padres sonrieron y me dijeron:

—Prepárate, en unos diez minutos vendrán por ti para llevarte con tu esposo.

Yo los vi con una gran tristeza y se me salió una lágrima. Luego mi madre se acercó a mí:

—Querida, no llores. Tendrás una vida maravillosa, no te hará falta nada.

—No quería hacer esto y tú lo sabes, mamá.

—Lo sé, hija, pero recuerda: es por tu familia.

—¡Dejen de lloriqueos! Ella tendrá de todo, no se va a quejar. Ya llegó la limusina del señor Montenegro, ya la están esperando —dijo mi padre.

Mi corazón me latió tan fuerte con solo pensar que ya habían venido por mí. Me abrazó mi madre, y mi padre ni siquiera se quiso despedir. Me subí a la limusina.

Y el chofer arrancó, alejándose de aquel lugar que algún día fue mi hogar. El camino era inmenso hacia la mansión, parecía no tener fin, y eso era un poco tranquilizante ya que no quería llegar. Pero para mi desgracia, la mansión se empezó a ver desde aún muy lejos. Era tan grande que no lo podía creer: que un hombre la hubiera creado. Nos acercábamos más y más hasta que al fin entramos. Se abrió el gran portón negro; era tan alto y pesado que se azotó al cerrarse detrás de mí de un golpe. Sentía como si me hubiera encerrado en una jaula. La mansión Montenegro era inmensa, fría y lujosa. La gran limusina se estacionó enfrente de una multitud de sirvientes bien alineados.

Uno de ellos me abrió la puerta de la limusina y me bajé despacio, aún con mi vestido de novia. Todos ellos hicieron una reverencia y me dijeron:

—Bienvenida, señora Valeria Montenegro.

Esas palabras me dieron un escalofrío que me erizó la piel. Caminé en medio de la fila perfecta de sirvientes hacia una puerta que daba la entrada hacia dentro de la mansión. Al entrar, la puerta se cerró. Me quedé allí sola, me sentía tan pequeña.

Y entonces él apareció. Era alto, elegante, con sus ojos azules que no mostraban nada de sentimiento; hacia mí no había ni cariño ni respeto, solo poder.

—Bienvenida —dijo con una voz fría—. Solo quiero dejar en claro unas cosas aquí: yo pongo las reglas, nada se hace sin que yo lo permita. Tú eres mi esposa ante el mundo, pero recuerda que esto fue por conveniencia, por dinero. Tu habitación será la que está más lejos de la mía, así que a esa habitación no te acerques, al menos que quieras verme con otra mujer o sientas ganas de unirte a la fiesta.

Señalaba sus aposentos con una sonrisa en su rostro mientras me decía esas perversidades, y seguía diciéndome sus reglas:

—Así que no esperes amor, lo nuestro fue solo un contrato.

Se quedó en silencio unos segundos mientras dejaba su chaqueta en el sofá de piel y comenzaba a desabrocharse la camisa, y empezó a hablar de nuevo. Mientras tanto, a mí ni una sola palabra me salía y solo escuchaba.

—Y también nada de celos, no quiero reclamos, ¿entendido?

Con la voz temblorosa y un poco reseca me salieron unas cuantas palabras:

—Sí, señor, haré todo lo que usted diga.

—Así me gusta. Te puedes marchar a tu habitación; las empleadas ya te la tienen preparada. Voy a ducharme y a llamar a una novia, así que no quiero que me molestes, que quede claro.

Damián se marchó de ahí donde estaba, y una sirvienta se acercó a mí y me llevó a la habitación que ya me tenían preparada. Pusieron ropa cómoda sobre la cama y me ayudó a quitarme el vestido de novia; lo levantó del suelo y se marchó dejándome sola en esa habitación.

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