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Punto de vista de Mara
La última vez que sostuve esa pluma, mi vida terminó seis semanas después, entre llamas.
Lo supe en cuanto mis dedos reconocieron su peso. La sala de juntas del piso sesenta de Voss Group, la mesa de cristal, la ciudad gris al otro lado de los ventanales. Frente a mí, un contrato de matrimonio de treinta páginas. Y al otro lado de la mesa, Adrian Voss, con las manos cruzadas, mirándome como si yo fuera una cláusula que no acababa de entender.
—Firma, Mara —susurró mi madrastra, Diane, a mi izquierda, con la mano ya sobre mi hombro—. Las deudas de tu padre no se pagan solas.
Su perfume olía a lirios. La última vez que lo olí, estaba mezclado con humo.
Una línea de luz dorada se desplegó en el borde de mi visión.
LIBRO DEL DESTINO ACTIVADO.
Anfitriona: Mara Ellison. Cada hecho del pasado que cambies te dará Créditos.
MISIÓN UNO: No firmes el contrato tal como está.
Recompensa: 100 Créditos + Detector de Mentiras (nivel 1).
En mi primera vida había firmado sin leer. Había odiado a Adrian durante seis semanas por algo que no entendía. Ahora pasé las páginas con calma, y la sala fue quedando en silencio.
—Mara —dijo Diane, con una risita tensa—, es solo papeleo.
Cláusula nueve, página catorce. En caso de fallecimiento de la Esposa durante la vigencia del matrimonio, la herencia materna de la Esposa será transferida a su familia directa.
La herencia de mi madre. La única cosa que Diane nunca había podido tocar.
—Cláusula nueve —dije, y alcé la vista—. Si yo muero, todo lo que mi madre me dejó pasa a manos de Diane y Celine. Es una cláusula curiosa para un matrimonio de un año.
Adrian no se movió, pero algo se afiló en sus ojos grises.
—Esa cláusula la redactó su familia, señorita Ellison —dijo—. Mis abogados no la objetaron.
—Entonces objétenla ahora.
Tomé la pluma y taché la cláusula nueve con una sola línea limpia. Después, en el margen, escribí: La deuda de los Hartwell se pagará directamente a los acreedores, no a Diane Hartwell. Y debajo: Plazo: un año. Sin renovación automática.
—¡Mara! —Diane se puso en pie—. ¡Esto es una falta de respeto!
DETECTOR DE MENTIRAS ACTIVADO.
Cuando Diane dijo «lo hago por tu bien», sus palabras se tiñeron de rojo ante mis ojos, como tinta derramada.
Adrian me observó durante un largo segundo. Luego tomó el contrato, leyó mis correcciones y sonrió, apenas, con un lado de la boca.
—¿Algo más?
—Sí. Mi propia llave del ático. Y una habitación con puerta que cierre por dentro.
—Concedido. —Tomó su pluma—. Me parece razonable.
Firmó. Yo firmé debajo. Diane se dejó caer en la silla, pálida.
MISIÓN UNO COMPLETADA. +100 CRÉDITOS.
Al levantarme, Adrian me tendió la mano. La estreché. Tenía la palma cálida, y no me soltó de inmediato.
—Es usted distinta de lo que decían —murmuró.
—Lo sé. Yo también me sorprendo.
Entonces el Libro volvió a parpadear, y esta vez la luz era roja.
ALERTA: Adrian Voss. Evento mortal en 4 horas y 12 minutos.
MISIÓN DOS: Impide que muera. Recompensa: 300 Créditos.
Me quedé helada con su mano aún en la mía.
En mi primera vida, Adrian Voss había sobrevivido a los seis meses que siguieron a mi muerte. No tenía ni idea de qué iba a pasarle hoy.
Punto de vista de MaraEl mundo dejó de tener sonido.Cross estaba allí.De pie en el salón de la casa Hartwell, como si no hubiera irrumpido en una escena del crimen. Como si no hubiera hombres armados afuera. Como si no estuviera mirando directamente a una mujer que había muerto por su culpa.Mi garganta se cerró.Yo conocía esa sonrisa.La había visto antes.No en esta vida.En la otra.Durante un segundo, volví a sentir el frío.El suelo duro contra mi espalda.La sangre.La oscuridad.Y aquella voz acercándose mientras yo luchaba por respirar.«Deberías haber dejado el destino en paz, Mara».Mis piernas cedieron.Adrian me sostuvo antes de que pudiera caer.—Mara.Su voz llegó desde muy lejos.Pero Cross seguía allí.Sonriendo.—Veo que me recuerdas.Mi cuerpo se puso rígido.Adrian giró lentamente la cabeza hacia él.—¿Qué acabas de decir?Cross levantó las manos, fingiendo inocencia.—Nada importante.—Mientes —dije.Mi voz salió baja.Temblorosa.Pero lo suficientemente fuerte
Punto de vista de MaraDaniel Voss.Leí el nombre otra vez.Y otra.Como si las letras fueran a cambiar.Pero no cambiaron.El jardín parecía demasiado silencioso después de los disparos. Adrian seguía frente a mí, con una mano en mi cintura, mientras Elias se acercaba lentamente apoyado en su bastón.—¿Qué pasa? —preguntó Adrian.No podía hablar.Le tendí la carta.Adrian la tomó.Vi cómo sus ojos recorrían las primeras líneas. Su expresión cambió poco a poco.Confusión.Incredulidad.Y después algo más profundo.Algo que parecía miedo.—No —murmuró.—¿Qué dice? —preguntó Elias.Adrian no respondió.Le arrancó la carta de las manos y comenzó a leer.Sus dedos temblaban.Nunca había visto a Elias Voss temblar.—Daniel no sabía nada de ese libro —dijo finalmente.El Libro apareció delante de mis ojos.NUEVA MISIÓN PRINCIPAL.DESCUBRE EL ORIGEN DEL LIBRO.TIEMPO DISPONIBLE: 30 DÍAS.RECOMPENSA: VERDAD.CASTIGO POR FRACASO: DESTINO DESCONOCIDO.Mi estómago se hundió.—¿Qué ocurre? —pregu
Punto de vista de Mara—Mi hijo y tu madre eran socios —dijo Elias Voss.Estábamos en el estudio del ático, con las cortinas cerradas y una lámpara que dibujaba un círculo amarillo sobre el escritorio. Elias no se había sentado. Apoyado en el bastón, miraba el retrato de su hijo como quien habla con un fantasma.—Lena Ellison y Daniel Voss. Fundaron esta empresa en un garaje. Ella ponía la cabeza y él el dinero. Cuando Daniel enfermó, redactó un testamento que dejaba a Lena el cuarenta por ciento de Voss Group. —Su voz se quebró—. Y a su muerte, ella desapareció con el original. Yo creí que nos había traicionado.—Mi madre jamás habría traicionado a nadie —dije.—Lo sé ahora. —Elias me miró por primera vez con auténtico respeto—. Lena sabía que Diane Hartwell se acercaría a ti. Ocultó el testamento para protegerte, y lo escondió donde solo tú pudieras encontrarlo. Murió sin decirme dónde.Mi corazón dio un salto.—El piano —dije.Adrian me miró.—¿Qué piano?—El de la casa de los Hart
Punto de vista de AdrianHe presidido ciento catorce juntas de accionistas, y en todas supe quién mentía antes de que abriera la boca. En la ciento quince, supe que me jugaba la vida entera, y que la mujer que caminaba a mi lado por el pasillo de cristal ya había ganado antes de empezar.Llevaba un vestido negro prestado de Hollis y el pelo recogido. Parecía la persona más tranquila del edificio. Yo, que he negociado con gobiernos, tenía las manos húmedas.—Respira —murmuró ella sin mirarme.—Estoy respirando.—Respiras como si hubieras olvidado cómo.—Me distraes.—Es mi trabajo. —Sonrió de lado, y el mundo se inclinó un poco.La sala de juntas del piso sesenta olía a café caro y a traición. Doce directores en torno a la mesa de cristal, siete de ellos con la mirada baja. Julian Cross estaba al fondo, de pie junto al ventanal, como un invitado ajeno a todo. Kellan, a mi espalda, temblaba como una hoja.—Buenas tardes —dije—. Entiendo que hoy se vota mi destitución.El director Harlan
Punto de vista de MaraJulian Cross caminó hacia nosotros por la pista como quien pasea por su propio jardín, con las manos a la vista y esa sonrisa cómoda que no le llegaba nunca a los ojos.—No se levanten por mí —dijo—. Sé que ha sido una mañana larga.Adrian ya se había puesto de pie, con los nudillos aún envueltos en mi pañuelo. Se colocó medio paso delante de mí, un gesto pequeño y obstinado que el Libro registró al instante: Adrian Voss: protección. Sin cálculo.—Aléjate de ella —dijo.—Qué educado. —Cross ladeó la cabeza—. En mi lectura eras bastante menos educado en este punto.ALERTA: Julian Cross. Sinceridad parcial. Rojo y azul entrelazados.—¿Tu lectura? —pregunté. Mi voz salió firme, y me sorprendió—. Dijiste que ya has leído el final.—Y lo he leído. —Metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta, despacio, para que viéramos que no sacaba un arma. Sacó una hoja doblada, amarillenta, con los bordes quemados—. Una página del Libro. No de este, claro. El tuyo es de
Punto de vista de AdrianHay llamadas que cambian el día y llamadas que lo cambian todo. Hollis llamó a las 11:42 con una sola frase: «Kellan tiene un vuelo privado a la una y cuarto».No esperé a que terminara. Tomé las llaves y el abrigo, pero Mara ya esperaba en el ascensor. Diez minutos después conducía hacia el aeropuerto de Midway a una velocidad que mi seguro habría descrito como creativa.—Frena un poco —dijo ella, aferrada al asa de la puerta.—Si freno, se va.—Si no frenas, nos vamos nosotros. Y no he muerto dos veces para esto.Casi sonreí. Casi. Pasé de ciento diez a cien y ella soltó un suspiro de gratitud tan teatral que me costó mantener la cara seria.Hubo un silencio corto. Afuera, Chicago pasaba en franjas de gris y acero.—Mara. Anoche dijiste que yo corrí hacia ti. En el incendio.—Sí.—¿Qué hice exactamente?Ella tardó en responder. Miraba por la ventanilla, pero vi cómo se le tensaba la mano sobre la rodilla.—Derribaste la puerta con el hombro. Me sacaste en br







