MasukCAPÍTULO 2
~CHLOE~
Mis ojos se abrieron de par en par al contemplar el edificio. Contrario a lo que había imaginado, aquella escuela era inmensa: un noble tono de púrpura y negro que desprendía un aura inquietante y, al mismo tiempo, irresistiblemente atrayente.
Mi conductor sacó el equipaje, volvió a subir al coche y se alejó a toda velocidad, dejándome sola frente a aquella estructura imponente. Mis ojos recorrieron a los demás estudiantes. Cada uno de ellos poseía una belleza abrumadora, casi etérea.
No eran humanos.
La certeza me golpeó con fuerza: allí solo había lobos.
Tragué saliva con dificultad.
Había un detalle vital que no había olvidado: los humanos no estaban permitidos en la Academia Silvermoon. La pena era la muerte… la peor de las muertes. Había oído historias de cuerpos fríos e inanimados que devolvían al reino humano con notas de advertencia clavadas en ellos.
Mi seguridad vaciló, pero me mantuve firme en el sitio.
Esto es por Madre, me recordé. «Por Madre».
Lo repetí como un mantra y avancé, arrastrando mi pequeña maleta por el oscuro sendero de losas.
En el instante en que me moví, las conversaciones se apagaron. Todas las miradas se clavaron en mí y sentí de inmediato el desdén helado que me devolvían.
Bajé la cabeza y seguí arrastrando el equipaje hacia la entrada principal, buscando un respiro. Antes de lograrlo, un grupo de chicas se interpuso frente a mí. Levanté la vista y me encontré con los ojos azul oscuro de una muchacha de cabello negro y labios rojos que se curvaban en una mueca burlona. Durante un segundo, el trío se quedó allí, midiendo con desprecio mi ropa gastada.
—Debes de ser la omega sin lobo —se burló.
Asentí con rapidez.
Esa era exactamente la mentira que había escrito en mi solicitud: una loba débil que había perdido para siempre a su lobo interior en un trágico accidente. Había inventado una historia lo bastante emotiva como para conmoverlos, pero no tan sospechosa como para parecer una solitaria inestable.
—Parece que te has equivocado de escuela —se mofó—. Puede que seas loba de sangre, pero no hay diferencia entre tú y una humana. Patética, débil y una mancha para nuestra especie.
Sus secuaces se rieron con ella. Intenté rodearlas, pero ella reaccionó al instante. Su mano se lanzó hacia atrás y me empujó con fuerza. Caí de espaldas, golpeándome contra el hormigón; el dolor me atravesó las rodillas con violencia.
La miré desde el suelo mientras ella se burlaba desde arriba.
—Ojalá pudiéramos terminar esto ahora, pero tengo un partido de hockey que ver. Adiós. Nos vemos, monstruo —escupió al suelo y se alejó, seguida de las risas de sus amigas, que desaparecieron tras las grandes puertas dobles.
Ignorando el dolor agudo que me recorría la parte inferior del cuerpo, me levanté y entré.
En cuanto empujé las pesadas puertas, una corriente de aire gélido me golpeó. Temblé, aferrándome con fuerza al asa de la maleta.
No puedo dar marcha atrás. No puedo irme. Puedo soportar esto… Madre lo necesita.
Mis zapatillas chirriaron suavemente contra el suelo de baldosas color crema. Mis ojos recorrieron el enorme vestíbulo. Taquillas flanqueaban ambos lados, una delicada fuente tallada en forma de fénix ocupaba el centro y una imponente escalera de mármol se elevaba hacia los pisos superiores.
Parecía más un castillo extenso que una escuela. Tragué mi ansiedad y empecé a buscar la oficina de administración.
El pasillo estaba extrañamente silencioso, completamente desierto. Solo se oía el leve zumbido del aire, el latido desbocado de mi corazón y cada respiración entrecortada que daba.
Mientras avanzaba por los corredores, un estallido de rugidos me hizo detenerme en seco. Me giré hacia un par de grandes puertas dobles que no estaban del todo cerradas. Empujé una y mi mirada cayó sobre una enorme pista de hielo rodeada de miles de estudiantes que gritaban y vitoreaban.
—¡Silvermoon!
—¡Silvermoon!
—¡Silvermoon!
Los cánticos se hacían más fuertes. Me acerqué de puntillas y mis ojos se posaron en el centro de la pista. Los focos del techo iluminaban a través del hielo a un jugador en particular que se deslizaba con absoluta facilidad. Cada giro, cada planeo, cada corte sobre el hielo era fluido. Se movía como si no existieran defensores a su alrededor, como si fuera el dueño de toda la arena.
Por la forma en que toda la escuela gritaba su nombre, supuse que probablemente lo era.
Justo entonces, lanzó el disco de un extremo a otro de la pista y lo clavó en el fondo de la red.
¡Gol!
La multitud estalló en un caos absoluto.
—¡Asher!
—¡Asher!
—¡Asher!
coreaban al unísono.
—Asher… —susurré, y la palabra se me escapó de los labios sin permiso.
Como si respondiera a un llamado de sirena, levantó la cabeza. Más allá de la inmensa multitud, más allá de la barrera de cristal, sus ojos se clavaron directamente en mí.
Me quedé paralizada.
Ojos gris oscuro que me enviaron un frío helado y penetrante hasta la médula.
Me miraba fijamente, sin apartar la vista ni un segundo.
El pánico me invadió. Me di la vuelta y salí corriendo hacia el pasillo.
El pecho me golpeaba con fuerza contra las costillas mientras me apoyaba en la pared, intentando controlar la respiración desenfrenada.
«Solo es un lobo. No conoce tu secreto. Deja de pensar de más», me repetí como un mantra.
—¿Eres la chica nueva?
Salté ante la voz repentina y mis ojos se dirigieron hacia una amable mujer mayor que me sonreía con calidez.
—¿Estás bien, querida? No quería asustarte.
—Yo… estoy bien.
Sonrió con suavidad.
—Bien. Debes de estar perdida. Te llevaré con el director.
Le hice una leve reverencia y la seguí mientras caminábamos por el silencioso ala este de la escuela, deteniéndonos frente a una gran puerta de madera.
Le di las gracias, golpeé suavemente y empujé la puerta. Mis ojos se posaron en una oficina luminosa de tonos crema. La luz del día que entraba por la ventana me hirió la vista un segundo antes de adaptarme.
Entré y miré al hombre sentado tras un gran escritorio de caoba. Vestía un traje a medida y levantó la vista. Me incliné respetuosamente.
—Buenos días, señor. Soy…
—¿Chloe Harper?
—Yo… sí.
Me dedicó una sonrisa cálida, aunque sus ojos guardaban una mirada compasiva y suave, como si fuera una chica frágil y rota. Supuse que se debía a la historia de fondo de mi solicitud.
—Siéntate, señorita Harper —empezó con amabilidad—. Me alegra mucho que hayas podido llegar. La Academia Silvermoon fue fundada para lobos perdidos o dispersos por el mundo. Nos honra haber podido salvar a otro miembro de nuestra especie, aunque tu lobo ya no esté —suspiró suavemente—. Lamento mucho tu pérdida.
—No es necesario, señor —dije, forzando un tono triste y apagado—. Ocurrió… hace mucho tiempo. Madre, Padre y yo íbamos en coche al lago favorito de mi padre cuando sucedió el accidente. Todavía puedo recordar las últimas palabras de mi madre. Me dijo que era diferente, que debía ocultar a mi lobo… solo para descubrir ese mismo día que lo había perdido.
Unas cuantas lágrimas fingidas rodaron por mis mejillas y el director me ofreció rápidamente un pañuelo.
—No necesitas llorar más, querida. Ya estás aquí y estás a salvo. La Academia Silvermoon te ayudará en todo lo que pueda.
—¿Y la ayuda de la beca, señor? —pregunté en voz baja.
—Se acreditará en tu cuenta dos semanas después de tu llegada.
La esperanza floreció en mi pecho.
Solo dos semanas más.
Sacó una llave de latón del cajón del escritorio.
—Esta es la llave de tu dormitorio. Instálate y me aseguraré de que te den la bienvenida como corresponde.
No me molesté en contarle que ya me habían empujado contra el hormigón como si fuera basura. Tomé la llave, le di las gracias y salí de prisa. La mujer mayor seguía esperando en el pasillo. Le mostré la llave y me orientó amablemente hacia el ala residencial.
Por suerte, los pasillos seguían en silencio; todavía estaban viendo el partido de hockey.
Entré en la habitación que me habían asignado y solté un suspiro de asombro. Era enorme… mucho más grande que el diminuto apartamento que compartía en casa.
—Disfruta de tu estancia, querida —dijo la mujer.
—Gracias, señora. —Me despedí y cerré la puerta tras ella.
Agotada, ni siquiera me molesté en lavarme. Me quité los zapatos y me dejé caer en la gran cama. Un sutil aroma a cedro y lluvia flotaba entre las sábanas mullidas, calmando al instante mis nervios tensos. En cuestión de segundos me sumí en un sueño profundo y sin sueños.
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Mis párpados se abrieron horas más tarde. Me giré, aún envuelta cómodamente bajo las sábanas. El cuerpo se sentía ligero contra el suave colchón.
Aquel lugar era el cielo.
Y nada… nada iba a estropeármelo.
Justo entonces, el nítido clic de la puerta abriéndose resonó en la habitación en silencio.
Me incorporé de un salto, el terror disparándose por mis venas. Con desesperación, mis manos buscaron cualquier cosa que pudiera usar como arma. Los dedos se cerraron en torno a un pesado taburete de madera junto a la cama. Lo levanté, sosteniéndolo en alto, lista para golpear.
Puede que sea una humana entre lobos, pero sé defenderme.
La puerta del baño se abrió de par en par. Antes de que mi cerebro pudiera registrar lo que ocurría, se encendió la luz… y mi mirada cayó sobre una figura semidesnuda que entraba en la habitación.
Un grito agudo y estridente me arrancó de la garganta.
Sobresaltado por mi grito, el chico dio un respingo y la toalla que llevaba floja alrededor de la cintura se deslizó por completo y cayó al suelo.
Mis ojos se posaron en su entrepierna y un grito horrorizado se me escapó de los labios.
CAPÍTULO 4~CHLOE~Me quedé congelada, observando cómo la manada de chicas gritaba y se lanzaba hacia él mientras yo solo podía mirar con incredulidad.Él.¿El arrogante imbécil que me había desterrado felizmente a dormir en el sofá?¿El que me había llamado plaga?¿El mismo era el ídolo de toda esta escuela?Me encogí todavía más.—¡Dios mío, viene hacia aquí! —¡Te amo, Asher! —¡Jugaste tan bien en la pista! —¿Me das tu número? —¡Se me dan genial las matemáticas… deberíamos estudiar juntos algún día!Me estremecí de asco ante sus chillidos, pero mantuve la vista fija en el suelo. Cualquier cosa que distrajera a la multitud de fijarse en mí era una victoria.Justo entonces sentí una mirada intensa y pesada clavarse en mí.Levanté la vista y me encontré con sus ojos: exactamente la misma mirada gris helada que había visto al otro lado de la pista de hockey. Los mismos ojos que me habían mirado con puro asco en nuestro dormitorio.Asher Blackthorn. Mi compañero de piso.Instinti
CAPÍTULO 3~CHLOE~Mi grito resonó contra las paredes. Me tapé los ojos de inmediato con las manos, pero ya era demasiado tarde: había visto por completo al desconocido frente a mí. El puro impacto de lo que acababa de presenciar me dejó aturdida.¿Qué diablos hacía él en mi habitación?¿Por qué estaba desnudo?¿Y por qué demonios era tan enorme?Negué con la cabeza con fuerza. No pensaba perder la cabeza por la polla de mi posible asesino.—¡¿Quién eres?! —grité, manteniendo los ojos bien cerrados mientras blandía el bate a ciegas por el aire—. ¡¿Qué quieres?! ¡Oye, mira! ¡Te advierto que sé kárate!—Primero, abre los putos ojos —una voz fría y metálica cortó el aire, enviándome un escalofrío directo al pecho.—¡Pervertido! ¡Ni se te ocurra…!Él agarró el bate y me quedé paralizada. Separando los dedos apenas, mi mirada bajó a su parte inferior, ahora afortunadamente envuelta en una toalla blanca.Solté un suspiro tembloroso de alivio.Cuando por fin me atreví a levantar la vista, ca
CAPÍTULO 2~CHLOE~Mis ojos se abrieron de par en par al contemplar el edificio. Contrario a lo que había imaginado, aquella escuela era inmensa: un noble tono de púrpura y negro que desprendía un aura inquietante y, al mismo tiempo, irresistiblemente atrayente.Mi conductor sacó el equipaje, volvió a subir al coche y se alejó a toda velocidad, dejándome sola frente a aquella estructura imponente. Mis ojos recorrieron a los demás estudiantes. Cada uno de ellos poseía una belleza abrumadora, casi etérea.No eran humanos.La certeza me golpeó con fuerza: allí solo había lobos.Tragué saliva con dificultad.Había un detalle vital que no había olvidado: los humanos no estaban permitidos en la Academia Silvermoon. La pena era la muerte… la peor de las muertes. Había oído historias de cuerpos fríos e inanimados que devolvían al reino humano con notas de advertencia clavadas en ellos.Mi seguridad vaciló, pero me mantuve firme en el sitio.Esto es por Madre, me recordé. «Por Madre».Lo repet
CAPÍTULO 1~CHLOE~—Lo siento, señorita Harper, pero tenemos que suspender el tratamiento de su madre.Me quedé congelada. Una lágrima se deslizó por mi mejilla y cayó al suelo que contemplaba sin parpadear.—Tiene un saldo pendiente. El hospital ha sido comprensivo, pero este es nuestro límite.Tragué las lágrimas, luchando contra el nudo espeso que me obstruía la garganta para poder hablar.—Por favor… la semana pasada pagué la mitad. Le prometo que pagaré el resto antes de que termine el mes —solté las palabras mientras la mujer mayor se acercaba. Un estetoscopio colgaba de su cuello y sus ojos se clavaban en los míos con una mirada que me hacía sentir completamente impotente.Y perdida.Estaba perdida.—Por favor. Se lo prometo…—Lo siento mucho, señorita Harper. Si dependiera de mí…Enderecé los hombros y caí de rodillas. El azulejo frío me quemó las rótulas. La cabeza colgaba baja mientras las lágrimas por fin fluían sin control.—Se lo ruego, por favor. Solo necesito llegar al







