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Capítulo 4

Mónica Herrera
A mitad de la cena, Tomás propuso un juego.

—Vamos a ver qué tan bien se conocen. Lucas, ¿cuál es la flor favorita de Valeria?

***

Lucas lo pensó.

—¿Las rosas?

—No. Los lisianthus —respondí.

—¿Cuándo cumple años?

—El… 9 de marzo.

Acertó, aunque dudó antes de responder.

—¿Y qué es lo que más miedo le da?

—No le teme a nada —contestó con una sonrisa—. Es muy valiente.

Yo le temía a la oscuridad. Se lo había contado durante nuestro primer año juntos, pero lo había olvidado.

Tomás protestó entre risas.

—Así no se puede. A ver, Rebeca, ahora te toca a ti. ¿Qué le gusta tomar a Lucas?

—Un café americano con poca azúcar y no muy caliente.

—¿Qué le da miedo?

—Los truenos. Cuando era niño, un rayo partió el árbol del patio de su casa y se puso a llorar del susto.

—¿Cuál es su frase favorita?

—Así está bien.

Todos se echaron a reír. Tomás golpeó la mesa con la palma.

—Creo que Rebeca conoce a Lucas mejor que Valeria.

—Nos conocemos desde hace diez años —respondió ella sonriendo.

Ella lo conocía desde hacía diez años; yo, desde hacía cinco. Rebeca sabía que le asustaban los truenos y yo no.

No era falta de interés por mi parte; él jamás me hablaba de sí mismo. Cuando estaba conmigo, todas sus respuestas eran "lo que sea", "como quieras" o "no hay nada que contar". Con Rebeca se animaba y hablaba sin parar, como si se convirtiera en otra persona.

Poco antes de que terminara la reunión, fui al baño. Rebeca entró detrás de mí.

—Valeria.

Se apoyó en el lavabo y se retocó el labial frente al espejo.

—Quiero decirte algo, pero no te lo tomes a mal. Lucas puede ser muy distraído, aunque no es una mala persona. No deberías reclamarle por todo.

—No le reclamo por todo.

—Él me contó que últimamente estás muy sensible y que ustedes siempre terminan discutiendo por mi culpa.

Le había contado nuestros problemas a Rebeca.

—Voy a ser franca. Si no puedes confiar en él ni un poco, no tiene sentido que se casen.

—Viaja contigo a Aurelia del Sur todos los años. ¿Cómo se supone que voy a confiar en él?

Rebeca se quedó inmóvil un instante y luego sonrió.

—Son viajes de trabajo.

—Si fueran viajes de trabajo, Lucas no se habría hospedado contigo en el mismo hotel durante cinco inviernos ni te habría tomado cientos de fotos.

Conservó la sonrisa, pero su tono se volvió cortante.

—Lucas y yo somos amigos. Si insistes en imaginar otra cosa, ese es tu problema.

Tomó su bolso. Al llegar a la puerta, se detuvo.

—Por cierto, yo pintaría de gris cálido la pared de la sala del departamento de ustedes. Lucas también cree que quedaría mejor que el blanco crema que elegiste.

La puerta se cerró, pero sus últimas palabras siguieron resonando en mi cabeza: la pared de la sala.

Yo había escogido ese blanco crema y me había asegurado personalmente de que aplicaran dos capas de pintura. Lucas nunca había entrado en el departamento. Aun así, sí había pedido la opinión de Rebeca y consideraba que su elección era mejor que la mía.

Me lavé la cara y salí. Lucas me esperaba frente a la puerta.

—Vamos. Llevaremos a Rebeca a su casa.

—¿No puede regresar sola?

—Nos queda de camino.

Rebeca vivía en el extremo este de la ciudad y nosotros, en el oeste. No nos quedaba de camino en absoluto.

—Llévala tú. Yo pediré un auto.

—No empieces. Nos vamos juntos.

En el auto, Rebeca se sentó en el asiento del copiloto y a mí me tocó sentarme atrás. Ella conectó su celular y puso un bolero.

—Lucas, ¿te acuerdas de esta canción? La tocaron el año pasado en aquel bar de Nevaclara.

—Claro. Hasta te pusiste a cantarla.

Los dos rieron. Yo, en el asiento trasero, me sentía como una intrusa.

Cuando llegamos al edificio de Rebeca, ella bajó y se inclinó para mirarme por la ventanilla.

—Descansa, Valeria.

Luego se volvió hacia Lucas.

—No olvides lo de la próxima semana.

—No lo olvidaré.

Cerró la puerta y se marchó. Yo pasé del asiento trasero al del copiloto.

—¿Qué tienes que hacer la próxima semana?

—Ayudarla a mover un armario.

—Puede contratar una empresa de mudanzas.

—¿Para qué va a gastar dinero de más?

El año anterior le pedí que me ayudara a mover una caja de libros. Dijo que le dolía la espalda y que llamara a una empresa de mudanzas. Para mover el armario de Rebeca, en cambio, iría él mismo.

—¿Alguna vez has pensado que tratas mejor a Rebeca que a mí?

***

Suspiró antes de responder.

—Es mi amiga desde hace muchos años. Siempre la he tratado así. Pero la mujer con la que voy a casarme eres tú. ¿No basta con eso?

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