LOGINLEGNA.
La mañana llegó como si nada hubiera pasado. Como si el universo no hubiese intentado tragarse mi alma la noche anterior. Como si la persona con la que comparto techo no hubiese considerado borrarme de mi propia historia. Cuando abrí los ojos, una luz tenue se colaba entre las cortinas como siempre. Pero nada dentro de mí estaba en orden. Sentí que ya no vivía en un hogar seguro, sino en una sala de espera entre la vida y algo mucho más aterrador que la muerte. Bastian se encontraba en la cocina. —El desayuno está servido —dijo con su tono neutro. —Gracias —contesté sin moverme. Me entrene mentalmente para parecer menos tensa, incluso pensé en esforzarme para sonreír. No funcionó. Ni siquiera mis ojos sabían mentir. Cuando me acerque a la cocina, él ya estaba sentado, hojeando una libreta vieja que parecía más una reliquia que un cuaderno. Su café humeaba, pero no lo bebía. Yo tomé una tostada y me senté frente a él, en silencio. No me miró. O quizá lo hizo, pero no lo sentí. Ese fue el primer signo: nuestra conexión se había roto. —¿Dormiste bien? —preguntó, sin levantar la vista. —Sí —mentí. Asintió como si no creyera una palabra. Yo tampoco me la creí. El día transcurrió así: lleno de frases breves, silencios más largos, y miradas que evitaban encontrarse. Bastian desapareció al mediodía, como siempre, “a trabajar”. No dijo a dónde iba. No me ofreció acompañarlo ni me pidió que lo esperara. Supuse que ambos sabíamos que la confianza ya no estaba donde solía. ... Volver a la tienda fue como regresar a un lugar que me conocía mejor que yo misma. Los estantes no me juzgaban. La caja registradora no me mentía. La rutina me abrazó con un calor seco pero honesto. Sin embargo, nada podía calmarme del todo. Tenía los pensamientos hechos un nudo. Cada palabra de Elysia, cada silencio de Bastian, cada mirada evasiva de esa mañana. Todo daba vueltas dentro de mí. Me estaba convirtiendo en un problema. En un error. En una grieta que había que sellar. Atendí a una señora mayor que me preguntó si era nueva. Le dije que no. Que solo me veía distinta porque ya no usaba delineador y que antes solía recogerme el cabello. Me dio una sonrisa cálida, como si no notara el temblor en mi voz. Cuando volvió la calma y no había más clientes, apoyé las manos sobre el mostrador y cerré los ojos. Entonces, lo supe. No podía seguir viviendo así. No podía dormir con miedo a que alguien decidiera que debía morir "por mi bien". No podía vivir al lado de alguien que podía desaparecerme con una frase bonita y una mano extendida. Lo más triste es que no me odiaba por pensarlo. Ni siquiera me dolía tanto lo que habían dicho. Lo que dolía era que Bastian no lo hubiera negado de inmediato. Estaba dispuesto a considerarlo y eso… fue suficiente. Tomé mi teléfono, lo apagué. Me quité el brazalete que él me había dado “para protección”. Lo escondí en la caja de sugerencias. Me quité también la chaqueta y salí por la puerta trasera. La ciudad olía a humo y a cambio. El cielo se nublaba. Y por primera vez en días, yo me sentía libre. Libre y aterrada. Caminé sin rumbo fijo, con el corazón latiendo como un tambor de guerra. No sabía dónde iba, ni cómo ocultarme de alguien que puede leer el alma de los muertos. Solo sabía que necesitaba esconderme, antes de que decidieran que mi historia debía terminar. Aunque esconderme parecía pan comido en comparación al esfuerzo descomunal que debía hacer para no pronunciar su nombre, porque vaya que no sale de mi cabeza.Cuando regresamos, Legna se sentó en el sofá y se quedó mirando al vacío. Ya no lloraba. No sé si eso era bueno o malo. Creo que lo segundo. Me quedé de pie frente a ella sin saber qué hacer. Ignorando el hecho de que mi teléfono no paraba de vibrar con nuevos mensajes. Una parte de mí quería gritarle "te dije que no debías venir conmigo, testaruda", y la otra solo quería hacerle compañía. Había aceptado llevarla conmigo porque solo quería quitarmela de encima. Ahora me arrepiento. Me senté a su lado. —Legna... No respondió. —Lo lamento. Ella giró lentamente la cabeza hacia mí. —¿Por qué? —Por permitir que vieras eso. No fué mi intención... Bajó la mirada. —Yo te lo pedí, te pedí que me llevaras. —Aun así. Guardó silencio. Me quedé observándola, continuaba con la mirada perdida. No me había percatado de la presión que sentía en el pecho. Cómo una especie de tristeza, aunque eso era imposible. Llevo cuatro siglos sin saber lo que es tener esa clase de e
Aparecimos en un lugar que Legna no conocía. Una calle estrecha, oscura y silenciosa. La noche estaba particularmente fría. El viento atravesaba las calles casi desiertas y era tan fuerte que hacía temblar los árboles. Ella se abrazó a sí misma. —Hace frío. Caminé unos pasos y el teléfono vibró en mi bolsillo. Lo saqué. La pantalla mostró un nuevo mensaje. SIN NOMBRE — RECIÉN NACIDO — HIPOTERMIA Me quedé inmóvil. Legna se acercó con curiosidad. —¿Qué sucede? Guardé el teléfono. —Nada. —Bastian. —Quédate aquí. No me sigas. —¿Por qué? —Porque sí. Ella intentó seguirme. —Te dije que te quedaras. —Pero... —Legna. Lo prometiste. Mi tono fue suficiente para detenerla. Caminé hasta el final de la calle y lo único que vi fue una pequeña caja de cartón que se encontraba junto a un contenedor. No había nadie más alrededor, solo el viento. Me acerqué lentamente. Y allí se encontraba, un cuerpo diminuto envuelto en una manta de color azul cielo,
BASTIAN —Ya entiendo a que sé refería Uno cuando mencionó que no quería que tuvieses el mismo destino que tuvo Seis.—Comenta Legna alterada—¿Y si nos descubren?. No quiero que temines exiliado por mi causa. No podría con la culpa. —Eso no sucederá, yo no soy Seis. Y tú... bueno, eres... diferente. Levantó lentamente la mirada hacia mí. —¿Diferente? —Solo... confia en mí. —¿Y ya haz hallado alguna solución?, o quizas una pista de lo que debemos hacer. —Por los momenton no—fui sincero. —"Perfecto", "estamos avanzando." Odio su sarcasmo. —Hago lo que puedo con el poco conocimiento que manejo del tema. Y te recuerdo que mi trabajo es algo que no puedo dejar para despues. —¿Y que otra cosa tienen prohibido hacer ustedes los guardianes? Ahí vamos otra vez con un nuevo interrogatorio. Decidi ir al grano. Descubrí que no cierra la boca hasta que no le contesto todas sus preguntas. Todo sea por mi paz mental. —No debemos intervenir en el equilibrio del universo,
Los días en la casa espiritual comenzaron a cambiar, o tal vez los que cambiamos fuimos nosotros. No habían discusiones matutinas, solo unos cuantos gestos, de vez en cuando unas sonrisas y por suerte silencios menos pesados. Bastian se había recuperado por completo. A veces al volver de su trabajo, lo encontraba recostado en el sofá, con los parpados cerrados y los cuchillos cerca, como si incluso en su descanso se negara a dejar de ser lo que era. Yo me encargaba de todo lo demás. Preparaba cosas sencillas para comer, organizaba la enorme biblioteca que parecía llevar siglos sin tocarse, incluso descubrí cómo encender la música de esa casa extraña que parecía no estar en ningún lugar. La primera vez que lo escuché tararear, creí que lo había imaginado. —¿Estás… cantando? —le pregunté desde la cocina. —Estás delirando —respondió él, sin dejar de leer. Pero sonrió. Apenas, pero lo vi. De alguna forma la convivencia dejó de sentirse, no se... impuesta. Días atrás pare
Volver a la casa se sintió diferente esta vez. Bastian se apoyaba en mí con más peso del que reconocería. Su túnica se resbaló dejando uno de sus hombros al descubierto y yo traté de acomodarsela como pude. Sus cuchillos apenas colgaban de su cinturón. Respiraba lento, pero cada vez que lo miraba de reojo, sus labios seguían tensos… como si se negara a aceptar que estaba sintiendo dolor. —¿Te lastimó mucho? —pregunté mientras lo ayudaba a sentarse en el sofá. —No lo suficiente... no voy a morir—dijo, intentando sonreír. No le salió. —¿Y lo suficiente como para que tengas que quedarte quieto al menos unas horas? No contestó. —Eso pensé. Fui por una toalla húmeda, me senté a su lado y sin pedir permiso, comencé a limpiarle la sangre seca que tenía en el cuello. Él ni siquiera protestó. Me resultaba extraña su falta de resistencia. Era la primera vez que me permitiera estar cerca de él. —¿Sabes qué fue lo peor? —dije sin mirarlo—Pensé que no vendrías, no me salían las
LEGNA. Cuando creí que Bastian lo tenía, una onda oscura lo golpeó de lleno en el pecho. Salió disparado contra una pared del callejón, golpeando con un estruendo seco. La túnica se rasgó en el torso y él cayó de rodillas. —¡NO! —grité, logrando por fin ponerme de pie. El Lóbrego se abalanzó sobre él. Pero antes de que pudiera tocarlo, Bastian se impulsó de nuevo hacia arriba, clavando ambas cuchillas en el pecho del espectro, con una fuerza que me hizo contener la respiración. Una luz amarillenta e intensa, surgió del centro del espectro. El Lóbrego chilló, se retorció… y finalmente se desintegró en una nube de humo oscuro. Se hizo un silencio, solo se podía escuchar mi respiración pesada y mi corazón golpeando contra mis costillas con una fuerza descomunal. Corri hacía él lo más rápido que pude. —¿Estás bien? Bastian cayó de rodillas, apoyándose en una de sus cuchillas como si fuera un bastón. El otro cuchillo se le cayó de la mano. Su capucha ya no cubría su ros