LOGINBastian me “transportó” en silencio, tomándome del brazo como si fuera una carga pesada que debía entregar con urgencia.
Aparecimos en el callejón detrás de la tienda donde trabajo. Aún era temprano, las calles estaban vacías, el aire olía a ciudad y a polvo viejo. Y por primera vez desde que me lanzaron a ese caos espiritual… me sentí extraña en mi propia vida. —Bueno… —rompo el silencio mientras me acomodo el bolso—Aquí estamos. Bastian asiente, sin apartar la mirada de la salida del callejón. Parece más tenso de lo normal, como si esperara que una emboscada espiritual cayera desde el cielo. —Volveré a buscarte en cinco horas. No salgas. No hables de mí. No hables de lo que pasó. —Lo sé. —Y si sientes algo raro, una presencia, una sensación extraña... —Pronuncio tu nombre—termino por él, con tono cansado—. ¿Algo más, jefe? Él me mira con severidad. —No mueras. No sé si está siendo dramático o literal. Con él, nunca se sabe. —Tranquilo. Hoy solo cobraré productos vencidos y escucharé quejas de señoras con mal carácter. Lo más peligroso que me puede pasar es un cliente exigiendo una promo inexistente. —Igual... mantente atenta. —Lo haré. Nos quedamos en silencio unos segundos más. Él no se va, yo no me alejo. Es un momento raro, como si ninguno de los dos quisiera moverse primero. —Vete —le digo al final, sin mirarlo—. Me estás poniendo más nerviosa. Él duda. Y luego, sin una palabra, desaparece. ... Estar dentro de la tienda fue como caminar por un sueño que una vez creí real. Todo está igual: las góndolas mal organizadas, los estantes con los mismos productos, las cajas registradoras que se traban, el uniforme feo y el jefe que siempre huele a café frío. Y sin embargo, yo no estoy igual. Ahora veo cosas. Percibo cosas. No necesariamente entidades, pero sí cambios. Energías. Ausencias. Vacíos en la gente que antes me parecían normales. Mi compañera de caja, Carla, me abraza al verme. —¡Pensamos que habías renunciado! —me dice—¿Estás bien? —Sí. Solo necesitaba... desaparecer unos días. —Bueno, bienvenida de nuevo. Hoy hay turno largo. Prepárate para la horda. Asiento, y me coloco detrás de la caja como si fuese una versión remendada de la antigua Legna. Solo que ahora, por dentro, tengo grietas nuevas. Grietas que arden cuando alguien me mira, cuando alguien me toca… incluso cuando no lo hacen. El día transcurre lentamente. Clientes, bolsas, códigos de barras, saludos mecánicos. Pero cada tanto, entre una transacción y otra, mi mente regresa a él. A Bastian. A su forma de hablar con los dientes apretados, su mandíbula marcada. A su silencio cómodo. A su mirada que siempre parece juzgar y proteger al mismo tiempo. Y aunque me cueste admitirlo… Siento que me hace falta. ... BASTIAN Ha estado tres horas fuera. Tres largas, molestas, exasperantes horas. Y no dejo de mirar el teléfono, siento que los minutos pasan cada vez más lento. Me he sentado en la cima de un viejo edificio para esperar, desde donde puedo ver la tienda con mis sentidos extendidos. Estoy camuflado, como siempre. Nadie puede verme. Ni los humanos, ni la mayoría de los míos. Ella no ha pronunciado mi nombre, eso debería tranquilizarme. Y, sin embargo, cada vez que la puerta de la tienda se abre, mi cuerpo se tensa, como si esperara que ella saliera corriendo. O que algo entrara a buscarla. He guiado a miles de almas. He visto guerras, pestes, accidentes, suicidios, asesinatos. Nunca me había sentido así. Vulnerable. Inquieto. Expuesto. No por ella, por mí. Y lo odio. O eso intento creer... LEGNA Cuando termina el turno, mis pies están hechos trizas y mi cabeza a punto de explotar. Pero en el fondo, me siento... satisfecha. Volví a hacer algo por mí. Volví a existir fuera de esa burbuja. Salgo por la puerta trasera para ir al callejón y, como si lo hubiera llamado con la mente, Bastian ya está ahí. Apoyado contra la pared. Brazos cruzados. Con su túnica puesta y su cara de perro molesto. —No recuerdo haber dicho tu nombre. —Quizás lo hiciste sin fijarte, eres tan despistada—asegura sin mirarme— Y... ¿Cómo fue? —Agotador. Monótono. Irritantemente humano. —¿Y? —Extrañé la casa. No sé por qué lo digo. Ni por qué él, al escucharme, relaja apenas los hombros. —Solo fueron cinco horas —responde. —Sí. Pero en ese tiempo… eché de menos el silencio, los libros raros. Y tu cara de fastidio eterno. Su mirada al fin me busca. Luego se acerca y extiende la mano. —Vámonos. —¿Y si quiero quedarme un rato más? —No. —¿Ni diez minutos? —Ni diez segundos. Tomo su mano. Y justo antes de que el mundo desaparezca de nuevo a nuestro alrededor, le lanzo una última mirada a la ciudad, a las luces, al ruido, a la humanidad. Me siento tan extraña. No pertenezco del todo aquí, ni allá... Aunque me pese admitirlo, solo pertenezco donde él esté.Cuando regresamos, Legna se sentó en el sofá y se quedó mirando al vacío. Ya no lloraba. No sé si eso era bueno o malo. Creo que lo segundo. Me quedé de pie frente a ella sin saber qué hacer. Ignorando el hecho de que mi teléfono no paraba de vibrar con nuevos mensajes. Una parte de mí quería gritarle "te dije que no debías venir conmigo, testaruda", y la otra solo quería hacerle compañía. Había aceptado llevarla conmigo porque solo quería quitarmela de encima. Ahora me arrepiento. Me senté a su lado. —Legna... No respondió. —Lo lamento. Ella giró lentamente la cabeza hacia mí. —¿Por qué? —Por permitir que vieras eso. No fué mi intención... Bajó la mirada. —Yo te lo pedí, te pedí que me llevaras. —Aun así. Guardó silencio. Me quedé observándola, continuaba con la mirada perdida. No me había percatado de la presión que sentía en el pecho. Cómo una especie de tristeza, aunque eso era imposible. Llevo cuatro siglos sin saber lo que es tener esa clase de e
Aparecimos en un lugar que Legna no conocía. Una calle estrecha, oscura y silenciosa. La noche estaba particularmente fría. El viento atravesaba las calles casi desiertas y era tan fuerte que hacía temblar los árboles. Ella se abrazó a sí misma. —Hace frío. Caminé unos pasos y el teléfono vibró en mi bolsillo. Lo saqué. La pantalla mostró un nuevo mensaje. SIN NOMBRE — RECIÉN NACIDO — HIPOTERMIA Me quedé inmóvil. Legna se acercó con curiosidad. —¿Qué sucede? Guardé el teléfono. —Nada. —Bastian. —Quédate aquí. No me sigas. —¿Por qué? —Porque sí. Ella intentó seguirme. —Te dije que te quedaras. —Pero... —Legna. Lo prometiste. Mi tono fue suficiente para detenerla. Caminé hasta el final de la calle y lo único que vi fue una pequeña caja de cartón que se encontraba junto a un contenedor. No había nadie más alrededor, solo el viento. Me acerqué lentamente. Y allí se encontraba, un cuerpo diminuto envuelto en una manta de color azul cielo,
BASTIAN —Ya entiendo a que sé refería Uno cuando mencionó que no quería que tuvieses el mismo destino que tuvo Seis.—Comenta Legna alterada—¿Y si nos descubren?. No quiero que temines exiliado por mi causa. No podría con la culpa. —Eso no sucederá, yo no soy Seis. Y tú... bueno, eres... diferente. Levantó lentamente la mirada hacia mí. —¿Diferente? —Solo... confia en mí. —¿Y ya haz hallado alguna solución?, o quizas una pista de lo que debemos hacer. —Por los momenton no—fui sincero. —"Perfecto", "estamos avanzando." Odio su sarcasmo. —Hago lo que puedo con el poco conocimiento que manejo del tema. Y te recuerdo que mi trabajo es algo que no puedo dejar para despues. —¿Y que otra cosa tienen prohibido hacer ustedes los guardianes? Ahí vamos otra vez con un nuevo interrogatorio. Decidi ir al grano. Descubrí que no cierra la boca hasta que no le contesto todas sus preguntas. Todo sea por mi paz mental. —No debemos intervenir en el equilibrio del universo,
Los días en la casa espiritual comenzaron a cambiar, o tal vez los que cambiamos fuimos nosotros. No habían discusiones matutinas, solo unos cuantos gestos, de vez en cuando unas sonrisas y por suerte silencios menos pesados. Bastian se había recuperado por completo. A veces al volver de su trabajo, lo encontraba recostado en el sofá, con los parpados cerrados y los cuchillos cerca, como si incluso en su descanso se negara a dejar de ser lo que era. Yo me encargaba de todo lo demás. Preparaba cosas sencillas para comer, organizaba la enorme biblioteca que parecía llevar siglos sin tocarse, incluso descubrí cómo encender la música de esa casa extraña que parecía no estar en ningún lugar. La primera vez que lo escuché tararear, creí que lo había imaginado. —¿Estás… cantando? —le pregunté desde la cocina. —Estás delirando —respondió él, sin dejar de leer. Pero sonrió. Apenas, pero lo vi. De alguna forma la convivencia dejó de sentirse, no se... impuesta. Días atrás pare
Volver a la casa se sintió diferente esta vez. Bastian se apoyaba en mí con más peso del que reconocería. Su túnica se resbaló dejando uno de sus hombros al descubierto y yo traté de acomodarsela como pude. Sus cuchillos apenas colgaban de su cinturón. Respiraba lento, pero cada vez que lo miraba de reojo, sus labios seguían tensos… como si se negara a aceptar que estaba sintiendo dolor. —¿Te lastimó mucho? —pregunté mientras lo ayudaba a sentarse en el sofá. —No lo suficiente... no voy a morir—dijo, intentando sonreír. No le salió. —¿Y lo suficiente como para que tengas que quedarte quieto al menos unas horas? No contestó. —Eso pensé. Fui por una toalla húmeda, me senté a su lado y sin pedir permiso, comencé a limpiarle la sangre seca que tenía en el cuello. Él ni siquiera protestó. Me resultaba extraña su falta de resistencia. Era la primera vez que me permitiera estar cerca de él. —¿Sabes qué fue lo peor? —dije sin mirarlo—Pensé que no vendrías, no me salían las
LEGNA. Cuando creí que Bastian lo tenía, una onda oscura lo golpeó de lleno en el pecho. Salió disparado contra una pared del callejón, golpeando con un estruendo seco. La túnica se rasgó en el torso y él cayó de rodillas. —¡NO! —grité, logrando por fin ponerme de pie. El Lóbrego se abalanzó sobre él. Pero antes de que pudiera tocarlo, Bastian se impulsó de nuevo hacia arriba, clavando ambas cuchillas en el pecho del espectro, con una fuerza que me hizo contener la respiración. Una luz amarillenta e intensa, surgió del centro del espectro. El Lóbrego chilló, se retorció… y finalmente se desintegró en una nube de humo oscuro. Se hizo un silencio, solo se podía escuchar mi respiración pesada y mi corazón golpeando contra mis costillas con una fuerza descomunal. Corri hacía él lo más rápido que pude. —¿Estás bien? Bastian cayó de rodillas, apoyándose en una de sus cuchillas como si fuera un bastón. El otro cuchillo se le cayó de la mano. Su capucha ya no cubría su ros