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Luna de Miel: el Precio del Esposo
Luna de Miel: el Precio del Esposo
Autor: Hugo Rico

Capítulo 1

Autor: Hugo Rico
El segundo día de la luna de miel de Alejandro y su asistente favorita Sofía, yo terminé de hacer todas las entregas de trabajo y fui a Recursos Humanos para completar el proceso de renuncia.

No pasaron ni diez minutos cuando recibí la notificación en el sistema:

“Aprobación confirmada.”

—Parece que el presidente Montoya ya quería despedirla. Al menos ella tuvo la decencia de irse sola.

—Sí… quedarse aquí solo le habría causado problemas. Mejor irse a tiempo. Pero, ¿qué planea ahora?

—¿Y a nosotros qué nos importa? Con lo que ganamos, ni deberíamos preocuparnos por ella. Además, sigue siendo la esposa del presidente. Aunque renuncie y se quede en casa sin hacer nada, nunca le faltará dinero.

Mientras empacaba mis cosas, mis compañeros me miraban con sonrisas cargadas de envidia y burla. Yo ya estaba acostumbrada.

Todos sabían que Sofía y yo no nos llevábamos bien, y que Alejandro, siendo mi esposo, siempre la defendía a ella, dejándome en ridículo en público una y otra vez. Por eso, todos competían por atacarme, solo para quedar bien con Sofía. Al pensar en eso, solté una risa sarcástica.

—Disculpen, pero esta vez no me voy para quedarme en casa —dije—. Voy a cambiar de empresa. Hay una compañía que me ofreció el doble de salario, con beneficios mucho mejores que aquí.

Después de decir eso, ignoré sus rostros llenos de envidia, recogí mis cosas y salí de la empresa. Pero apenas crucé la puerta, sonó mi teléfono. Era Alejandro.

Estaba pensando cómo explicarle lo de mi renuncia, cuando al contestar, su voz sonó indiferente:

—Te envié un archivo. Quiero que lo termines y me lo mandes en una hora.

Así que… todavía no sabía que yo ya había renunciado. Me dio risa y abrí el archivo.

Me di cuenta que era el proyecto que hace poco le había cedido a Sofía; lo mismo de siempre. La fama y el mérito se los llevaba Sofía, pero el trabajo lo hacía yo. Y si surgía algún problema, la culpa también recaía sobre mí.

Al principio me había negado, y Alejandro hizo de todo para convencerme. Cuando vio que seguía firme y, no lograba convencerme empezó a castigarme con su silencio, dejándome de hablar durante días.

Antes de casarnos, mis padres solían decirme que en un matrimonio siempre debe haber alguien que ceda primero. Yo no quería que la relación se deteriorara, así que al final, cedí y me hice cargo del proyecto.

Pensé que algún día Alejandro entendería mis buenas intenciones.

Pero esta vez, para ayudar a Sofía a ascender, discutió conmigo como nunca y me castigó con su frialdad y silencio durante tres meses completos.

Incluso cuando tuve fiebre de cuarenta grados y terminé hospitalizada, ni siquiera fue a verme. Todo para obligarme a cederle a Sofía el proyecto millonario que me había costado un mes entero de desvelo.

Fue entonces cuando, por fin, me rendí del todo.
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    Pero detrás de mí escuché un llanto desgarrador, ese llanto que escuchas y sabes que está cargado de arrepentimiento y desesperación.Aunque sinceramente, yo sabía que no lloraba porque se hubiera arrepentido… sino porque nunca imaginó que el castigo sería así, de esa manera. Incluso si pudiéramos volver al pasado, él volvería a elegir el mismo camino.La demanda de Alejandro, como era de esperarse la perdió. La otra parte exigió una indemnización equivalente al triple del anticipo. Sumando todo, la cifra se pasaba de los cien mil dólares.La empresa no tenía suficiente liquidez. Alejandro sacó todos sus ahorros, vendió cada objeto de valor que poseía. Y aun así, le faltaba bastante para completar la cifra.Desesperado, decidió vender el pequeño departamento que había comprado en secreto años atrás. Pero al intentar hacerlo, descubrió que el nombre en el título de propiedad ya no era el suyo. Era el de Sofía.Cuando se supo la noticia, nadie se sorprendió. En aquel momento, Aleja

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    El día que recibí el mensaje, Alejandro volvió a buscarme para pedirme ayuda.La tormenta rugía afuera; él estaba bajo la lluvia, gritando con voz desgarrada, llorando sin consuelo y pidiéndome una vez más que le diera otra oportunidad, jurando que nunca volvería a cometer el mismo error.Corrí las cortinas, me puse tapones en los oídos y me recosté en la cómoda y suave cama. No sentí ni la más mínima lástima. Él, solo se estaba mojando bajo una lluvia pasajera, pero para mí, los cinco años de matrimonio fueron vivir una lluvia que nunca terminaba.Pensé que, si no intervenía, él se iría por sí mismo. Pero, para mi sorpresa, hasta el amanecer del día siguiente seguía allí, parado en el jardín.La lluvia empapaba su cabello que le caía y se le pegaba a sus mejillas. Su rostro estaba completamente pálido, sin nada de color. Nunca lo había visto en un estado tan lamentable.No quería verlo, pero tenía que salir a trabajar. Y así, como me lo imaginé, apenas crucé la puerta, Alejandro s

  • Luna de Miel: el Precio del Esposo   Capítulo 10

    En ese momento, Alejandro finalmente encontró mi registro. Cuando vio mi nombre en el apartado del solicitante, abrió los ojos como platos y dio dos pasos tambaleándose hacia atrás. Murmuró una grosería entre dientes.—¿Quién aprobó tu renuncia? ¿Acaso no saben cuál es tu relación conmigo?Desquiciado, empezó a llamar a la empresa. La línea se conectó rápidamente, y sin esperar a que hablaran, él desató un torrente de insultos.—¿Verificaron conmigo lo de la renuncia de Irene? ¿Quién les dio derecho a decidir por su cuenta?—Pero, señor Montoya, usted antes no dijo que…—¿Yo dije qué? ¿Dije que la despidieran? ¡Es mi esposa! ¿No lo saben? ¿Cómo manejan así las cosas? ¿No saben ni quién es su jefe? ¡Salgan de mi empresa ahora mismo y no quiero volver a verlos!Después de desahogarse con la persona al otro lado de la línea, Alejandro me miró suplicante, como buscando mi perdón.—Irene, no esperaba que te trataran así… vuelve, ¿sí?Parecía que quería salvarme, pero yo ya sabía la

  • Luna de Miel: el Precio del Esposo   Capítulo 9

    Parecía que él también lo había recordado.Antes, cada vez que él me arrebataba los proyectos de las manos para pasárselos a Sofía, yo nunca me quedaba tranquila. Siempre terminaba corrigiendo a escondidas los errores llenos de fallas que ella cometía, parcheando todo hasta que el proyecto quedaba finalmente terminado.Pero cada vez, Alejandro se reía y me reprendía por meterme donde no me llamaban, diciendo que Sofía podía hacerlo sola, que era perfectamente capaz de completar el trabajo de manera independiente.Y cuando surgían problemas, él mismo también era el primero en echarme la culpa, reprochándome no haber revisado con suficiente cuidado, diciendo que ni siquiera había visto errores tan evidentes.Así que esta vez, ni siquiera lo miré. Si él decía que Sofía podía hacerlo sola, entonces yo le daría esa oportunidad de lucirse.—No —negué con la cabeza.Sus cejas se fruncieron con fuerza. Al ver que estaba a punto de explotar, hablé con calma:—Este es el trabajo de Sofía,

  • Luna de Miel: el Precio del Esposo   Capítulo 8

    —Lo que pase entre nosotros no es asunto tuyo. Si no tienes nada más que hacer, vuelve a casa.Sofía no quiso irse.—Alejandro, ¿lo olvidaste? El lugar que rento ahora no se puede habitar…—Si no puedes quedarte allí, vete a un hotel. Eres una adulta, ¿ni siquiera sabes resolver un problema por tu cuenta? ¿O quieres que de la nada te consiga otra casa?Su forma de hablarle fue frío y poco considerado. Sin embargo, noté que le lanzó una mirada disimulada. Creía haberlo hecho con discreción, pero no sabía que yo ya estaba enterada de que, a escondidas, había comprado otra pequeña casa en las afueras.Sofía claramente entendió el mensaje y, haciendo un puchero como si estuviera dolida, sacó en silencio una llave del bolsillo del abrigo que él tenía colgado en el perchero y salió.No destapé lo que estaban haciendo a escondidas. Después de todo, ya no me importaban. Además, aunque los desenmascarara, no serviría de nada; esa casa, legalmente, también estaba a nombre de Alejandro. A q

  • Luna de Miel: el Precio del Esposo   Capítulo 7

    La sonrisa en la comisura de los labios de Alejandro se congeló.—¿Qué quieres decir… que quieres divorciarte de mí? —dijo.Su rostro no mostraba la alegría que yo me había imaginado, sorprendentemente, se notaba que estaba un poco enfadado. Sofía se quedó atónita un instante, y en sus ojos apareció fugazmente un destello de satisfacción. Pero su tono fingía reproche:—Irene, ¿cómo puedes tener tan baja inteligencia emocional? Alejandro solo mencionó el divorcio para que lo consolaras, no es que realmente quiera divorciarse de ti. Apresúrate y retira ese acuerdo de divorcio, no hagas un escándalo. Alejandro ha trabajado tan duro durante tanto tiempo, y apenas acaba de regresar al país; no lo hagas enojar.Parecía estar hablando en mi defensa, pero yo sabía que en realidad estaba intentando provocar a Alejandro. Esa táctica la había usado muchas veces y siempre funcionaba. Antes, Alejandro había castigado mi trabajo por capricho y hasta me había retenido el salario durante dos mese

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