LOGINLEGNA
La rutina no me molesta. Me ayuda a no pensar. Después de todo lo que ha pasado, volver a atender la caja registradora, decir buenos días con una sonrisa falsa y cobrar productos me resulta… reconfortante. Casi me hace olvidar que vivo con un ser espiritual que colecciona almas y que estuve a punto de morir. Casi. Hoy, sin embargo, algo no va bien. Lo supe apenas lo vi entrar. El chico era guapo. No de forma exagerada, pero tenía ese aire de persona “diseñada”. Cabello rubio, piel perfecta, sonrisa precisa. Llevaba ropa de marca, pero nada ostentoso. Como si supiera exactamente cómo pasar desapercibido sin lograrlo. Y, aun así, lo que más me inquietó no fue su aspecto… sino su energía. No sé cómo explicarlo. Ahora mis sentidos se han agudizado. Era como si el aire a su alrededor estuviera... demasiado quieto. Como si algo en él no encajara del todo con este plano. —Hola —saludó, con voz suave—. Qué lugar tan… interesante. —¿Perdón? —Nada. Solo decía que es curioso encontrar algo tan cotidiano en medio de tanto ruido. Fruncí el ceño. Colocó una botella de agua sobre el mostrador. Sus dedos apenas la rozaron. El código de barras ni siquiera se enfrentó bien al lector, pero el pitido sonó igual. Lo miré directo a los ojos, verdes como el olivo. Y entonces lo sentí. Una punzada, como un eco en el pecho. Igual que cuando vi el alma aquel día. Trate de mantener la calma aunque instintivamente retrocedí un paso. —¿Estás bien? —preguntó él, ladeando la cabeza. —Disculpa, necesito… un momento. Fui hasta la parte trasera de la tienda y pronuncié su nombre de inmediato: —¿Que sucede?—inquiere Bastian mirando a nuestro alrededor, muy alerta. —Es un cliente... —Solo puedo intervenir si no se trata de humanos—me recuerda. —Lo sé, es que... hay algo raro, tienes que verlo—lo tomo del brazo—Sal con la túnica para que no te vea. Intenté jalarlo y no logré moverlo un centímetro. —Si es de los míos, me verá así lleve la túnica puesta, mejor tú regresa. Mantén la calma. "Como si fuera muy fácil." Regresé a mi sitio a regañadientes, tratando de parecer lo más normal posible. —¿Tu nombre? —pregunté. El chico sonrió, como si estuviera disfrutando un juego solo suyo. —Puedes llamarme Aivar. —¿Es raro que sienta que no deberías estar aquí, Aivar? Él rió. Un sonido cristalino, demasiado perfecto para ser humano. —Eres muy perceptiva, Legna. No me sorprende. —Así como no me sorprende que sepas mi nombre. Entonces el aire cambió. Una corriente invisible cruzó la tienda, haciendo vibrar las luces. Bastian apareció al fondo, sin su túnica pero con esa presencia suya que parecía absorber la atmósfera. No pude evitar detallarlo, creo que es la primera vez que lo veo así, con una vestimenta... normal. Sus ojos, sin embargo, se clavaron en Aivar con furia contenida. —Tres. —Hola, Dos —saludó el otro, girándose con tranquilidad—. No hace falta actuar como si no me conocieras. Después de todo, hemos trabajado juntos muchas veces. —¿Qué haces aquí? —Curiosidad. Solo quería conocerla. La falla de la que todos hablan. Sentí como si el suelo bajo mis pies se volviera delgado. ¿Falla? de nuevo ese estúpido termino. Bastian se acercó a grandes pasos. —No tienes permiso de estar en este plano sin encargo. —No necesito permiso para observar. Nadie me impide mirar —dijo Aivar, encogiéndose de hombros—. Además, no hice nada. Solo hablé con ella. —No tienes idea de lo que estás provocando —Bastian gruñó—. Si Cuatro siente tu presencia cerca de ella, lo tomará como una señal. La sonrisa de Aivar se borró apenas por un instante. —Oberim no necesita señales. Está observando. Esperando el mínimo error. Una grieta. Un suspiro fuera de lugar. Cuando actúe… no vas a poder detenerlo. —Si viniste a advertirme ya te puedes largar. —No. Vine a ver con mis propios ojos lo que nunca debió existir. Y ahora que lo hice… te diré algo, Dos: Aivar me miró con intensidad, y por un instante, me sentí desnuda ante su mirada, como si pudiera ver más allá de mi cuerpo, de mi mente... incluso de mi alma. —Ella no es un error. Es una brecha. Y las brechas... se convierten en caminos. —Basta —gruñó Bastian. Aivar dio un paso atrás, levantando las manos con gesto teatral. —Me retiro. Solo vine a mirar. Pero te dejo un consejo: prepárate. Cuando Oberim venga, no va a tocar la puerta. Va a arrancarla. Y con un parpadeo, desapareció. --- BASTIAN No dije nada al regresar. Ella tampoco. Pero podía sentir su mente ardiendo, repleta de preguntas, teorías y miedo. Cuando entramos a la casa, se sentó en el sofá como si le pesara todo el cuerpo. —¿Quién era? —preguntó finalmente. —Tres. Se llama Aivar tal como mencionó. Es de los míos. No le temas, no es peligroso. —¿Y por qué… por qué me siguen llamando la falla? —Porque no deberías estar viva. —Gracias por la sutileza —bufó. —Pero tampoco deberías ser capaz de ver lo que ves. Sentir lo que sientes. Tu alma se fracturó el día que te salvé. Lo que yo hice… creó una fisura. Una grieta entre planos. —¿Y eso me convierte en un peligro? —Te convierte en algo que jamás debió existir. —¿Entonces me temen? —No a tí. Le temen a lo que puedas provocar. Se quedó en silencio. Después de un largo minuto, dijo: —¿Y Cuatro? ¿Cuál es su nombre? Cerré los ojos. —Oberim. Es un recolector que… no comparte mi perspectiva. Si por él fuera, tú ya estarías del otro lado. No le gustan los cambios. Cree que estás contaminando ambos mundos. —¿Y lo estoy? —Aún no. Pero lo harás… es lo que debo evitar. Ella me miró largo rato. Luego se levantó y se acercó a mí. No retrocedí. —A veces siento que me ocultas cosas. Que todo ésto es más complicado de lo que parece—casi puedo palpar la tristeza en su mirada —Tengo miedo de que en lugar de protegerme termines muriendo conmigo. No supe qué responder. Solo me quedé allí, de pie en medio del salón, mirándola a los ojos. Repitiendo en mi mente las palabras de Aivar: > “No es un error. Es una brecha. Y las brechas se convierten en caminos…” Y si él tiene razón, entonces, puede que Legna no esté tan equivocada...Cuando regresamos, Legna se sentó en el sofá y se quedó mirando al vacío. Ya no lloraba. No sé si eso era bueno o malo. Creo que lo segundo. Me quedé de pie frente a ella sin saber qué hacer. Ignorando el hecho de que mi teléfono no paraba de vibrar con nuevos mensajes. Una parte de mí quería gritarle "te dije que no debías venir conmigo, testaruda", y la otra solo quería hacerle compañía. Había aceptado llevarla conmigo porque solo quería quitarmela de encima. Ahora me arrepiento. Me senté a su lado. —Legna... No respondió. —Lo lamento. Ella giró lentamente la cabeza hacia mí. —¿Por qué? —Por permitir que vieras eso. No fué mi intención... Bajó la mirada. —Yo te lo pedí, te pedí que me llevaras. —Aun así. Guardó silencio. Me quedé observándola, continuaba con la mirada perdida. No me había percatado de la presión que sentía en el pecho. Cómo una especie de tristeza, aunque eso era imposible. Llevo cuatro siglos sin saber lo que es tener esa clase de e
Aparecimos en un lugar que Legna no conocía. Una calle estrecha, oscura y silenciosa. La noche estaba particularmente fría. El viento atravesaba las calles casi desiertas y era tan fuerte que hacía temblar los árboles. Ella se abrazó a sí misma. —Hace frío. Caminé unos pasos y el teléfono vibró en mi bolsillo. Lo saqué. La pantalla mostró un nuevo mensaje. SIN NOMBRE — RECIÉN NACIDO — HIPOTERMIA Me quedé inmóvil. Legna se acercó con curiosidad. —¿Qué sucede? Guardé el teléfono. —Nada. —Bastian. —Quédate aquí. No me sigas. —¿Por qué? —Porque sí. Ella intentó seguirme. —Te dije que te quedaras. —Pero... —Legna. Lo prometiste. Mi tono fue suficiente para detenerla. Caminé hasta el final de la calle y lo único que vi fue una pequeña caja de cartón que se encontraba junto a un contenedor. No había nadie más alrededor, solo el viento. Me acerqué lentamente. Y allí se encontraba, un cuerpo diminuto envuelto en una manta de color azul cielo,
BASTIAN —Ya entiendo a que sé refería Uno cuando mencionó que no quería que tuvieses el mismo destino que tuvo Seis.—Comenta Legna alterada—¿Y si nos descubren?. No quiero que temines exiliado por mi causa. No podría con la culpa. —Eso no sucederá, yo no soy Seis. Y tú... bueno, eres... diferente. Levantó lentamente la mirada hacia mí. —¿Diferente? —Solo... confia en mí. —¿Y ya haz hallado alguna solución?, o quizas una pista de lo que debemos hacer. —Por los momenton no—fui sincero. —"Perfecto", "estamos avanzando." Odio su sarcasmo. —Hago lo que puedo con el poco conocimiento que manejo del tema. Y te recuerdo que mi trabajo es algo que no puedo dejar para despues. —¿Y que otra cosa tienen prohibido hacer ustedes los guardianes? Ahí vamos otra vez con un nuevo interrogatorio. Decidi ir al grano. Descubrí que no cierra la boca hasta que no le contesto todas sus preguntas. Todo sea por mi paz mental. —No debemos intervenir en el equilibrio del universo,
Los días en la casa espiritual comenzaron a cambiar, o tal vez los que cambiamos fuimos nosotros. No habían discusiones matutinas, solo unos cuantos gestos, de vez en cuando unas sonrisas y por suerte silencios menos pesados. Bastian se había recuperado por completo. A veces al volver de su trabajo, lo encontraba recostado en el sofá, con los parpados cerrados y los cuchillos cerca, como si incluso en su descanso se negara a dejar de ser lo que era. Yo me encargaba de todo lo demás. Preparaba cosas sencillas para comer, organizaba la enorme biblioteca que parecía llevar siglos sin tocarse, incluso descubrí cómo encender la música de esa casa extraña que parecía no estar en ningún lugar. La primera vez que lo escuché tararear, creí que lo había imaginado. —¿Estás… cantando? —le pregunté desde la cocina. —Estás delirando —respondió él, sin dejar de leer. Pero sonrió. Apenas, pero lo vi. De alguna forma la convivencia dejó de sentirse, no se... impuesta. Días atrás pare
Volver a la casa se sintió diferente esta vez. Bastian se apoyaba en mí con más peso del que reconocería. Su túnica se resbaló dejando uno de sus hombros al descubierto y yo traté de acomodarsela como pude. Sus cuchillos apenas colgaban de su cinturón. Respiraba lento, pero cada vez que lo miraba de reojo, sus labios seguían tensos… como si se negara a aceptar que estaba sintiendo dolor. —¿Te lastimó mucho? —pregunté mientras lo ayudaba a sentarse en el sofá. —No lo suficiente... no voy a morir—dijo, intentando sonreír. No le salió. —¿Y lo suficiente como para que tengas que quedarte quieto al menos unas horas? No contestó. —Eso pensé. Fui por una toalla húmeda, me senté a su lado y sin pedir permiso, comencé a limpiarle la sangre seca que tenía en el cuello. Él ni siquiera protestó. Me resultaba extraña su falta de resistencia. Era la primera vez que me permitiera estar cerca de él. —¿Sabes qué fue lo peor? —dije sin mirarlo—Pensé que no vendrías, no me salían las
LEGNA. Cuando creí que Bastian lo tenía, una onda oscura lo golpeó de lleno en el pecho. Salió disparado contra una pared del callejón, golpeando con un estruendo seco. La túnica se rasgó en el torso y él cayó de rodillas. —¡NO! —grité, logrando por fin ponerme de pie. El Lóbrego se abalanzó sobre él. Pero antes de que pudiera tocarlo, Bastian se impulsó de nuevo hacia arriba, clavando ambas cuchillas en el pecho del espectro, con una fuerza que me hizo contener la respiración. Una luz amarillenta e intensa, surgió del centro del espectro. El Lóbrego chilló, se retorció… y finalmente se desintegró en una nube de humo oscuro. Se hizo un silencio, solo se podía escuchar mi respiración pesada y mi corazón golpeando contra mis costillas con una fuerza descomunal. Corri hacía él lo más rápido que pude. —¿Estás bien? Bastian cayó de rodillas, apoyándose en una de sus cuchillas como si fuera un bastón. El otro cuchillo se le cayó de la mano. Su capucha ya no cubría su ros