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Capítulo 3

ผู้เขียน: Mónica Herrera
Era Mario Santos, un empleado veterano que apenas el mes pasado había solicitado un apoyo económico de 6.000 dólares para cubrir los gastos médicos de su padre.

Yo misma había ido al hospital a visitarlo.

Y ahora, en silencio, él le había dado “me gusta” al video de Carmina.

Al notar mi cambio de expresión, la sonrisa de Carmina se ensanchó todavía más. Incluso tocó la pantalla del celular a propósito, para mostrarme cómo las cifras del video seguían subiendo.

—¿Todavía cree que esto es solo una exigencia mía?

Apenas terminó de hablar, recibimos una llamada interna de recepción.

—Señora Carrillo, la central telefónica de la empresa está saturada. No dejan de llamar para insultarnos. También llamaron varios socios comerciales preguntando si estamos metidos en algún escándalo.

Así, una ola de críticas en redes contra la empresa fue provocada por una pasante y una simple canasta navideña.

Miré a Carmina, tan orgullosa frente a mí, y a Hugo, que fingía mediar a su lado. De pronto, todo me pareció absurdo.

La codicia no tiene fondo.

Les di demasiado, tanto que empezaron a creer que todo se les debía.

***

De la noche a la mañana, todas las redes se llenaron de publicaciones negativas sobre nuestra empresa.

El nombre de la empresa y mi foto empezaron a circular por todos lados.

Mi celular quedó saturado de mensajes privados y llamadas llenas de insultos.

Algunos me llamaban jefa explotadora. Otros maldecían a mi empresa, deseando que quebrara al día siguiente.

El gerente de Relaciones Públicas, con dos enormes ojeras, me entregó un plan de emergencia.

—Tenemos que publicar un comunicado de inmediato. Hay que aclarar lo de las tarjetas de regalo de 200 dólares y adjuntar los comprobantes de compra y entrega de años anteriores. Con eso deberíamos poder frenar el malentendido.

Me froté el entrecejo. Al principio, yo también había pensado hacer eso.

Le pregunté:

—¿Crees que, si lo publicamos ahora, parecerá una explicación o una excusa desesperada?

El gerente se quedó paralizado y no dijo nada.

Yo creía que, mientras pusiera los hechos sobre la mesa, alguien acabaría creyéndome.

Pero me equivoqué.

Refresqué los comentarios debajo del video viral, y un nuevo comentario anónimo ya se había convertido en el más votado.

La foto de perfil estaba en blanco. El nombre era una mezcla de letras y números al azar.

“No intenten lavar su imagen. Yo trabajo ahí. ¿Qué tarjetas de regalo de 200 dólares? Yo jamás he visto una. Solo queremos una canasta navideña para sentirnos tomados en cuenta. ¿De verdad es tan difícil?”

Debajo de ese comentario, los “me gusta” crecían a simple vista.

También aparecieron varias personas que decían ser “gente de adentro” y empezaron a respaldarlo.

“Confirmo. Eso de las tarjetas de regalo nunca existió.”

“Nuestra jefa es tacañísima. El año pasado, en la rifa de la fiesta anual, los premios eran productos vencidos que sacó de su propia casa.”

Las mentiras se propagaron como pólvora.

Me quedé mirando fijamente ese comentario.

Sabía que esa era la gota que colmaba el vaso.

Si Carmina había sido quien encendió el fuego, entonces esos “empleados internos” que la apoyaban y le daban “me gusta” eran quienes echaban más leña al fuego.

Muchas imágenes me cruzaron por la mente.

Cuando empezamos con la empresa, todos comíamos sándwiches baratos en una oficina pequeña.

Cuando un empleado cumplía años, yo reservaba una mesa en un restaurante para celebrarlo.

Si alguien tenía problemas en casa, yo organizaba una colecta y aprobaba quince días de permiso pagado.

Me pregunté a mí misma si alguna vez había tratado mal a alguien.

Pero al final, lo único que recibí fue una traición colectiva.

Disfrutaban de mi buena voluntad y, a la primera oportunidad, me traicionaban.

Resultó que ese “ambiente familiar” que había construido con tanto cuidado no era más que una mentira que yo misma me había contado para sentirme mejor.

El gerente de Relaciones Públicas seguía insistiendo.

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