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Capitulo 3

Penulis: Monn Star
last update Tanggal publikasi: 2026-09-04 02:10:31

Sebastián Montenegro observó el rostro de Valeria Fuentes mientras las palabras que había pronunciado caían entre ellos como un muro de cristal. La vio palidecer, vio cómo sus dedos se aferraban al mostrador de madera como si fuera un salvavidas en medio de una tormenta, y sintió un punzada en el pecho que no podía permitirse reconocer.

Está asustada, pensó. La he asustado. Y sin embargo, no podía detenerse. Había viajado más de doce horas desde Valdoria, cruzando océanos y husos horarios, con el corazón golpeándole las costillas al ritmo de una única obsesión: llegar a tiempo. Tres semanas y media de pesquisas, de llamadas telefónicas a media noche, de sobornos discretos a funcionarios de la clínica y de noches en vela repasando documentos hasta que los ojos le ardían.

Tres semanas y media desde aquella llamada que lo cambió todo.

—Señor Montenegro, lamento informarle que hubo un error en nuestros archivos. Una de sus muestras que usted ordenó destruir... no fue destruida. Fue utilizada hace cinco meses en una paciente.

Había dejado caer el teléfono. Literalmente. El aparato había chocado contra el suelo de mármol de su despacho, y él se había quedado mirando la pantalla agrietada como si fuera un espejo de su propia vida hecha pedazos.

Porque aquel embrión era su último intento. El último vestigio de una esperanza que había enterrado hacía años, cuando su esposa murió llevándose consigo el sueño de ser padres. Después de aquello, Sebastián se había dedicado por completo a su deber: gobernar Valdoria como regente hasta que su sobrino, León, alcanzara la mayoría de edad. Había sido un gobernante implacable, justo, frío. Había apartado de su vida cualquier atisbo de debilidad, cualquier deseo que no fuera el servicio a su país.

Y ahora, cinco meses después de haber cedido el control a su sobrino, el destino le lanzaba esta bomba. Un hijo. Un bebé que crecía en el vientre de una desconocida.

Sebastián apretó la mandíbula, obligándose a mantener la compostura cuando lo único que quería era caer de rodillas y llorar. Pero él no podía permitirse ese lujo. No aquí. No ahora.

—Señorita Fuentes —dijo, forzando su voz a un tono que esperaba sonara calmado, razonable— entiendo que esto es abrumador.

—¿Abrumador? —Valeria soltó una risa quebrada, casi histérica— Usted aparece en mi panadería, en mi pueblo, en mi vida, y me dice que quiere casarse conmigo porque su... ¿su hijo? ¿El hijo que yo llevo dentro? ¿Y cree que "abrumador" es la palabra adecuada?

Sebastián sintió cómo la paciencia se le escapaba entre los dedos como arena. Respiró hondo. Contó hasta tres. Recordó las conversaciones con su asesor legal, con su jefe de seguridad, con el médico que había tratado a Valeria hasta que el embarazo se estabilizó. Le había explicado que Valeria estaba de seis meses y medio y que cualquier estrés severo podía afectar que el embarazo llegará a término.

No puedes asustarla más, se repitió. No puedes permitirte perderla.

Pero la realidad era que el tiempo se agotaba. Su sobrino León era inteligente y estaba bien preparado, también era joven, inexperto, y rodeado de cortesanos que esperaban el más mínimo error para devorarlo. La familia Montegro había gobernado Valdoria durante siglos, y en ese tiempo habían acumulado enemigos. Enemigos que acechaban en las sombras, esperando el momento adecuado para atacar.

Si se llegaba a saber que el príncipe —el ex regente, el tío del actual monarca— tenía un hijo ilegítimo en alguna parte del mundo, el escándalo sería monumental. Los periódicos, las redes sociales, los canales de televisión de los países vecinos se lanzarían como lobos sobre el cadáver de la reputación de su familia. Y León, su sobrino, el chico al que había criado como a un hijo después de la muerte de sus padres, se vería arrastrado en el fango junto con él.

No puedo permitirlo. Sebastián miró a Valeria, a la mujer que tenía frente a él, y vio más allá de su miedo. Vio a alguien fuerte. Alguien que había sobrevivido a un divorcio humillante y que había reconstruido su vida desde cero en este pueblo olvidado por Dios. Alguien que, a pesar de todo, miraba a su vientre con una ternura que le partía el alma.

Ella no merecía esto. No merecía que irrumpiera en su vida como un huracán y la arrastrara a un matrimonio de conveniencia. Pero tampoco merecía que su hijo creciera sin protección.

—Señorita Fuentes —dijo, y esta vez su voz era más suave, casi una súplica— sé que soy un extraño para usted. Sé que lo que le estoy pidiendo es... absurdo, irracional, incluso cruel. Pero permítame explicarle por qué no tengo otra opción.

Valeria lo miró, y en sus ojos vio el reflejo de su propio miedo.

—Hace cinco meses cedí el control de Valdoria a mi sobrino León. Después de casi veinte años de servir como regente, finalmente pude retirarme. Pensé que mi vida— se detuvo por un momento luego continuó, dando un paso atrás para darle espacio, para mostrarle que no era una amenaza— después de entregar el trono a León había terminado. Que mi único legado sería haber mantenido el trono caliente para la siguiente generación.

Hizo una pausa, tragando saliva.

—Pero entonces recibí esa llamada de la clínica. Y descubrí que... que no había terminado. Que la vida, en su infinita ironía, me daba una segunda oportunidad.

—¿Una segunda oportunidad? —repitió Valeria, y su voz temblaba— ¿Para qué?

—Para ser padre —dijo Sebastián, y la honestidad de aquellas palabras le dolieron más de lo que esperaba— Para tener un hijo. Alguien a quien legar todo lo que soy, todo lo que he construido.

—Pero usted ya no es rey.

—No. Pero sigo siendo un Montenegro. Y mi familia tiene enemigos. Muchos enemigos. —Se acercó de nuevo, pero esta vez con cautela, como quien se aproxima a un animal herido— Si alguien descubre que tengo un hijo ilegítimo, no les importará armar un escándalo. Usarán a ese niño, a usted, para atacar a mi sobrino. Para desestabilizar el trono. Para sembrar el caos en un país que apenas está aprendiendo a caminar bajo un nuevo gobernante.

Valeria negó con la cabeza, confundida.

—No entiendo. ¿Cómo puede un bebé ilegítimo...?

—Porque la tradición en Valdoria es sagrada —la interrumpió, y su voz se tiñó de amargura— Un heredero nacido fuera del matrimonio no puede reclamar el trono. Pero eso no evitaría que mis enemigos utilicen su existencia como arma. Dirán que engañé a mi sobrino, que oculté información, que planeé un golpe de estado. No importa que sea mentira. Lo que importa es el daño que puedan causar.

Valeria abrió la boca, pero él levantó una mano para detenerla.

—Lo sé. Suena a paranoia. Suena a drama de telenovela. Pero es mi realidad, señorita Fuentes. Es la realidad de mi país, de mi familia, de mi sobrino. Y ahora, también, la suya.

El silencio se alargó entre ellos. Sebastián observó cómo Valeria procesaba sus palabras, cómo su mente intentaba encontrar un agujero en su argumento, una salida, una escapatoria.

No la había.

—Entonces... —dijo ella finalmente, su voz apenas un susurro— ¿Qué está proponiendo exactamente?

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