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Capítulo 3- Sensación de Baloncesto, Ian Sterling

작가: Chelsea S.
last update 게시일: 2026-10-22 03:12:44

Serena quería desaparecer. Deseaba que el suelo se abriera y se la tragara. No porque Ian Sterling hubiera regresado después de catorce años, sino porque quizás había oído a Emma. Bajó la mano de la boca de Emma y fulminó con la mirada a los estudiantes.

“¿Qué?”, soltó. “¿Nunca han visto a dos amigas hablando?”

Una chica le susurró algo a su amiga. Serena puso los ojos en blanco. “Consíganse un hobby”.

“¡Serena!”, siseó Emma. “¡Solo lo estás empeorando!”

Ella suspiró.

“¡Entonces no hables de mi matrimonio!”

“¿Inexistente?”, jadeó Emma. “¡Literalmente lo llamaste tu marido!”

“¡ERA UNA NOTA ADHESIVA, EMMA! ¡Una nota adhesiva!”, gruñó. “Los niños son así”.

Su explicación atrajo más atención. Serena se cubrió la cara. Iba a transferirse de universidad. Tal vez de país. Marte sonaba bien.

“Interesante”. La voz la hizo congelarse.

Serena bajó las manos. Ian Sterling estaba frente a ellas, con las manos en los bolsillos y un hombre de aspecto italiano detrás de él con un jugo. La expresión de su cara le daba ganas de quitársela de un bofetón.

“Catorce años”, dijo. “¿Y todavía no me has superado?”

Serena lo miró con incredulidad. Luego se rio con sarcasmo.

“Bájate del pedestal”.

Ian arqueó una ceja. “Me llamaste tu marido”.

“¡Tenía ocho años y era estúpida!”, gruñó ella. “Los niños son así”.

“Pero recuerdas el contrato de matrimonio”. Él sonrió.

“¿Te refieres a la nota adhesiva rosa con crayón rojo? Por desgracia, algunos tenemos memoria a largo plazo”.

Su sonrisa flaqueó. Emma miró de uno a otro, comprendiendo que esta conversación ya no era la historia inocente de la infancia que había imaginado.

Ian estudió la cara de Serena. Se veía diferente de la chica que recordaba. Era mayor, pero había algo más en su actitud que nunca había notado. Aun así, la reconocía. Serena Cooper, la chica que lo seguía a todas partes, declaró su casa del árbol como su hogar conyugal y amenazó con asesinarlo por cualquier cosa. La chica que le había dicho que lo odiaba y deseaba su desaparición.

Su sonrisa regresó.

“Bueno, esposa, es un gusto volverte a ver”.

“No me llames así”, gruñó ella.

“¿Preferirías exesposa?”

Ella puso los ojos en blanco y cruzó los brazos.

“Preferiría que te callaras. No quiero que mi novio oiga esto”.

La sonrisa de Ian flaqueó. No se lo había esperado. Habían pasado catorce años y no tenía ni idea de cómo era la vida de Serena. Aun así, oír que tenía novio le molestó más de lo que debería.

Apartó el sentimiento. “Relájate. No estoy interesado en robártela a nadie”.

“Bien. Porque ni siquiera funcionaría”.

Emma apretó los labios, conteniendo la risa. Ian la miró.

“Al menos una persona aquí tiene sentido del humor”.

“No la metas en esto”, advirtió Serena.

“¿Protectora, verdad?”

Ella se dio una palmada en la frente. “¿Nunca te cansas de oírte hablar?”

Él inhaló. “No especialmente”.

“Vaya”. Le lanzó una mirada.

Se miraron. Luego Serena lo rodeó.

“Vamos, Emma. Nos vamos”.

Emma pareció sorprendida. “Espera, ¿no vas a…?”

“No”, respondió ella.

“Pero…”

“¡Emma!”

“¡Vale, vale!” Emma le lanzó a Ian una sonrisa de disculpa antes de apresurarse tras ella.

Ian las observó alejarse. Había esperado que Serena estuviera sorprendida. Tal vez incluso contenta de verlo. En cambio, lo había mirado como si su regreso le hubiera arruinado el año. Y tenía novio. No sabía por qué eso lo irritaba. No debería.

Serena Cooper era su enemiga de la infancia, no su responsabilidad. No tenía ningún derecho sobre su vida y no pensaba interferir en su relación. Aun así, mientras la veía desaparecer entre la multitud, un pensamiento persistió. Catorce años habían cambiado mucho más de lo que esperaba.

“¿Piensas quedarte mirándola hasta que regrese, o debería buscarte una silla?” Matteo dio un sorbo a su jugo.

Ian se giró hacia él.

“¿Puedes callarte aunque sea cinco minutos?”

“He estado callado todo el día. Déjame respirar”. Hizo un puchero.

Matteo Moretti había sido el mejor amigo de Ian durante años, por lo que había desarrollado inmunidad a su actitud.

“Así que”, continuó Matteo, mirando hacia la fuente. “¿Tu esposa, eh?”

“¿Esposa?”, resopló Ian.

“Una nota adhesiva rosa con crayón sí cuenta como un compromiso de por vida”. Matteo se llevó una mano al pecho. “Estoy conmovido”.

Ian le arrebató el jugo.

“¡Oye! ¡Es mío!”

“Considéralo el pago por el dolor de cabeza que me estás dando”. Frunció el ceño al dar un sorbo.

“Vaya. ¿Catorce años y has perdido el gusto por las bebidas americanas? Italia te trató mal”.

“Me acostumbraré”. Dejó de beber y miró el nombre en el envase. “Eventualmente”.

Matteo lo miró antes de estallar en carcajadas. “Este semestre va a ser interesante”.

Antes de que Ian pudiera responder, una voz los interrumpió.

“Sterling. Llegas tarde”.

El entrenador Williams estaba cerca del edificio de atletismo con dos miembros del personal de baloncesto. Ian miró su reloj.

“En realidad llego tres minutos antes”.

“La práctica empezó hace cinco minutos”. Cruzó los brazos.

“Bueno… llego ocho minutos tarde a la práctica y tres minutos antes a esta conversación. Depende de cómo lo mires”.

Matteo tosió para ocultar su risa. El entrenador Williams permaneció impasible.

“Mira, Sterling, no me importa cuánto dinero haya invertido tu familia en esta universidad. Una vez que estás en mi cancha, sigues mis reglas. ¿Entendido?”

Ian se puso serio.

“Sí, jefe”.

Él lo señaló. “¡Entrenador! No jefe”.

“Sí, entrenador”. Ian se cuadró.

“Bien. El apellido de tu familia no va a ganar partidos para este equipo. Tu rendimiento sí”.

Ian asintió antes de dirigirse al gimnasio con Matteo. Varios jugadores levantaron la vista al entrar. Un chico alto se acercó con expresión hostil. Blake Harrison, el capitán del equipo.

“Sterling”, dijo Blake. “El tipo que compró su puesto en el equipo”.

La sonrisa de Matteo desapareció. Ian solo arqueó una ceja.

“¿Quieres estar seguro de eso?”

Blake resopló. “Ya veremos”.

El entrenador Williams silbó, ordenando a todos que salieran a la cancha. Ian dejó su bolso y atrapó el balón que le lanzaron. Algo que valía su tiempo.

El partido de práctica comenzó, e Ian demostró que no era otro niño rico jugando a disfrazarse. Anotó dos veces, interceptó pases y se dirigió a la canasta con confianza. La irritación de Blake crecía con cada punto.

Cuando sonó el silbato, el entrenador Williams estudió a Ian.

“Tienes potencial, Sterling. Pero el talento no te salvará si no puedes trabajar con tu equipo”.

“¡Entendido!”

“Bien. La práctica se reanuda mañana”, dijo, dirigiéndose hacia la salida.

Mientras los jugadores se dispersaban, el entrenador llamó a Ian de nuevo.

“Una cosa más. Tu traslado viene con expectativas. La universidad quiere resultados… y yo también”.

Ian frunció el ceño. “¿Vale?”

El entrenador Williams sostuvo su mirada.

“Vas a ser titular en el partido de exhibición de la semana que viene”.

Las cejas de Ian se alzaron. Al otro lado del gimnasio, Blake se giró bruscamente.

“No me hagas arrepentirme”.

Ian miró la expresión furiosa de Blake y luego sonrió.

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