Pero, después de dar unas vueltas, se volteó de golpe y casi chocó con Leonardo, que también iba y venía.Notó que Leonardo estaba angustiado. Él tosió un par de veces.—Perdón, casi te tumbo. Yo también estoy muy nervioso. El cirujano principal es mi tío abuelo, y si… no, no, qué cosas digo, nada de eso. La abuela va a salir bien, seguro.Adrián lo entendió. Leonardo temía que, si su tío abuelo dirigía la operación y algo salía mal, no sabría cómo mirarlo después.Leonardo se estaba preocupando demasiado. Solo por haberse adelantado ese día a llevar a la abuela al quirófano, Adrián lo consideraría su hermano de por vida.—Pase lo que pase, Leonardo… —dijo Adrián, solemne—, eres mi salvador.Leonardo guardó silencio un momento.—Hablamos cuando la abuela salga.Adrián asintió.—Entre amigos, los favores grandes no se agradecen con palabras.Los dos esperaron en silencio. Cada segundo se les hacía un suplicio. Pasaron ocho largas horas. Por fin, el doctor Montiel salió.Leonardo y Adriá
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