LOGIN―¿Qué hacía Ángela Lee aquí, padre? ―preguntó Jacobo al entrar.
Ruben miró a su hijo, aquel hombre parecía tener su misma edad, era un ser sin fuerza, como si hubiese perdido la voluntad de vivir desde hacía años. No pudo esconder su decepción.
Jacobo ya conocía esa expresión, no le importaba lo que su padre pensara de él, dejó de perseguir su aprobación una vez se divorció de su primera esposa. Creyó que, en cierto modo, había cumplido con su voluntad cuando nació Antoni, al fin que el heredero que tanto deseó Ruben ya estaba en el mundo.
Él no se creía una buena persona, aunque no se embarcó en nada ilegal, tampoco se comportó de manera ética ni correcta; Jacobo estuvo dispuesto a sacrificar a su primogénito, como si su padre fuese una especie de demonio esperando la ofrenda en un altar. Ese fue el motivo por el cual se rebeló, él había visto al amor de su vida desaparecer tras su boda, y eso le rompió el corazón, condenando su vida de casado, a pesar de que su esposa no tenía culpa de nada.
No obstante, tras tantos años sacrificando todo por la familia, por la empresa y por su padre, creyó que podría ser feliz con Bianca.
Esos fueron los mejores años de su vida.
No tenía el mismo dinero, pero fue feliz.
Lucharon juntos, crecieron juntos, e iban a formar una familia juntos, lejos de todo ese ambiente tóxico y hostil de los Miller.
Hasta que aquel anciano frente a él apareció de nuevo en su vida, arruinándolo todo.
Lo odiaba.
Ruben se percató de ello, tanto como Jacobo interpretó de manera correcta la expresión en la cara del viejo.
―Tenía algo que hablar con ella… ―respondió con tranquilidad, desvió sus ojos a la taza de té fría que su nieta no tocó. Sonrió de medio lado, era normal que desconfiara de él, pero le desagradó la falta de respeto, Ruben Miller jamás le sirvió nada a nadie en toda su vida, ni siquiera a su difunta esposa.
―¿De qué podrías hablar con ella? ―insistió su hijo, tomando asiento frente a él.
Jacobo no sentía nada por Ángela, después de la muerte de Bianca comprendió que esa chica era la única cosa que quedaba en el mundo de su ex esposa; por eso ni siquiera pudo odiarla.
A veces, cuando su corazón lo traicionaba y su cerebro estaba demasiado agotado, fantaseaba con la idea de que esa mujer hubiese sido el resultado del amor que se tenían; cada vez que recordaba el rostro de Bianca, llorando desconsolada ante las imágenes que él mismo le mostró para que viera su traición su corazón se encogía haciéndole doler el pecho. No importaba el paso de los años, Jacobo creía que era incluso peor, el tiempo no curó sus heridas, solo las hizo más profundas y dolorosas.
Al saber que ni siquiera podía decepcionarse de Bianca, comprendió que lo único que podía hacer para compensarle el mal final que tuvieron, era mantener a Ángela lejos de todos ellos, donde ni Pilar ni Laura pudiesen hacerle daño solo por rencor.
Sin embargo, incluso en eso, fracasó.
―De lo mismo que voy a hablar contigo en este instante ―respondió Ruben―. Tienes que convencerla de que me done parte de su hígado.
―¿Y por qué habría de convencerla? ―inquirió, frunciendo el ceño con desagrado.
―Porque si no me hago un trasplante podría morir en poco tiempo ―le recordó, alzando la voz; no pudo esconder el tono de amargura―. De todos mis nietos, ella es la única compatible.
A Jacobo le tomó un par de segundos comprender lo que decía. El corazón comenzó a latirle de prisa, a una velocidad tal que por un instante pensó que tenía un infarto; los oídos le zumbaron, la visión se emborronó e incluso la temperatura de su cuerpo se desplomó, haciendo que todas sus extremidades se enfriaran de forma peligrosa.
«¿De todos sus nietos?» pensó con dificultad―. ¿Qué quieres decir con eso?
Por un minúsculo segundo pensó que, tal vez, y solo tal vez, el hombre con el cual Bianca se acostó era un hijo ilegitimo de Ruben; Jacobo ya había hecho las paces con la idea de que su pobre ex esposa fue víctima de Pilar Murphy y todo lo que hizo con aquel hombre fue producto del estupor de las drogas, tal y como sucedió con él. Sin embargo, llegar a esa conclusión le tomó demasiado tiempo, el daño estaba hecho y, en el fondo, no podía aceptar que hubiese quedado embarazada de otro.
Pero en ese momento, supo que aquello solo era un cabo muy débil que su propio cerebro la mandaba para no sucumbir al dolor de la verdad.
―¿En serio eres mi hijo? ―preguntó Ruben en un claro tono despreciativo―. Eres una decepción, Jacobo.
El aludido se apretó el puente de la nariz, tomó una profunda inspiración para poder calmar sus nervios y organizar sus pensamientos. En especial, necesitaba un momento para tener bajo control sus emociones, porque dentro de él, acababa de aparecer un volcán a punto de hacer erupción.
―Es lo mismo que me pregunto yo ―dijo él, observando al anciano con ojos cargados de odio, incluso el mismo Ruben se estremeció ante ellos, nunca antes su hijo lo había mirado de aquel modo―. ¿En serio soy tu hijo? Porque como padre, eres un monstruo…
Ruben soltó una risita de desprecio.
―¿De qué te ríes? ¿Te parece gracioso haber arruinado la vida de todos? ―interrogó con frialdad.
―Me rio porque, de todos los miembros de esta familia, la única que ha tenido cojones toda su vida es esa mujer… ―respondió. Apoyó el codo en el reposabrazos del sofá y sobre su mano descansó la barbilla. Su vista se posó en el jardín, algunos pajarillos caían en picada sobre el pasto verde, aprovechando que la lluvia había conseguido que las lombrices salieran de la tierra―. Incluso Laura es inestable, y Antoni se parece más a ti de lo que me gustaría…
―Tú no te arrepientes de nada, ¿verdad? ―Jacobo se puso de pie, estaba a nada de perder el control y tenía que salir de allí―. ¿Disfrutaste ver cómo mi… cómo esa chica nos rogaba por ayuda para su madre? ¿Disfrutaste verme sumido en la desesperación cuando creí que mi esposa me había sido infiel y estaba esperando al hijo de otro hombre? ¡¿DISFRUTASTE VERME DESPRECIAR A MI PROPIA HIJA?!
Ruben no se inmutó ante sus acusaciones disfrazadas de preguntas, ni siquiera le sorprendió que su hijo le alzara la voz.
―No es momento para estas tonterías, Jacobo ―lo cortó él, aún miraba por la ventana, no consideraba necesario enfrentarlo, Ruben sabía mejor que nadie que su hijo no tenía el valor de tomar acciones, mucho menos de oponerse a él y sus mandatos―. Tenemos que obligarla a que se convierta en mi donante…
―Eres un maldito bastardo arrogante y egoísta ―lo insultó―. ¿Obligarla? ¿Quieres que la obligue? ¿Con qué derecho? ¿Con qué autoridad? ―soltó una risa sarcástica.
―Si no lo hace, si no me da parte de su hígado, moriré… ―Ruben lo enfrentó―. ¿Dejarás morir a tu padre?
―Sí, deberías morirte de una vez ―respondió él con honestidad, sonrió ante el asombro en la cara enferma de su padre―. ¡Muérete de una vez y líbranos de tu m*****a presencia! ―exclamó, alzando un poco la voz―. ¡Aléjate de Ángela! ¡Si te acercas a mi hija! ¡Si le haces algo! Te juro que yo mismo te mataré…
»Querías que tuviera el coraje para hacer lo necesario, aunque fuese algo ilegal, pues lo conseguiste, padre.
»Eres lo peor que le ha pasado a esta familia…
―Esta familia es lo que es por mí ―le recordó Ruben.
―Exacto, tú tienes la culpa de todo… ―aseguró Jacobo―. ¿Crees que somos los mejores? ¿Qué somos invencibles? ¡Mira las jodidas noticas, viejo desgraciado! Por todo lo que tú hiciste estamos a punto de ser destruidos… ―Se alejó hacia la puerta―. No te acerques a Ángela, si le haces algo, te juro que te acabaré con mis propias manos, no me importará terminar preso por ello… ―amenazó, luego azotó la puerta con fuerza.
Jacobo salió de la mansión, ofuscado como se encontraba no se detuvo ante los ruegos de sus empleados que buscaban llamar su atención; se subió a su auto y abandonó la propiedad a toda velocidad, sin rumbo establecido.
Una de las empleadas domésticas, al ver que el señor de la casa no le prestaba atención, corrió en dirección al estudio donde el patriarca de los Miller se encontraba.
―Señor, algo horrible ha pasado ―anunció, tras entrar sin esperar autorización; al ver que la sirvienta estaba alterada, no amonestó su comportamiento.
―¿Qué sucedió?
―Una mujer se llevó al señorito Noah ―informó después de tomar aire, respiraba con dificultad―. Agredió a la señora Laura y luego cargó al niño y salió de la propiedad. La señora Laura comenzó a gritar que lo estaban secuestrando, y acaba de llamar a la policía.
Ruben soltó el aire con cansancio, no sabía qué había sucedido, pero estaba al tanto del estado mental de la pelirroja, porque Pilar buscó su opinión al respecto tras el accidente del fin de semana con Noah. Ambos llegaron a la misma conclusión, era buena idea internar a su nieta durante un tiempo, mandarla a otro país a recuperar su cordura, para evitar una catástrofe.
Se puso de pie y le preguntó a la empleada en dónde se encontraba Laura en ese momento, ella lo guio hasta la habitación de la pelirroja, Ruben la halló sentada frente a la peinadora, sonriendo de forma delirante.
―¡Oh, abuelo! ―exclamó al verlo, su expresión se tornó en una sollozante y desconsolada; sin embargo, Laura no se daba cuenta que no podía trasmitir dichas emociones, por el contrario, solo conseguía verse aún más enferma―. ¡Esa mujer se llevó a Noah! ¡A mi hijo! Ahora irá a prisión, y David verá que es una mala persona…
Ruben observó a la mujer, soltó una exhalación, era demasiado para una sola tarde.
―Llama a Pilar ―ordenó a la empleada, la mujer asintió y se marchó. Ruben detalló a su nieta, intentando comprender qué había sucedido. En un instante vio los residuos sanguinolentos en las cutículas de Laura, resaltaban demasiado contra su piel y el esmalte de uñas―. ¿Laura, qué hiciste?
―¡Yo no hice nada! ¡Fue ella! ―contestó alterada―. Ya avisé a la policía, pronto estará en prisión, ¡en prisión!
El hombre la miró, una expresión de asco deformó su cara.
―Esto es patético ―musitó, Laura había vuelto a su silla y continuó arreglándose, sonriendo ampliamente a su reflejo, sin darse cuenta de la magnitud de lo que acababa de hacer. Sacó su móvil, a falta de Jacobo para asumir la dirección de la familia, debía ser él quien tomara las decisiones―. Luis, llama al médico ―ordenó mientras salía de la habitación―. Dile que mi nieta, Laura, tuvo un colapso nervioso y necesito que venga a ayudarla.
―Está bien, señor.
Colgó la llamada, solo quedaba una cosa por hacer, pero no sabía si iba a funcionar, al fin y al cabo, tras todos los escándalos exponiendo sus actos ilegales, habían dañado sus conexiones con la policía.
Buscó entre sus contactos hasta que dio con el número que necesitaba.
―Comisionado Johnson ―habló con seriedad―. Soy Ruben Miller y necesito su ayuda…
―Mamá va a matarte ―dijo Noah con voz preocupada, mirando de medio lado a su padre. En el suelo, David se encontraba sentado con sus dos hijas, jugando. Se suponía que él había subido para ayudar a las niñas a terminar de arreglarse, Ángela sabía que las niñas necesitaban supervisión y tiempo para poder vestirse, por eso le pidió a David que las ayudara… dos horas antes. En ese momento, no solo las niñas no estaban listas, sino que la ropa que llevaban eran disfraces de princesas, el cabello de ambas tenía moñitos por todos lados y en ese instante maquillaban a David. Rodeados de muñecas y peluches. ―Aún tenemos tiempo ―le respondió su padre, restándole importancia―. Terminamos aquí y nos arreglamos para salir. ―¡Es verdad, hermano! ―dijo la más pequeña, tenía seis años y unos adorables ojos ámbar, iguales a los de Noah. Su color era tan puro que contrastaban con el cabello castaño oscuro―. Además, papá está quedando muy lindo, no podemos parar ―explicó, mientras su hermana mayor
El verano se acabó, las lluvias se espaciaron y aunque el clima comenzó a enfriarse, las hojas de los árboles se tiñeron de vivos rojos vinos.David tardó tres semanas en recuperarse por completo, durante esos días encontró un nuevo lugar donde vivir, esta vez una villa a las afueras de la ciudad, en una zona rodeada de altos árboles y algunas lomas. El sitio cumplía con todas sus demandas: seguro, tranquilo y para el gusto de Noah, su propiedad tenía un estanque artificial.Al momento de la mudanza ya habían adoptado dos perros, un labrador y un pastor alemán, con el que el niño se encariñó de inmediato. La casa requería que hubiese más personal, así que pronto contaba con un grupo de personas viviendo con ellos.Ángela los visita seguido, Noah desarrolló un fuerte apego por la morena, que jamás demostró molestia por eso. Ella le enseñaba a tomar fotografías, corrían juntos con los perros y construían cosas en medio de la sala.Robin regresó al país junto con Jade y Oscar, aunque los
Abrió los ojos y se encontró con un techo color crema que no conocía; le tomó alrededor de un minuto recolectar cierta información sobre sí mismo. Recordó su nombre, edad y que tenía un hijo; luego, de golpe, las imágenes de Laura amenazando a Ángela con un arma y lo que siguió después, invadió su mente.Todo eso disparó el malestar físico, se hizo consciente de su cuerpo, las extremidades pesaban, la piel le hormigueaba y un dolor creciente y agudo se irradiaba desde su pecho y un lado del abdomen.Se sorprendió de no escuchar a nadie en la habitación, había abiertos los ojos y aunque aún no emitió palabra, le pareció extraño que no notaran que estaba despierto. Giró su cabeza hacia la derecha, lo que vio hizo que un calor agradable se esparciera dentro de él.Ángela se encontraba sentada al lado de la cama, sobre sus piernas, estaba Noah. Ella lo sostenía, abrazándolo con fuerza, mientras el niño descansaba su cabeza sobre el pecho de la morena. Los dos dormitaban profundamente, inc
Sentía su cuerpo extraño, como si su mente discurriera por un camino a una velocidad diferente mientras su cuerpo lo hacía por otro lado.Miró su móvil una vez más, cavilando si llamaba a Ángela o no. La extrañaba demasiado, tanto que le dolía el corazón, pensó que tras tantas peleas y discusiones su ausencia no se sentiría, que por el contrario, en vez de experimentar vacío solo sería alivio, pero no.Por supuesto estaba nervioso, la culpa lo invadía cada vez que recordaba lo que hizo con Laura; sin embargo, si consideraba las cosas de manera objetiva, tal vez podrían pasar la página, resolver los problemas y regresar.A veces las parejas se fortalecían cuando superaban cosas como aquellas.Además no había pasado tanto tiempo, solo un par de semanas.Fuera del bar, se sintió mejor, a pesar de que hacía calor a pesar de que era de noche, al menos escapó del sofocante ambiente del salón privado. No soportaba a las amistades de Laura Miller, eran tan arrogantes como ella, hablando siemp
David iba de camino a su casa cuando recibió la llamada de Laura. Desde hacía un par de días tenía una sensación de peligro inminente que le causaba ansiedad; atribuyó eso al hecho de que la pelirroja seguía prófuga, y que podía aparecer en cualquier instante y causar estragos.Una vez que ella le colgó, él manejó como un poseso, rompiendo varias leyes de tránsito. Con manos temblorosas marcó el número del detective y vociferó que Laura se hallaba en su departamento, con su hijo. El policía le dijo que mantuviera la calma que ya estaban enviando patrullas para allá y llegarían en pocos minutos.Cuando entró al elevador sentía el corazón obstruyendo su garganta, los nervios le daban la ilusión que el tiempo pasaba mucho más lento de lo que en realidad fluía. Una vez que las puertas se abrieron salió corriendo y casi se llevó por delante a Noah y la empleada.―¡Papá! ¡Papá! ―lloró su hijo al verlo―. ¡Mi mamá está apuntando con una pistola a la tía Angie!David soltó una exclamación de a
David recibió un mensaje directo a su móvil con una fecha y hora, supuso que provenía de Laura, quien le estaba indicando el momento en que se verían.Antoni dudó en decirle sobre la llamada, porque sabía que él contactaría a la policía para arrestar a la pelirroja; no obstante, accedió a hacerlo, tras pensar que la forma en que su hermana se estaba comportando solo la conduciría a un final nefasto.Se dirigió al café una vez que confirmó con la policía que estarían allí, planeaban atraparla a como diera lugar. Entró al local, pidió una mesa y esperó.Por dos horas estuvo a la expectativa.Cuando estuvo seguro que Laura no iba a presentarse, salió del local y se subió a su auto. Mientras conducía rumbo a la empresa de Alex, conversó con el detective.―Es posible que se haya dado cuenta de que estábamos allí ―explicó el oficial, su voz llenó todo el habitáculo del auto, porque se encontraba en alta voz―. Si los Stracci la están ayudando, significa que debe tener a alguno de sus hombres







