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Sangre y Seda
Sangre y Seda
Author: Nahue

Capítulo 1: El Filo del Azabache

Author: Nahue
last update publish date: 2026-05-12 22:14:41

El aire de Tokio en noviembre tenía una cualidad metálica, un frío que se filtraba por las costuras de la gabardina de lino que Beatriz había insistido en usar. Para ella, el diseño siempre primaba sobre la comodidad, pero tras doce horas de vuelo desde Río de Janeiro, la rigidez de su propio estilo empezaba a pasarle factura.

Se detuvo frente al icónico arco rojo de Kabukicho. Las luces de neón, vibrantes y frenéticas, rebotaban en sus ojos oscuros, creando un caleidoscopio de azules eléctricos y rosas incandescentes. A su lado, el estruendo de los salones de pachinko formaba una banda sonora caótica que contrastaba con el cuaderno de bocetos que apretaba contra su pecho.

—Bienvenida al vientre de la bestia, Bia —susurró para sí misma, ajustándose el rizo de una melena que parecía cobrar vida propia con la humedad japonesa.

Beatriz no estaba allí como turista. Había sido convocada por el conglomerado Ishida & Co. para una colaboración que prometía fusionar la exuberancia del color brasileño con la precisión arquitectónica de la seda japonesa. Era la oportunidad de su vida, o al menos eso decía su agente antes de colgar el teléfono con una advertencia: "En Tokio, las sombras son más largas de lo que parecen".

El destino de esa noche no era una oficina, sino el Gilded Dragon, un casino de lujo que operaba en la frontera legal de la sofisticación. Al cruzar el umbral, el caos de la calle fue reemplazado por un silencio espeso, roto solo por el murmullo de las fichas de cerámica y el aroma a sándalo y tabaco caro.

Fue entonces cuando lo vio.

En el centro del salón, rodeado de una arquitectura que mezclaba el minimalismo zen con la opulencia moderna, estaba él. No necesitaba presentación; su presencia dictaba las reglas del espacio. Vestía un traje gris marengo, cortado con una precisión quirúrgica que acentuaba sus hombros anchos y su postura de depredador en reposo.

Kenji Ishida.

Cuando él giró la cabeza, Beatriz sintió un vuelco físico en el estómago. No fue solo la belleza fría de sus facciones, sino la cicatriz que descendía desde su pómulo izquierdo hasta perderse bajo el cuello de la camisa. Una marca de violencia en un hombre que parecía la definición misma del orden.

Sus miradas se cruzaron. Kenji no apartó la vista; la estudió con una intensidad que hizo que Beatriz se sintiera como un lienzo en blanco. Él caminó hacia ella, sus pasos silenciosos sobre la alfombra de seda.

—Señorita Oliveira —dijo él. Su voz era un barítono profundo, con un japonés perfecto que arrastraba las vocales de una forma casi magnética—. Es más joven de lo que sus diseños sugieren. En sus bocetos hay una furia que no concuerda con su apariencia.

Beatriz se irguió, recuperando su compostura de mujer que ha sobrevivido a las favelas y a las pasarelas de Milán.

—El color no es furia, señor Ishida. Es vida. Y a veces, para vivir, hay que hacer ruido.

Kenji esbozó una sonrisa mínima, casi imperceptible, que no llegó a sus ojos.

—Aquí preferimos el silencio. El ruido atrae a los fantasmas que intentamos enterrar.

Él hizo un gesto hacia una mesa privada al fondo, protegida por paneles de madera tallada con motivos de dragones. Mientras caminaban, Beatriz notó el tatuaje que asomaba por la muñeca de Kenji: una cabeza de dragón en tinta negra y gris que envolvía su piel como una armadura. No era un tatuaje estético; era un sello de identidad.

—Me han dicho que quiere limpiar el nombre de su familia —soltó ella, sin filtros. La audacia brasileña siempre ganaba a la etiqueta japonesa en momentos de tensión—. ¿Por qué contratar a una diseñadora de modas para un imperio de casinos?

Kenji se detuvo y se inclinó hacia ella. El calor que desprendía su cuerpo era una contradicción con su mirada de hielo.

—Porque la seda oculta la sangre mejor que cualquier otra tela, Beatriz. Mi familia tiene un pasado que huele a pólvora y deudas de honor. Quiero que este casino, y la marca que crearemos juntos, sean el frente de algo nuevo. Algo puro.

—¿Y yo soy la purificación? —preguntó ella con una pizca de ironía.

—Usted es la distracción —corrigió él, rozando accidentalmente el brazo de Beatriz al señalarle el asiento.

El contacto eléctrico fue instantáneo. Beatriz miró su cuaderno de bocetos, donde minutos antes había dibujado trazos abstractos. Ahora, bajo la luz del casino, se dio cuenta de que sus manos habían dibujado, sin querer, el patrón de una cicatriz.

En ese momento, las puertas del casino se abrieron de golpe. Un grupo de hombres con trajes oscuros y expresiones sombrías entró, rompiendo la burbuja de lujo. La atmósfera cambió en un segundo; el aire se volvió denso, cargado de una amenaza latente.

Kenji no se inmutó, pero su mano se cerró con fuerza sobre el borde de la mesa, haciendo que sus nudillos se volvieran blancos.

—Parece que el pasado no tiene ganas de ser enterrado esta noche —murmuró Kenji, colocándose instintivamente frente a Beatriz—. Quédese detrás de mí, señorita Oliveira. Si quiere ver el amanecer en Tokio, aprenda a no preguntar por qué las flores aquí tienen espinas de acero.

Beatriz apretó su cuaderno. Había venido a buscar inspiración, pero en los ojos de Kenji Ishida, encontró el inicio de un incendio que ninguna lluvia de Shinjuku podría apagar. El juego de Sangre y Seda acababa de comenzar.

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