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Capítulo 2: La otra mujer

last update Veröffentlichungsdatum: 30.10.2026 07:30:18

—¿Puedes creer que esto es nuestro? —Celina dio una vuelta en medio del apartamento, y su risa resonó entre las blancas paredes vacías. La luz del sol del atardecer entraba por las ventanas, iluminando los tonos dorados de su cabello y la emoción en sus ojos.

Gabriel la observaba desde el umbral de la puerta, con una suave sonrisa en los labios. Estaba apoyado en el marco con una caja entre los brazos, pero llevaba un minuto sin moverse; no porque estuviera cansado, sino porque no podía apartar la vista de ella.

—Estás radiante —dijo él.

Ella dejó de girar, sin aliento y con las mejillas sonrojadas. —¿Es tu forma de decir que estoy sudada de tanto desempacar?

—No —él dio un paso hacia adelante y dejó la caja en el suelo, para luego rodearla por la cintura con sus brazos—. Es mi forma de decir que no puedo creer que me haya casado contigo.

Celina se rio, y sus dedos se enroscaron en el cuello de su camisa. —Qué bien hablas.

—Solo para ti —murmuró, dándole un beso en la frente.

Por un instante, el tiempo pareció detenerse. Su corazón se sentía como si se ensanchara en su pecho, atesorando cada segundo, cada sonrisa, cada roce. Esto… esto era todo lo que había soñado.

—Todavía no puedo creer que estemos aquí —susurró, apartándose lo justo para mirar a su alrededor—. Nuestro primer hogar.

—Todavía no es mucho —dijo Gabriel, mirando también el mar de cajas sin abrir, las encimeras vacías de la cocina y el colchón que aún descansaba en el suelo—. Pero lo construiremos. Juntos.

Celina sonrió. —Me encanta cómo suena eso.

Caminó hacia la caja más cercana marcada «cosas de cocina» y empezó a buscar entre su contenido. —Deberíamos cocinar algo esta noche. Como unos recién casados de verdad. Sin comida para llevar. Hagamos pasta o algo sencillo.

—Celina, siquiera hemos sacado los platos —se rio Gabriel.

—Tenemos manos, ¿no? —bromeó ella con una sonrisa, mientras sacaba una sartén.

Él la miraba con una callada admiración. Había algo en ella: tan auténtica, tan llena de luz. No era solo su belleza. Era la forma en que hacía que todo pareciera una aventura. La forma en que lo miraba a él, como si fuera la respuesta a cada pregunta que jamás se atrevió a hacer en voz alta.

—Está bien, tú ganas —dijo él—. Yo abro el vino.

—¡Sí! —exclamó ella con alegría, levantando las manos—. Esta es oficialmente nuestra primera cena en casa. Tiene que ser especial.

Mientras ella seguía sacando utensilios de cocina haciendo ruido, Gabriel abrió la nevera y sacó la botella que habían comprado antes. Sirvió dos copas y se acercó para entregarle una.

—Por nosotros —dijo él.

—Por siempre —respondió ella, chocando su copa contra la suya.

Ambos dieron un sorbo, y luego Celina se recostó contra la encimera, recorriendo de nuevo el apartamento con la mirada. —Es curioso. Toda mi vida me imaginé cómo se sentiría esto. Casarme. Empezar de cero. Mudarnos a nuestro propio lugar.

—¿Y bien? —preguntó Gabriel.

Ella lo miró a los ojos, con una mirada tierna y brillante. —Es incluso mejor de lo que imaginé.

Él extendió la mano y le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja. —Te mereces algo más que sueños. Te mereces la realidad.

A Celina se le entrecortó la respiración. Sus dedos encontraron los de él, entrelazándolos suavemente. —Gabriel…

—Lo digo en serio —dijo él con voz baja y firme—. Quiero hacerte feliz, Celina. Cada día.

Ella se puso de puntillas y lo besó: un beso largo y agradecido, que hablaba de promesas y nuevos comienzos.

—Ya lo soy —susurró ella contra sus labios.

Más tarde, el apartamento se llenó del aroma a ajo y albahaca mientras cocinaban entre tropiezos. Se reían cuando ella dejaba caer una cuchara y daba un grito cuando el agua de la pasta se desbordaba. Gabriel la perseguía por la cocina con un paño de cocina, y ella casi se cae de tanto reír.

Su «primera cena» la sirvieron sobre t***s de recipientes de plástico, porque los platos aún no aparecían; y comieron sentados en el suelo, con las piernas cruzadas, junto al colchón.

Pero para Celina, era perfecto.

Después de cenar, se acostaron sobre el colchón mirando hacia el techo, mientras las luces de la ciudad parpadeaban al otro lado de las ventanas.

—¿Crees que siempre seremos así? —preguntó ella de pronto, apoyando la cabeza en su pecho.

—¿Cómo?

—Felices. Enamorados. Divertidos.

Gabriel guardó silencio un instante, mientras sus dedos acariciaban su cabello con suavidad.

—Haré todo lo posible para que siga siendo así —dijo.

Y en la penumbra de ese nuevo comienzo, Celina sonrió.

Porque le creía.

Porque en ese momento, su mundo era exactamente como debía ser.

Perfecto.

Pero a dos ciudades de distancia, en un ático de lujo, Andrea estaba una vez más sentada sola ante una mesa perfectamente puesta, mirando fijamente un plato que se había enfriado.

Y su teléfono volvió a vibrar.

Gabriel: «De verdad lo siento, cariño. Te lo compensaré mañana. Tendremos nuestra cena juntos».

Sin embargo, ¿hasta cuándo podrá decir Celina que todo es perfecto entre ella y Gabriel?

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