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Tu Amante Te Costó Nuestra Hija
Tu Amante Te Costó Nuestra Hija
Author: Mariposa Peralta

Capítulo 1

Author: Mariposa Peralta
Antonio se quedó inmóvil. El pánico le cruzó el rostro.

—Lorena, escúchame…

—¿También hay que lavar esta ropa? —lo interrumpí, señalando las prendas amontonadas en el sofá.

Se puso pálido y se apresuró a tomarme de la mano.

—No te pongas así. Déjame explicarte.

—¿Así cómo? ¿No te parece bien que los deje tranquilos? —Lo miré con una leve sonrisa.

Negó con la cabeza y preguntó con cautela:

—¿No estás enojada?

Sabía por qué le sorprendía tanto. Seis meses antes, cuando lo descubrí con Simona, había perdido el control. Imprimí más de mil fotos de ellos en la cama y las pegué en la entrada de su despacho. Cuando me pidió el divorcio, lo apuñalé tres veces y subí a la azotea.

Aquel día, mis papás y Rosario Zárate, mi mejor amiga, llevaron a Antonio hasta mí, cubierto de sangre, y lo obligaron a arrodillarse con mis resultados médicos en la mano.

—¡Lorena, estás embarazada! ¡Perdóname esta vez, aunque sea por nuestro bebé!

En ese entonces, todos me creían loca. Ahora me limité a soltarme de su mano, separándole los dedos uno a uno.

—No tiene sentido enojarme.

De pronto, el bebé que Antonio llevaba en brazos empezó a moverse inquieto y soltó un llanto agudo que me puso los nervios de punta.

Rosario, que apenas el día anterior abrazaba mi vientre con tanto cariño, se abalanzó sobre mí y me apartó de un empujón.

—Si tienen algo que hablar, salgan. ¡Deja de comportarte como una loca! ¡Vas a asustar al bebé! Simona ni siquiera quiso una habitación privada para no hacerte sentir mal. ¿Tienes idea de todo lo que está soportando?

Mis papás, que se habían llenado de canas de tanto preocuparse por mí, también se interpusieron para proteger a Simona.

—Simona es una buena muchacha. No tiene familia aquí. No podíamos dejarla sola cuando diera a luz.

Con mi vientre abultado, retrocedí ante el acoso de las personas más cercanas a mí hasta chocar contra el marco de la puerta. El dolor me hizo sudar. Necesité unos segundos para recuperarme.

—Eso es asunto de ustedes. A mí no me importa.

Me llevé una mano a la espalda y me dispuse a irme, pero Simona se levantó de la cama, tambaleándose, con los ojos enrojecidos. Me tomó de la mano y se arrodilló frente a mí.

—Lorena, no los culpes. ¡Todo es culpa mía! Mi papá quería obligarme a volver al pueblo y a casarme. Ellos solo querían ayudarme. Por eso me propusieron tener al bebé y fingir que ya estaba casada. Tú me sacaste de aquel lugar y pagaste mis estudios. Nunca he olvidado todo lo que hiciste por mí. ¡Jamás intentaría quitarte a tu esposo!

Lloraba, pero no lograba ocultar del todo la satisfacción en su mirada. Me invadieron las náuseas. Me solté de su mano por reflejo y me apoyé en la pared, con arcadas.

—¡Simona!

—¿Cómo te atreves a empujarla? ¡Acaba de dar a luz!

Rosario, con los ojos encendidos de rabia, me dio una bofetada. El dolor me dejó la cara entumecida.

Me sujeté el vientre como pude. Intenté defenderme, pero mis papás me sacaron a empujones.

—¡Vete a casa! ¡No armes un escándalo aquí!

La puerta se cerró de golpe. Adentro, todos consolaban a Simona con palabras dulces. Yo me quedé afuera.

Un trueno retumbó. Una corriente de aire frío me hizo estremecer. Antonio salió de la habitación con un paraguas.

—Está lloviendo. Te llevo.

No me negué y él soltó un suspiro de alivio.

—El médico dijo que, por su problema de salud, Simona no podría volver a quedar embarazada si abortaba. No fui capaz de pedírselo. Pero te juro que tú eres la única mujer a la que amo. En cuanto le den el alta, los llevaré a ella y al bebé a otra ciudad. Nunca tendrás que volver a verlos.

—No me importa. —Me volví, me quité el anillo del dedo anular y lo arrojé a sus pies—. Dáselo a ella. Cuando nazca mi bebé, nos divorciamos.

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