ログインLas horas pasaron volando y la mansión de Cristina era un hervidero de actividad. Entre arreglos florales y confirmaciones de última hora, ella se tomó un momento para revisar los documentos legales junto a los abogados de la familia. El punto central era el poder absoluto que le otorgaría a Rafael sobre sus empresas y fortuna. Los asesores legales, hombres de total confianza que habían servido a sus padres, no estaban para nada de acuerdo con la decisión; le advirtieron del enorme riesgo que corría al ceder el control total de su patrimonio. Sin embargo, Cristina, cegada por la ilusión, se mantuvo firme. Estaba completamente segura de que eso era lo que quería, convencida de que Rafael solo buscaba protegerla.
Mientras tanto, la realidad a kilómetros de la mansión era una oscura burla a su confianza. En el departamento de Xiomara, ella y Rafael se entregaban a la pasión sin el más mínimo remordimiento. Él la tenía firmemente contra la pared, poseyéndola con una fuerza desmedida que arrancaba de Xiomara quejidos profundos de puro éxtasis, disfrutando no solo del encuentro, sino de la inminente victoria de su plan.
Al terminar, exhaustos y sudorosos, se dejaron caer en la cama. Rafael respiraba con dificultad, completamente cansado, mientras Xiomara se acomodaba a su lado con una sonrisa cínica en los labios.
—¿Qué tal tu última noche de soltero, mi amor? —le preguntó ella en un tono cargado de burla, delineándole el pecho con la punta de los dedos.
—Ni me lo recuerdes... —respondió él, soltando un bufido de fastidio mientras miraba al techo. Sin embargo, su expresión cambió de inmediato a una de triunfo—. Esta mañana le recordé a la coja lo del poder. Cayó redondita; me aseguró que sí, que me lo entregará firmado apenas nos casemos.
—¿Si viste? No sé de qué te quejas —replicó Xiomara, incorporándose en la cama con los ojos brillando de codicia—. Por fin podré comprarme todas las joyas, bolsos y ropa que quiera. ¡Qué emoción!
Rafael soltó una risa cínica y la atrajo de nuevo hacia él, rodeándola con sus brazos.
—Todo lo que quieras, mi amor. Esa tonta nos va a firmar nuestra libertad financiera y ni siquiera se va a dar cuenta. Ella se quedará con su tratamiento de la pierna y nosotros con sus millones.
Xiomara se recostó en su pecho, saboreando el triunfo antes de tiempo. Para ella, el dinero de Cristina no era solo un lujo; era la venganza perfecta contra la vida por haberla hecho nacer sin fortuna, y la oportunidad de humillar, desde la sombra, a la mujer que siempre había envidiado.
A la mañana siguiente, los rayos del sol se filtraron por la ventana de la habitación de Cristina. Era el gran día. El día de su boda.
Cristina se despertó con el corazón galopando a mil por hora. Se sentó en la cama y miró el vestido de novia colgado en el maniquí. El blanco impoluto de la tela parecía brillar con luz propia. A pesar de los dolores recurrentes en su pierna, esa mañana se sintió ligera, bendecida.
Beatriz entró a la habitación llevando una bandeja con el desayuno y una sonrisa que intentaba ocultar la nostalgia de ver a su niña dar un paso tan importante.
—Buenos días, mi futura señora —dijo la nana con voz dulce, dejando la bandeja en la mesa de noche—. Llegó el momento. Hoy empieza tu nueva vida.
—Ay, nana, no puedo creer que ya llegó el día —respondió Cristina, con los ojos húmedos por la emoción—. Por fin voy a tener una familia, un hombre que me ama... Siento que mis padres están aquí, viéndome.
Beatriz la abrazó con fuerza, conteniendo las lágrimas. Por la mente de la anciana pasó un último destello de duda sobre Rafael, pero al ver la felicidad radiante en el rostro de Cristina, decidió ahogar sus temores. Ya no había marcha atrás; las cartas estaban echadas.
Mientras terminaba de organizar su maleta para irse de luna de miel, Cristina tomó su celular y llamó a Xiomara, pero esta no le respondió. Le insistió varias veces, viendo cómo la pantalla se iba a buzón de voz una y otra vez, pero nada.
Una punzada de inquietud le recorrió el pecho. Habían quedado formalmente en que Xiomara llegaría muy temprano a la mansión para esperar juntas a los estilistas y a los maquilladores, tal como lo haría cualquier dama de honor y mejor amiga. Le parecía sumamente extraño que no contestara el teléfono justo ese día, el más importante de su vida.
—¿Pasa algo, mi niña? —preguntó Beatriz, entrando a la habitación con el velo de novia entre las manos.
—Es Xiomara, nana. No me contesta las llamadas y ya va tarde —respondió Cristina, mordiéndose el labio con nerviosismo—. Ella no es así. Me preocupa que le haya pasado algo en el camino.
—Bueno, ya conoces a esa muchacha, a lo mejor se le pegaron las sábanas con el alboroto de la boda —comentó la nana, intentando restarle importancia, aunque por dentro su instinto desconfiado se encendió de inmediato.
—No me voy a quedar tranquila. Voy a ir a buscarla a su departamento —decidió Cristina con firmeza, tomando su bolso.
—¡Pero Cristina! Falta muy poco para que lleguen a arreglarte, no puedes andar saliendo así —le reclamó Beatriz, preocupada por el tiempo.
—Será rápido, nana. Su departamento no queda lejos y necesito saber que está bien. No podría pararme en el altar sabiendo que mi mejor amiga tuvo un contratiempo.
Ignorando las protestas de su nana, Cristina bajó las escaleras de la mansión lo más rápido que su pierna se lo permitía, subió a su auto y le pidió al chofer que la llevara directo a la dirección de Xiomara, sin imaginar que estaba manejando directo hacia la peor de sus pesadillas.
Al llegar al edificio, Cristina se detuvo ante el mostrador de la entrada. Con el corazón un tanto acelerado por la prisa, le pidió al vigilante de turno que la anunciara; sin embargo, el hombre le sonrió con amabilidad y le restó importancia con un gesto de la mano.
—No se preocupe, señorita, puede subir directamente. No hay ningún problema. La señorita Ballesteros está en su departamento con su novio.
Cristina se quedó estática, parpadeando con sorpresa.
—¿Cuál novio? —preguntó, desconcertada.
—Pues el de siempre, el hombre que viene a verla casi todos los días —respondió el guardia con total naturalidad.
Una extraña sensación de vacío se instaló en el estómago de Cristina. Ella no le conocía ningún novio a Xiomara; se suponía que eran mejores amigas y que se contaban absolutamente todo. Sintiendo el impulso de no indagar más con el empleado para no parecer entrometida, asintió levemente y caminó hacia los elevadores.
Subió al ascensor con la mente hecha un torbellino, tratando de convencerse de que debía ser un malentendido del vigilante. Al llegar al piso indicado, un leve sonido anunció la llegada y las puertas metálicas se abrieron de par en par.
En ese mismo instante, el mundo de Cristina se derrumbó por completo. El aire se escapó de sus pulmones y quedó completamente paralizada, incapaz de dar un solo paso fuera de la cabina.
Justo en el pasillo, frente a la puerta del departamento, estaban Rafael y Xiomara, entregados a un beso desesperado y ardiente. Cristina sintió un vuelco tan violento que el corazón pareció querérsele salir del pecho; no podía dar crédito a lo que sus propios ojos le estaban mostrando. El hombre que se convertiría en su esposo en apenas unas horas tenía a Xiomara acorralada contra la madera, devorándole la boca mientras subía una de sus manos por el muslo de ella, acariciándola con una posesividad y una pasión salvaje que le provocaron a Cristina una oleada de náuseas irresistibles.
Los recuerdos fracturados comenzaron a golpearle la mente con una crueldad infinita. Se suponía que eran hermanos. Se suponía que él la amaba a ella. Se suponía que Xiomara era la hermana que la vida le había regalado en las aulas de la universidad.
¿Qué demonios estaba pasando?
A Cristina le empezaron a temblar las manos, las piernas y el cuerpo entero. El frío de la verdad la caló hasta los huesos mientras las piezas del rompecabezas encajaban de la peor manera. Todo había sido una maldita mentira. Ellos no compartían la misma sangre; compartían la misma cama, el mismo engaño y el mismo deseo de verle la cara de estúpida. Estaba atrapada en una red de traición tejida por las dos personas en las que más había confiado en el mundo.
El aire en el piso ejecutivo de las empresas Villarreal se sentía denso, casi irrespirable. La mañana transcurría con una calma aparente, pero bajo la superficie, la tormenta ya había comenzado a gestarse. Alejandro caminaba de un lado a otro en su amplio despacho, con la taza de café enfriándose sobre la mesa y los ojos fijos en la pantalla de su ordenador. Las cifras de la naviera continuaban mostrando un saldo rojo preocupante y la liquidez para operar durante el próximo mes pendía de un hilo extremadamente delgado.Afuera, en su escritorio, Xiomara operaba con la precisión de un cirujano. Luciendo un vestido ajustado de color beige que resaltaba su elegancia y un peinado impecable, tecleaba en su computadora con una sonrisa sutil dibujada en los labios. La conversación de la noche anterior en su apartamento había sido el catalizador perfecto. Alejandro le había abierto las puertas de su vulnerabilidad financiera y ella no pensaba desaprovechar ni un solo segundo. Utilizando los
El ascensor del edificio residencial ascendía en un absoluto silencio, interrumpido únicamente por el leve zumbido del motor y la respiración pesada de Alejandro. La conversación con Cristina en la sala de la mansión continuaba retumbando en su cabeza como un eco ensordecedor. Las palabras de su esposa no solo habían sido un golpe directo a su vanidad, sino una amenaza real y concreta contra la estabilidad de las empresas Villarreal. Saber que su consultor financiero estaba auditando los contratos y las garantías colaterales lo dejaba expuesto, vulnerable y acorralado. Necesitaba, con una urgencia casi enfermiza, apagar ese incendio interno en el único lugar donde su ego todavía se mantenía intacto.Cuando las puertas del elevador se abrieron en el piso superior, Alejandro caminó con paso apresurado por el pasillo iluminado con luces tenue y golpeó la puerta del apartamento. Xiomara no tardó ni tres segundos en abrir. Vestía una bata de seda negra que apenas se ajustaba a su cintura
El atardecer teñía el cielo de la ciudad con un tono carmesí intenso cuando Alejandro regresó a la mansión. La jornada en la oficina había sido una extraña mezcla de adicción y control. Por un lado, la presencia constante de Xiomara lo envolvía en una atmósfera de admiración constante; por el otro, la tensión oculta por las finanzas de la naviera comenzaba a generar un peso imponente en sus hombros. Sin embargo, en el instante en que cruzó el umbral de la residencia, la calidez de su ego inflado se disipó de golpe, reemplazada por el aire frío y sobrio que reinaba en la propiedad.En la sala principal, Cristina se encontraba revisando una serie de carpetas sobre la mesa de centro. Lucía impecable: su postura, erguida y elegante, reflejaba la rigurosidad de las semanas de rehabilitación, y en sus ojos ya no quedaba el menor rasgo de la incertidumbre que solía definirla. Al escuchar los pasos pesados de su esposo, no se molestó en levantar la cabeza de inmediato; continuó pasando las
El contacto fue rápido, hambriento y cargado de una urgencia contenida que buscaba aplastar, de un solo golpe, la frustración que Alejandro traía desde la mansión. Xiomara respondió al beso con la misma intensidad calculada, enredando sus dedos en el cuello de su saco y dejando que su cuerpo se amoldara al de él. Sin embargo, cuando sintió que Alejandro la apretaba con mayor posesividad contra el borde del escritorio, se separó despacio, colocando las palmas de sus manos sobre el pecho del empresario para detener el impulso.Alejandro la miró con el ceño levemente fruncido, desconcertado por el freno repentino y con la respiración aún agitada.—¿Qué pasa? —preguntó él con la voz áspera por la sorpresa.Xiomara esbozó una sonrisa suave, impregnada de una falsa modestia que dominaba a la perfección. Le arregló la solapa de la camisa con delicadeza, sosteniéndole la mirada con una mezcla de coquetería y fingida preocupación profesional.—Pasa que no quiero que confunda las cosas, Al
El sonido de la puerta principal al cerrarse resonó con una vibración hueca en el vestíbulo de la mansión. Alejandro caminó hacia las escaleras con pasos pesados, aflojándose la corbata con una mezcla de cansancio físico y una extraña agitación mental. El aroma al perfume de Xiomara parecía haber impregnado los hilos de su ropa, obligándolo a mantener una distancia cautelosa de cualquier sombra que pudiera cruzarse en su camino. Al subir al segundo piso, la casa estaba sumida en un silencio denso, sepulcral. Se detuvo un instante frente a la puerta de la recámara principal; al no escuchar movimiento alguno, dejó ir un suspiro ahogado y continuó hacia su vestidor privado para quitarse el traje antes de que cualquier rastro pudiera delatarlo. Frente al espejo del vestidor, se desabrochó la camisa blanca y descubrió una tenue mancha de labial cerca del cuello. La visión del color sobre la tela le provocó un chispazo instantáneo de adrenalina. Sintió una punzada de satisfacción al recor
El eco de la respiración agitada de ambos aún flotaba en la penumbra del despacho cuando Alejandro, lentamente, fue recuperando la lucidez. La neblina de la pasión ciega comenzó a disiparse, dejando al descubierto una realidad pesada y sofocante. Mantuvo las manos apoyadas sobre la madera del escritorio, con la mirada clavada en la carpeta de documentos dispersos por el suelo. El peso de lo que acababa de ocurrir le cayó encima como una losa de concreto: había cedido ante la provocación, cruzando una frontera que cambiaba de forma irreversible las reglas del juego. Xiomara, por el contrario, irradiaba una calma casi aterradora. Con movimientos pausados y calculados, se acomodó la falda entallada, abrochó el botón de su blusa que se había soltado en el frenesí y se pasó los dedos por el cabello para devolverle el orden a su peinado. En su rostro no había un solo rasgo de arrepentimiento ni de culpa; solo una sonrisa de triunfo contenido que iluminaba sus ojos en la penumbra. —Cre







