LOGIN—¿Uno?
—Si, uno, nos identificamos con números. Lo miré con curiosidad, y al comprenderlo, abrí la boca con expresión de sorpresa—¡No puede ser!, ¿hay más como tú?, ¿Cuántos son?, Cuéntamelo todo... Intenté levantarme y me colocó un dedo en la frente, para detenerme. —No te emociones demasiado, no importa cuantos somos, solo conocerás a uno. —Entonces ¿Qué número eres tú? —Soy dos, y es importante que de ahora en adelante me llames así, nunca, escúchame bien—Me señala con un dedo entre ceja y ceja—¡Nunca! Vuelvas a pronunciar mi nombre, ¿Entendido? —Ashhh… está bien, señor “Dos” —Me comporto algo chocante porque no veo indicios de que su trato hacia mi vaya a mejorar—Y… ¿podré conocer a tres? —Si, eso no sucederá jamás. —Entonces, mejor a cuatro. —Solo si no quieres vivir para contarlo. —¿Por qué lo dices?, ya me dio curiosidad. —Basta de preguntas... Dije no, y punto. —Ayyy—me cruzo de brazos—¿Sabes lo irritante que eres? —Miren quién lo dice—eleva una ceja—mejor haz silencio y déjame pensar—comienza a caminar de un lado a otro—Le diremos que todo fue un accidente, no quise salvarte a propósito, todo fue un error, ¿Entendido? —Umju'. —No, no, no, un simple "umju" no es suficiente, no estás comprendiendo la seriedad del asunto. —Si, ¡ya lo entendí! No querías salvarme, ahora te arrepientes y quieres arreglarlo, punto. ¿Feliz? —Algo así—tuerce los labios—debes parecer más convincente. —Bueno, hazlo, llama al tal uno de una vez para que todo esto termine. Bastián cierra los párpados, y dice con voz suave y calmada el nombre "Elysia", y en una fracción de segundo, la figura de una mujer apareció frente a él. Creí que seria un él, y no una “ella”. —¡Bastian! —Exclama con emoción cuando lo ve. Camina y lo abraza, mientras yo observo la escena con ojos muy abiertos. Debo admitir que me sentí impresionada, quizás maravillada con el aspecto de mi la tal Elysia, y no es para menos... NARRADOR. Uno, es un ángel de la muerte que viste una túnica blanca que parece estar iluminada desde adentro. Su túnica fluye suavemente alrededor de ella, como si estuviera hecha de luz y niebla. Su figura etérea y su presencia tranquila infunden un sentimiento de paz a su alrededor, quizás por esa razón Legna no puede apartar la mirada, se siento hipnotizada. Su cabello plateado cae en suaves ondas sobre sus hombros, es como ver el reflejo de la luz de la luna. Sus ojos marrones, cálidos y compasivos, expresan su deseo genuino de aliviar el sufrimiento de las almas. LEGNA. —Hace cuanto que no nos veíamos, ¿Cincuenta?, ¿sesenta años quizás?. Veo que estabas ocupado—Gira su delicado rostro para verme—¿Te llevarás el alma de esta chica?, que lastima, se ve que es bastante joven y muy hermosa—. Da un paso hacía mí y por poco une su entrecejo—Es curioso, parece que me estuviese observando. —De hecho, si te está viendo—asegura Bastian, y Elysia ríe entre dientes. —Eso es imposible, traigo puesta mi túnica. —Eres muy hermosa. Comenté mirándola directo a los ojos, y la platinada joven da un pequeño salto atrás. —¡Por el creador!, Si puede verme, ¿Cómo es esto posible? —Esperaba que tu pudieses ayudarme con eso... —Admite él. —¿Cómo fue que llegaron a esto?, ¿Qué sucedió? —Yo debía morir, pero él me salvó porque se sintió atraído por mí—Hablé tan rápido que a Bastián solo le dio tiempo de darme una mirada severa por lo que acababa de soltar, desde luego lo hice para hacerlo enojar. —¿Fue por amor?—Elysia se muestra maravillada—que emoción, esto me fascina... —No—la interrumpe—Nada de amor, fue un error, y uno muy grande, ahora debo arreglarlo y solo tú puedes ayudarme. Se te conoce como la dadora de milagros, evitas las muertes presurosas, ¿alguna vez te sucedió algo así? —No cariño, lamento decirte que estás equivocado—Elysia se aleja y mientras habla, observa una fotografía mía, donde aparezco con mi abuelo hace unos años atrás—Yo no evitó las muertes directamente, tal como lo has hecho tu. —¿Y como demonios es que lo haces? —Inquiere el chico, algo irritado. —Muy simple. Lo hago través del efecto mariposa, ¿Si saben de qué hablo, o no? —Por supuesto—Contesté primero—Es un acontecimiento que desarrolla otro, y otro, y así sucesivamente. —¡Bingo!, Es una humana inteligente. —Eso lo sabe hasta un niño pequeño—pone los ojos en blanco—. Como sea, el punto aquí es que ahora no sé qué hacer con ella. —Si te soy sincera, está un poco complicado el asunto… —Lo que me faltaba—se queja, mirando la pantalla de su teléfono—. Tengo trabajo, ¿te la puedo encargar unos minutos? —Claro—Le respondo con entusiasmo. —Se lo estoy pidiendo a ella—señala a la chica, como si yo necesitara una niñera—Tu intenta no meterte en problemas mientras regreso—. Ahora me señala a mi. Segundos después, desaparece...Cuando regresamos, Legna se sentó en el sofá y se quedó mirando al vacío. Ya no lloraba. No sé si eso era bueno o malo. Creo que lo segundo. Me quedé de pie frente a ella sin saber qué hacer. Ignorando el hecho de que mi teléfono no paraba de vibrar con nuevos mensajes. Una parte de mí quería gritarle "te dije que no debías venir conmigo, testaruda", y la otra solo quería hacerle compañía. Había aceptado llevarla conmigo porque solo quería quitarmela de encima. Ahora me arrepiento. Me senté a su lado. —Legna... No respondió. —Lo lamento. Ella giró lentamente la cabeza hacia mí. —¿Por qué? —Por permitir que vieras eso. No fué mi intención... Bajó la mirada. —Yo te lo pedí, te pedí que me llevaras. —Aun así. Guardó silencio. Me quedé observándola, continuaba con la mirada perdida. No me había percatado de la presión que sentía en el pecho. Cómo una especie de tristeza, aunque eso era imposible. Llevo cuatro siglos sin saber lo que es tener esa clase de e
Aparecimos en un lugar que Legna no conocía. Una calle estrecha, oscura y silenciosa. La noche estaba particularmente fría. El viento atravesaba las calles casi desiertas y era tan fuerte que hacía temblar los árboles. Ella se abrazó a sí misma. —Hace frío. Caminé unos pasos y el teléfono vibró en mi bolsillo. Lo saqué. La pantalla mostró un nuevo mensaje. SIN NOMBRE — RECIÉN NACIDO — HIPOTERMIA Me quedé inmóvil. Legna se acercó con curiosidad. —¿Qué sucede? Guardé el teléfono. —Nada. —Bastian. —Quédate aquí. No me sigas. —¿Por qué? —Porque sí. Ella intentó seguirme. —Te dije que te quedaras. —Pero... —Legna. Lo prometiste. Mi tono fue suficiente para detenerla. Caminé hasta el final de la calle y lo único que vi fue una pequeña caja de cartón que se encontraba junto a un contenedor. No había nadie más alrededor, solo el viento. Me acerqué lentamente. Y allí se encontraba, un cuerpo diminuto envuelto en una manta de color azul cielo,
BASTIAN —Ya entiendo a que sé refería Uno cuando mencionó que no quería que tuvieses el mismo destino que tuvo Seis.—Comenta Legna alterada—¿Y si nos descubren?. No quiero que temines exiliado por mi causa. No podría con la culpa. —Eso no sucederá, yo no soy Seis. Y tú... bueno, eres... diferente. Levantó lentamente la mirada hacia mí. —¿Diferente? —Solo... confia en mí. —¿Y ya haz hallado alguna solución?, o quizas una pista de lo que debemos hacer. —Por los momenton no—fui sincero. —"Perfecto", "estamos avanzando." Odio su sarcasmo. —Hago lo que puedo con el poco conocimiento que manejo del tema. Y te recuerdo que mi trabajo es algo que no puedo dejar para despues. —¿Y que otra cosa tienen prohibido hacer ustedes los guardianes? Ahí vamos otra vez con un nuevo interrogatorio. Decidi ir al grano. Descubrí que no cierra la boca hasta que no le contesto todas sus preguntas. Todo sea por mi paz mental. —No debemos intervenir en el equilibrio del universo,
Los días en la casa espiritual comenzaron a cambiar, o tal vez los que cambiamos fuimos nosotros. No habían discusiones matutinas, solo unos cuantos gestos, de vez en cuando unas sonrisas y por suerte silencios menos pesados. Bastian se había recuperado por completo. A veces al volver de su trabajo, lo encontraba recostado en el sofá, con los parpados cerrados y los cuchillos cerca, como si incluso en su descanso se negara a dejar de ser lo que era. Yo me encargaba de todo lo demás. Preparaba cosas sencillas para comer, organizaba la enorme biblioteca que parecía llevar siglos sin tocarse, incluso descubrí cómo encender la música de esa casa extraña que parecía no estar en ningún lugar. La primera vez que lo escuché tararear, creí que lo había imaginado. —¿Estás… cantando? —le pregunté desde la cocina. —Estás delirando —respondió él, sin dejar de leer. Pero sonrió. Apenas, pero lo vi. De alguna forma la convivencia dejó de sentirse, no se... impuesta. Días atrás pare
Volver a la casa se sintió diferente esta vez. Bastian se apoyaba en mí con más peso del que reconocería. Su túnica se resbaló dejando uno de sus hombros al descubierto y yo traté de acomodarsela como pude. Sus cuchillos apenas colgaban de su cinturón. Respiraba lento, pero cada vez que lo miraba de reojo, sus labios seguían tensos… como si se negara a aceptar que estaba sintiendo dolor. —¿Te lastimó mucho? —pregunté mientras lo ayudaba a sentarse en el sofá. —No lo suficiente... no voy a morir—dijo, intentando sonreír. No le salió. —¿Y lo suficiente como para que tengas que quedarte quieto al menos unas horas? No contestó. —Eso pensé. Fui por una toalla húmeda, me senté a su lado y sin pedir permiso, comencé a limpiarle la sangre seca que tenía en el cuello. Él ni siquiera protestó. Me resultaba extraña su falta de resistencia. Era la primera vez que me permitiera estar cerca de él. —¿Sabes qué fue lo peor? —dije sin mirarlo—Pensé que no vendrías, no me salían las
LEGNA. Cuando creí que Bastian lo tenía, una onda oscura lo golpeó de lleno en el pecho. Salió disparado contra una pared del callejón, golpeando con un estruendo seco. La túnica se rasgó en el torso y él cayó de rodillas. —¡NO! —grité, logrando por fin ponerme de pie. El Lóbrego se abalanzó sobre él. Pero antes de que pudiera tocarlo, Bastian se impulsó de nuevo hacia arriba, clavando ambas cuchillas en el pecho del espectro, con una fuerza que me hizo contener la respiración. Una luz amarillenta e intensa, surgió del centro del espectro. El Lóbrego chilló, se retorció… y finalmente se desintegró en una nube de humo oscuro. Se hizo un silencio, solo se podía escuchar mi respiración pesada y mi corazón golpeando contra mis costillas con una fuerza descomunal. Corri hacía él lo más rápido que pude. —¿Estás bien? Bastian cayó de rodillas, apoyándose en una de sus cuchillas como si fuera un bastón. El otro cuchillo se le cayó de la mano. Su capucha ya no cubría su ros