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—Pero qué desgraciado...Sofía apenas podía dar crédito a lo que leía en la pantalla. Sabía que Alexander era untiburón implacable en el mundo de los negocios, pero no imaginó que caería tan bajo.—¿Tan desesperado estás por mi tecnología, o esto es solo una venganza personal?—susurró para sí misma, apretando el celular con tanta fuerza que sus nudillos se tornaronblancos.—Sofía, ¿estás bien? ¿Por qué tienes esa cara?Luciano se acercaba por el pasillo del hospital sosteniendo dos tazas de café. Las ojerasdelataban que, al igual que ella, no había dormido en toda la noche.—¿Le pasó algo a papá? —preguntó Luciano, con la voz cargada de ansiedad—. Losmédicos dijeron que ya estaba estable, no debería...—Ricardo está bien, Luciano, no te preocupes —lo interrumpió ella rápidamente, guardandoel teléfono—. Solo recibí un mensaje inesperado.—¿De Alexander?Sofía parpadeó, sorprendida.—¿Cómo lo sabes?—Es el único hombre sobre la tierra capaz de alterarte de esa mane
Capítulo 8 — Obsesión sin treguaAlexander no regresó a su mansión. Condujo de vuelta al edificio corporativo de SterlingCompany en mitad de la madrugada, devorándose los semáforos en rojo. Su cabeza era uncaos.Subió por el ascensor privado directo a su despacho del último piso. Al encender las luces,el gran ventanal le devolvió el reflejo de un hombre con la mandíbula tensa, los ojos fijos enel vacío y los puños tan apretados que le dolían las articulaciones. Lanzó su saco sobre unode los sillones de cuero y comenzó a caminar en círculos.La imagen seguía ahí, quemándole los párpados. Sofía con otro hombre. Y ese niño. Eseniño que tenía los mismos rasgos refinados y los ojos verdes de Luciano, la prueba vivientede su traición.La puerta de su oficina se abrió de golpe, interrumpiendo su tormento. Nicolás entró aldespacho con la respiración agitada, sosteniendo su computadora portátil bajo el brazo.—Te dije que fueras con cuidado, Alexander —reclamó Nicolás, cerrando la puer
Esa es exactamente la pregunta que yo me hago sobre ti. No creo que sean horas devisitar ,Sterling.Luciano se cruzó de brazos, sin moverse del marco de la puerta.—No estoy de humor para juegos —advirtió con voz fría.—Yo tampoco.Ninguno de los dos se movió. Alexander miró por encima del hombro de Luciano, hacia elinterior del apartamento.Si el estúpido de Nicolás se equivocó, lo voy a matar, pensó para sí mismo, recordando ladirección que su amigo le había dado antes. Pero lo que realmente deseo con todas misfuerzas... es que se haya equivocado.La duda no le duró mucho cuando escuchó una voz que anhelaba oír hacía mucho tiempo,la misma que solía despertarlo en las mañanas más felices de su vida.—¿Quién es? —preguntó Sofía, apareciendo detrás de Luciano en una bata de sedapegada a su cuerpo.Se detuvo en seco al ver a Alexander en la puerta.—Alexander, ¿qué haces aquí tan tarde? ¿Cómo es que diste con mi casa?Él señaló a Luciano con la cabeza, con una mueca de evidente de
Sofía no apartó la vista de Alexander. Sostuvo la mano de Giorgio con más fuerza, sintiendoel sudor frío en las palmas.—No voy a hablar de esto aquí —su voz sonó más firme de lo que esperaba.Alexander dio un paso hacia adelante, acortando la distancia entre ambos.—Entonces dime dónde y cuándo, Sofía, porque no pienso dejar las cosas así —replicó él,bajando el tono, aunque la exigencia seguía intacta—. Desapareces por seis años y ahorapretendes que actúe como si no pasara nada.En ese instante, el teléfono en el bolsillo del saco de Alexander comenzó a vibrar. Lo ignoróla primera vez, pero volvió a sonar casi de inmediato. Soltó una maldición entre dientes ymiró la pantalla con fastidio.Mamá.—Ahora no, madre —murmuró, desviando la llamada.El teléfono volvió a vibrar.—¿No vas a contestar? —preguntó Sofía, cruzándose de brazos mientras buscaba con lamirada una salida.—No. Esto es más importante —respondió él, guardando el aparato.Pero Victoria no parecía dispuesta a rendir
Alexander observó al pequeño, atrapado entre el desconcierto y una repentina curiosidad.La seguridad con la que le reclamaba por su falta de atención no era algo común.—¿Y tú siempre le hablas así a los desconocidos, enano? —preguntó, cruzándose debrazos, divertido por la osadía.—Solo cuando se lo merecen —respondió Giorgio, acomodándose los tirantes de lamochila—. Y no me digas enano. Mi nombre es Giorgio.Una ligera e inexplicable punzada le recorrió el pecho al escuchar el nombre, pero ladescartó de inmediato. El mundo estaba lleno de niños llamados así.—De acuerdo, señor Giorgio. Yo soy Alexander —replicó, permitiéndose una leve sonrisaque suavizó sus facciones habitualmente rígidas—. ¿Y se puede saber por qué caminassolo por aquí? ¿Estás perdido?—No estoy perdido. Sé exactamente lo que tengo que hacer —contestó con firmeza,inflando el pecho—. Mi mamá me enseñó el protocolo de seguridad. Me dijo que si nosseparábamos, debía buscar una posición fija, mantener la calma y
Sofía contempló la imponente estructura de cristal de la corporación Bianchi que selevantaba hacia el cielo. El aire de la ciudad era el mismo y las calles seguían llenas delmovimiento frenético de siempre. Para ella, sin embargo, regresar significaba pisar elterritorio que le había destrozado la infancia y la juventud.—¿Segura de querer hacer esto hoy mismo, Sofía? —preguntó Luciano a su lado,ajustándose los espejuelos con gesto preocupado.—No vine a perder el tiempo, Luciano. Mia y Giorgio ya están instalados en el apartamentodel centro,nada mas termine lo que vine hacer me marcho ,esta ciudad me trae muy malosrecuerdos.—Lo sé. Y te agradezco más de lo que puedo decir.— Ahora me toca a mí poner las cartas sobre la mesa antes de que tío Franco destruya lopoco que queda de esta familia.Sofía avanzó hacia el vestíbulo con paso firme.Cuando entró en la sala de reuniones del último piso, las conversaciones se cortaron degolpe. Varios accionistas ya la esperaban alrededor de







