LOGINNo suelo pedir ayuda.
Pero cuando el nombre de Oberim se pronuncia en voz alta, incluso los orgullosos entienden que hay que tratarse su ego. Así que esta noche, como Legna ya duerme, salí de la casa espiritual para llamarla a ella. —Elysia —susurré, con la mirada fija en el eterno atardecer. No tardó ni un minuto en aparecer. La luz en el aire cambió al instante. Como si el silencio se hiciera más profundo con su llegada. —Vaya, Dos… —dijo con su sonrisa suave—. Si me llamas dos veces en una misma década, es porque algo muy serio te esta ocurriendo. —Lo está. Elysia se acercó al jardín, donde la energía se concentra. Sus pies apenas tocaban el suelo, ella siempre flota a unos centímetros de la realidad. —¿Es sobre la chica? —Sí. Legna. —¿La brecha? Fruncí el ceño. —Ya todos la llaman así… pensé que era una falla. —Eso creí también, pero no. Es una brecha—asintió ella con seriedad—. Un cruce entre planos, una vibración que no debería mantenerse viva. No es culpa suya, ni tuya, Bastian. Pero es real. Y si Cuatro ha comenzado a moverse, no hay vuelta atrás. Una esfera de luz flotante aparece entre sus manos. Dentro, la energía de Legna brillaba con una intensidad que no había visto antes. —Su rastro espiritual se ha expandido —dijo Elysia—. Está dejando huellas. Como migas de pan en el plano etéreo. Y Oberim sabe seguirlas. —¿Qué propones?, ¿el ritual que mencionaste la última vez? —Ya ésto se a vuelto más complicado, no se resolverá con un simple ritual... ahora amerita una limpieza. Me tensé. —¿Limpieza? —Hay que borrar el rastro, Bastian. El plano espiritual la reconoce como un accidente… una vibración que se coló por error. Si no borramos lo que la ata a ti, y al tránsito, él vendrá por ella. No con advertencias. Con sentencia. No quiero que te pase lo mismo que le pasó a seis... —¿Y cómo se borra un alma que sigue viva? —Solo hay dos formas. Una, destruir su capacidad de percepción espiritual. —Borrar sus recuerdos... ¿Y la otra? —Regresarla a un estado emocional en el que desee morir otra vez… pero de forma natural. Sutil. Sin intervención. Como si simplemente… se hubiese rendido. No dije nada. Mis puños se cerraron con fuerza. —Podríamos llevarla a un punto de ruptura suave, inducido. Haríamos que todo parezca un sueño lejano. Le mostraríamos la luz como consuelo, no como tragedia. —¿Estás… escuchando lo que dices? Elysia no parpadeó. —Tú pediste ayuda. Esta es mi propuesta. No creo que ésto se arregle solo con borrar su memoria. Es mejor irnos por el lado seguro, así le damos una nueva despedida y evitamos la masacre que se aproxima si algo más peligroso que cuatro rompe el umbral. —¡No! —gruñí, dando un paso atrás—. No voy a borrarla. No voy a destruir lo que se ha vuelto. —¿Entonces piensas protegerla por siempre? —Sí, si es necesario. Elysia entrecerró los ojos. —Tus emociones están interfiriendo. Estás actuando con apego. —No digas estupideces...—Gruñí. _Solo digo lo que veo. Esto nunca termina bien para nosotros, ésta prohibido y lo sabes. —Se lo que hago—dije tajante—. No la entregaré. Punto. ... LEGNA Pase mucho rato con los ojos cerrados y no pude conciliar el sueño. La cosa es, que sentí una energía extraña en el aire, una vibración que me guió como si el viento susurrara por las paredes de la casa. Entonces escuché mi nombre. Me detuve justo antes de abrir la puerta principal. Y escuché todo. Sus voces, sus silencios. Cada palabra, cada amenaza disfrazada de lógica. Cada argumento que sugería mi desaparición... por mi bien. Me tapé la boca con una mano. Las lágrimas no cayeron, pero ardieron detrás de los ojos. “Borrar sus recuerdos…” “Regresarla a un estado emocional en el que desee morir…” “Como si simplemente se hubiese rendido…” Sentí el alma enredarseme en la garganta. ¿Eso es lo que planeaban? ¿Eso era lo que él… consideró? Me obligué a retroceder sin hacer ruido. Regresé al sofa, me envolví en una sábana y me quedé en silencio, intentando tragar el nudo que se formó en mi garganta. ... BASTIAN Antes de marcharse, Elysia extendió la mano para entregarme un pequeño papel, en el, había algo encriptado, que solo yo podría descifrar: ∆£^|• ¥€¢=° $#°π∆§√π {§×§•| <3&¢€£> El mensaje era claro: Oberim me tiene vigilada, temo que pueda entrar en mi cabeza. Intenta no llamarme. Protégela. Fué cuando lo comprendí. Ya me parecía extreño todo lo que dijo momentos atrás. Ningún otro guardián siente tanto respeto por la vida humana cómo Elysia. Le dí una mirada de agradecimiento y ella desapareció sin decir adiós. Yo me quedé solo, contemplando la esfera que flotaba antes de que también desapareciera. Dentro, la luz de Legna titilaba como un faro… o como un grito lejano. No sabía que, al otro lado de las paredes de mi casa, ella ya no dormía confiada...Cuando regresamos, Legna se sentó en el sofá y se quedó mirando al vacío. Ya no lloraba. No sé si eso era bueno o malo. Creo que lo segundo. Me quedé de pie frente a ella sin saber qué hacer. Ignorando el hecho de que mi teléfono no paraba de vibrar con nuevos mensajes. Una parte de mí quería gritarle "te dije que no debías venir conmigo, testaruda", y la otra solo quería hacerle compañía. Había aceptado llevarla conmigo porque solo quería quitarmela de encima. Ahora me arrepiento. Me senté a su lado. —Legna... No respondió. —Lo lamento. Ella giró lentamente la cabeza hacia mí. —¿Por qué? —Por permitir que vieras eso. No fué mi intención... Bajó la mirada. —Yo te lo pedí, te pedí que me llevaras. —Aun así. Guardó silencio. Me quedé observándola, continuaba con la mirada perdida. No me había percatado de la presión que sentía en el pecho. Cómo una especie de tristeza, aunque eso era imposible. Llevo cuatro siglos sin saber lo que es tener esa clase de e
Aparecimos en un lugar que Legna no conocía. Una calle estrecha, oscura y silenciosa. La noche estaba particularmente fría. El viento atravesaba las calles casi desiertas y era tan fuerte que hacía temblar los árboles. Ella se abrazó a sí misma. —Hace frío. Caminé unos pasos y el teléfono vibró en mi bolsillo. Lo saqué. La pantalla mostró un nuevo mensaje. SIN NOMBRE — RECIÉN NACIDO — HIPOTERMIA Me quedé inmóvil. Legna se acercó con curiosidad. —¿Qué sucede? Guardé el teléfono. —Nada. —Bastian. —Quédate aquí. No me sigas. —¿Por qué? —Porque sí. Ella intentó seguirme. —Te dije que te quedaras. —Pero... —Legna. Lo prometiste. Mi tono fue suficiente para detenerla. Caminé hasta el final de la calle y lo único que vi fue una pequeña caja de cartón que se encontraba junto a un contenedor. No había nadie más alrededor, solo el viento. Me acerqué lentamente. Y allí se encontraba, un cuerpo diminuto envuelto en una manta de color azul cielo,
BASTIAN —Ya entiendo a que sé refería Uno cuando mencionó que no quería que tuvieses el mismo destino que tuvo Seis.—Comenta Legna alterada—¿Y si nos descubren?. No quiero que temines exiliado por mi causa. No podría con la culpa. —Eso no sucederá, yo no soy Seis. Y tú... bueno, eres... diferente. Levantó lentamente la mirada hacia mí. —¿Diferente? —Solo... confia en mí. —¿Y ya haz hallado alguna solución?, o quizas una pista de lo que debemos hacer. —Por los momenton no—fui sincero. —"Perfecto", "estamos avanzando." Odio su sarcasmo. —Hago lo que puedo con el poco conocimiento que manejo del tema. Y te recuerdo que mi trabajo es algo que no puedo dejar para despues. —¿Y que otra cosa tienen prohibido hacer ustedes los guardianes? Ahí vamos otra vez con un nuevo interrogatorio. Decidi ir al grano. Descubrí que no cierra la boca hasta que no le contesto todas sus preguntas. Todo sea por mi paz mental. —No debemos intervenir en el equilibrio del universo,
Los días en la casa espiritual comenzaron a cambiar, o tal vez los que cambiamos fuimos nosotros. No habían discusiones matutinas, solo unos cuantos gestos, de vez en cuando unas sonrisas y por suerte silencios menos pesados. Bastian se había recuperado por completo. A veces al volver de su trabajo, lo encontraba recostado en el sofá, con los parpados cerrados y los cuchillos cerca, como si incluso en su descanso se negara a dejar de ser lo que era. Yo me encargaba de todo lo demás. Preparaba cosas sencillas para comer, organizaba la enorme biblioteca que parecía llevar siglos sin tocarse, incluso descubrí cómo encender la música de esa casa extraña que parecía no estar en ningún lugar. La primera vez que lo escuché tararear, creí que lo había imaginado. —¿Estás… cantando? —le pregunté desde la cocina. —Estás delirando —respondió él, sin dejar de leer. Pero sonrió. Apenas, pero lo vi. De alguna forma la convivencia dejó de sentirse, no se... impuesta. Días atrás pare
Volver a la casa se sintió diferente esta vez. Bastian se apoyaba en mí con más peso del que reconocería. Su túnica se resbaló dejando uno de sus hombros al descubierto y yo traté de acomodarsela como pude. Sus cuchillos apenas colgaban de su cinturón. Respiraba lento, pero cada vez que lo miraba de reojo, sus labios seguían tensos… como si se negara a aceptar que estaba sintiendo dolor. —¿Te lastimó mucho? —pregunté mientras lo ayudaba a sentarse en el sofá. —No lo suficiente... no voy a morir—dijo, intentando sonreír. No le salió. —¿Y lo suficiente como para que tengas que quedarte quieto al menos unas horas? No contestó. —Eso pensé. Fui por una toalla húmeda, me senté a su lado y sin pedir permiso, comencé a limpiarle la sangre seca que tenía en el cuello. Él ni siquiera protestó. Me resultaba extraña su falta de resistencia. Era la primera vez que me permitiera estar cerca de él. —¿Sabes qué fue lo peor? —dije sin mirarlo—Pensé que no vendrías, no me salían las
LEGNA. Cuando creí que Bastian lo tenía, una onda oscura lo golpeó de lleno en el pecho. Salió disparado contra una pared del callejón, golpeando con un estruendo seco. La túnica se rasgó en el torso y él cayó de rodillas. —¡NO! —grité, logrando por fin ponerme de pie. El Lóbrego se abalanzó sobre él. Pero antes de que pudiera tocarlo, Bastian se impulsó de nuevo hacia arriba, clavando ambas cuchillas en el pecho del espectro, con una fuerza que me hizo contener la respiración. Una luz amarillenta e intensa, surgió del centro del espectro. El Lóbrego chilló, se retorció… y finalmente se desintegró en una nube de humo oscuro. Se hizo un silencio, solo se podía escuchar mi respiración pesada y mi corazón golpeando contra mis costillas con una fuerza descomunal. Corri hacía él lo más rápido que pude. —¿Estás bien? Bastian cayó de rodillas, apoyándose en una de sus cuchillas como si fuera un bastón. El otro cuchillo se le cayó de la mano. Su capucha ya no cubría su ros