MasukSebastián respiró hondo.
—Un matrimonio de conveniencia. Temporal mínimo un año. El tiempo suficiente para que el niño nazca, sea reconocido legalmente como mi heredero y que el revuelo mediático pase lo suficiente. Después, si usted lo desea, podremos divorciarnos. Usted podrá volver a su vida, no a la que conoce ahora porque decir que todo sería igual después de haber pertenecido a la familia real de Valdoria, es mentira pero si a una vida relativamente muy parecida a la que ahora tiene, mientras tanto, yo podré protegerlos a ambos. —¿Y si me niego? La pregunta cayó como un cuchillo. Sebastián la miró, y por un instante, el miedo se instaló en su pecho. No podía permitir que se negara. No podía. —Si se niega —dijo, y su voz se endureció a pesar de sí mismo— tendré que tomar medidas legales. Pelearé por la custodia de mi hijo. Y créame, señorita Fuentes, tengo los recursos, los contactos y la influencia para ganar. Valeria palideció. —¿Me está amenazando? —No. Le estoy advirtiendo. —Sebastián dio un paso adelante, y esta vez su mirada era de acero— No quiero hacerle daño. No quiero arrancarle a su hijo. Pero no puedo permitir que mi familia, mi país, mi sobrino, sufran las consecuencias de un error que no cometí. —¿Y mis sentimientos? —preguntó ella, y su voz se quebró— ¿Qué pasa con lo que yo quiero? Sebastián sintió el golpe en el pecho. Quiso decirle que lo sentía. Quiso bajar la guardia, abrazarla, prometerle que encontraría otra solución. Pero no podía. —Lo siento —dijo, y las palabras le supieron a ceniza— Pero no puedo permitirme pensar en sus sentimientos o en los míos. Solo puedo pensar en la seguridad de mi hijo, de mi familia, de mi país. Y por desgracia, usted y su bebé son parte de esa seguridad ahora. Valeria lo miró, y en sus ojos vio lágrimas de rabia y frustración. —Usted es un monstruo —susurró. Sebastián asintió. —Lo sé. Pero soy un monstruo que hará lo que sea necesario para proteger lo que es suyo. El bebé dio otra patada. Valeria se acaricio su vientre buscando la calma que siempre sentía al sentir la vida en su interior pero está vez no podía encontrar. Y en aquel instante, Sebastián supo que no había vuelta atrás. Había cruzado una línea que no podía desandar. Había mostrado su lado más oscuro a la mujer que llevaba a su hijo en el vientre. Pero era necesario. Siempre era necesario. —Le daré tiempo —dijo, retrocediendo hacia la puerta— Una semana. Tómese una semana para pensar. Pero sepa que, pase lo que pase, no voy a rendirme. Voy a luchar por mi hijo. Y si eso significa luchar contra usted, lo haré. Valeria no respondió. Solo lo miró, con el rostro pálido y las manos temblorosas, mientras la campanita de bronce sonaba de nuevo cuando Sebastián abrió la puerta para irse. Antes de cruzar el umbral, se volvió. —Cuide de mi hijo, señorita Fuentes —dijo, y su voz era apenas un susurro— Porque ahora, aunque usted no lo quiera, él también es mío. Y entonces se fue, dejando a Valeria sola en su panadería, con el aroma a canela y vainilla flotando a su alrededor como un eco de todo lo que había perdido. Afuera, el mar seguía meciéndose en el puerto. Las gaviotas seguían trazando círculos en el cielo gris. La vida seguía su curso. Pero la de Valeria Fuentes acababa de cambiar para siempre. Sebastián caminó por el malecón, sintiendo el viento salado golpearle el rostro. Sus manos, dentro de los bolsillos del traje, temblaban. Eres un monstruo, le había dicho ella. Y tenía razón. Pero los monstruos también tenían razones. También tenían miedos. También tenían personas a las que proteger. Y él había hecho su elección. Ahora solo podía esperar que ella entendiera. Y que, de alguna manera, perdonara. Porque aunque no estuviera dispuesto a admitirlo en voz alta, una parte de él—la parte que había enterrado junto a su esposa hacía tantos años—ya deseaba que ella lo hiciera. Valeria quedó sola, se apoyó contra el mostrador, sintiendo cómo las piernas le flaqueaban. El corazón le latía con fuerza, tan rápido que podía escuchar los latidos en sus oídos. Cerró los ojos y respiró hondo, intentando procesar lo que acababa de ocurrir. Un príncipe. Su hijo. Matrimonio de conveniencia. Enemigos. Escándalo. Las palabras daban vueltas en su cabeza como un torbellino, y ella se sentía atrapada en el ojo del huracán, sin saber cómo había llegado hasta allí ni cómo salir. Abrió los ojos y miró su vientre. La curva pronunciada, la vida que crecía dentro de ella, las pataditas que seguían siendo su única certeza en medio del caos. —¿Qué he hecho, pequeña? —murmuró, pasando la mano sobre la tela de su delantal— ¿Qué he hecho para merecer esto? Pum. Una patadita suave, como si su hija intentara consolarla. Y entonces Valeria sonrió. No era una sonrisa de alegría, sino de incredulidad. De ironía. De esa chispa de rebeldía que la había mantenido en pie después de que su matrimonio se desmoronara entre las sábanas de otra mujer. Él dijo "mi hijo", pensó. Dijo "mi heredero". Dijo "mi niño". Se llevó la mano al vientre con una suavidad que contrastaba con la tormenta en su interior. —Pero no sabe, ¿verdad? —susurró, y su voz se llenó de un extraño regocijo— No sabe que no es un niño. No sabe que es una niña. Mi niña. Mi princesita. Mi pequeño tesoro. El pensamiento era absurdo. Ridículo. No cambiaba nada, en el fondo. El bebé seguía siendo el heredero de Sebastián Montenegro, siguiera siendo un niño o una niña. Pero en aquel momento, en aquel instante de vulnerabilidad, Valeria se aferró a ese pequeño secreto como un acto de rebeldía. Él había irrumpido en su vida como un huracán, había dado órdenes y ultimátums, la había amenazado con arrebatarle a su hija si no accedía a sus exigencias. Pero no sabía todo. No sabía que su "heredero" era una pequeña niña que crecía dentro de ella con la fuerza de un huracán.Sebastián cerró los ojos, y la imagen de Valeria amasando pan en su pequeña cocina, con el cabello recogido y las mejillas sonrosadas, apareció en su mente.—Lo haré, madre —prometió—. Lo haré.Y colgó, sintiendo que, por primera vez en mucho tiempo, el futuro no era tan incierto.En el palacio de Valdoria, la reina Margarita se levantó antes del amanecer y se dirigió a las cocinas. Recién había terminado de hablar con su hijo, necesitaba hablar con Anita lo mas pronto posible sabía que el tiempo era hora, y ella no pensaba perder ni un segundo.El aroma a café recién hecho y pan tostado llenaba el aire, y el personal ya estaba en plena actividad, preparando el desayuno para la familia real.Anita estaba en el centro de todo, como siempre. Con su delantal blanco impecable, su cabello gris recogido en un moño apretado y sus manos moviéndose con la eficiencia de quien lleva décadas en el oficio, dirigía a los cocineros con una mezcla de autoridad y cariño.—Buenos días, Anita —dijo la re
Valeria lo miró, y en su mente se arremolinaron mil pensamientos.—¿Ir a Valdoria? —repitió— ¿A conocer a tu familia?—Sí. —Sebastián asintió— No tienes que decidir nada ahora, te dije que tendrías una semana y espero poder mantener mi palabra el mayor tiempo posible. No tienes que comprometerte a nada. Solo... ven. Conoce a mi madre. A mis sobrinos. A mi cuñada. Déjales mostrarte que no estás sola.Valeria bajó la mirada hacia su vientre. Hacia su hija. Hacia el futuro que la esperaba.—¿Y si no quiero ir? —preguntó, y su voz temblaba.—Entonces lo entenderé —dijo Sebastián, y su voz era sincera—. No te obligaré a nada. Pero... Me gustaría que vinieras. Me gustaría que conocieras a mi familia. Porque, aunque no lo creas, ya te consideran parte de ella.Valeria sintió que las lágrimas le picaban en los ojos.—¿Por qué? —preguntó—. Ni siquiera me conocen.—Porque llevas a mi hijo —dijo Sebastián, y su voz se llenó de emoción— Y porque, según mi madre, cualquier mujer que haya soporta
Valeria se despertó antes del amanecer, como cada día desde que había abierto la panadería. El cuerpo le pesaba más de lo habitual —seis meses y medio de embarazo no eran precisamente ligeros—, pero se había acostumbrado a levantarse con el canto de los gallos y el aroma del mar que se colaba por las rendijas de su pequeño apartamento encima del negocio.Se duchó con agua tibia, se puso un vestido de algodón holgado y bajó las escaleras hacia la panadería. El silencio de la madrugada la envolvía como una manta familiar. Encendió las luces, encendió el horno de piedra, y comenzó a preparar la masa madre con movimientos automáticos, casi rituales.Amasar era su meditación. El ritmo constante de sus manos sobre la masa, el olor a levadura y harina, la certeza de que aquello era suyo y de nadie más.Pum.Una patadita. Suave.—Buenos días, pequeña —murmuró Valeria, sonriendo mientras se llevaba una mano al vientre—. ¿Ya estás despierta? Tienes que aprender a dormir un poco más. Las panader
Sebastián los miró a todos, sintiendo el peso de sus miradas.—Quiero casarme con ella —dijo, y su voz era firme— Y quiero que el bebé sea reconocido como mi heredero legítimo.El silencio que siguió fue atronador.—¿Casarte? —repitió León, incrédulo— ¿Con una desconocida? ¿Aunque sea la madre de tu hijo?¿ Tío es un riesgo?—No es una desconocida —respondió Sebastián, y su voz se suavizó— Es la madre de mi hijo. Es una mujer valiente, fuerte, que ha pasado por mucho. No merece que la arrastren a un escándalo.—Pero Sebastián —intervino la reina Margarita, y su voz era preocupada— ¿y los Sánchez Gallardo? ¿Y Francisco? Si se enteran...—Ya lo saben —dijo Sebastián, y su voz se endureció— Francisco vino hoy el de Valeria. La interrogó. La asustó.—¿Qué? —León se puso en pie de un salto—. ¿Francisco? ¿Qué hacía allí?—Lo mismo que haría cualquiera de ellos —respondió Sebastián, y su voz era amarga—. Buscar información. Crear problemas. Y si Francisco ha llegado hasta aquí, otros vendrá
Valeria negó con la cabeza, pero en el fondo de su corazón, sabía que tenía razón. Si no hubiera puesto seguridad, Francisco habría seguido acosándola. Quizás incluso le habría hecho daño. Y ella no podía permitir que eso pasara. No ahora. No cuando su hija dependía de ella.—No me gusta —dijo, y su voz era firme— No me gusta que me vigilen. No me gusta que me controlen. Pero... entiendo por qué lo hizo.Sebastián la miró, y en sus ojos vio un destello de esperanza.—Gracias —dijo— Gracias por entenderme.Valeria asintió, pero luego bajó la mirada hacia su vientre.—Pero quiero que sepa una cosa —dijo, y su voz era suave pero firme—. Si vuelve a hacer algo así sin consultarme, si vuelve a tomar decisiones sobre mi vida sin mi permiso, me iré. No importa lo que pase. No importa a dónde tenga que ir. Me iré.Sebastián la miró, y por un instante, algo parecido al respeto brilló en sus ojos.—Lo entiendo —dijo—. Y lo acepto. No volverá a ocurrir.Valeria asintió, y luego sintió que el can
El silencio que siguió a las palabras de Sebastián fue tan denso que Valeria podía escuchar el latido de su propio corazón.—¿Mañana? —repitió, y su voz era un susurro quebrado— ¿Mañana? ¿Cómo puedo casarme con usted mañana? ¡No le conozco! ¡No sé nada de usted, de su país, de su familia, de...—Lo sé —la interrumpió él, y esta vez su voz no era de acero. Era cansada. Casi derrotada—. Lo sé, Valeria. Y sé que le estoy pidiendo demasiado. Pero no tengo otra opción.Valeria negó con la cabeza, dando un paso atrás. Sus manos se aferraron al borde del mostrador, buscando apoyo mientras sentía que el suelo se movía bajo sus pies.—No puedo —dijo, y las lágrimas comenzaron a asomarse a sus ojos—. No puedo hacer esto. No puedo casarme mañana con un desconocido. No puedo dejar mi vida, mi negocio, mi...—Su seguridad —la interrumpió Sebastián, y dio un paso adelante— ¿Qué pasa con su seguridad, Valeria? ¿Qué pasa con la seguridad de su bebé?Ella levantó la vista, y en sus ojos vio algo que n







