—Jefe, jefe, se te cayeron las uvas. —Federico llegó corriendo y le quitó el recipiente de las manos—. Lo llenaste de más, ¿pesaba mucho, jefe?—Ajá… —contestó Adrián sin pensar. Se agachó a recogerlas, pero no dejaba de mirar de reojo hacia allá; en la oscuridad de la noche, la sonrisa que ella le dedicaba a Leonardo parecía brillar.Volvió a recordar aquella tarde, bajo el alcanforero del patio de la escuela, cuando ella corrió hacia Leonardo como una gacela, con esa misma sonrisa…—Jefe, esas ya se ensuciaron, mejor déjalas —dijo Federico mientras se ponía a su lado para taparle la vista.—Sí. —Recogió las uvas, las tiró al basurero y volvió a su lugar como si nada.Para ese momento, todos ya habían comido suficiente, pero todavía era temprano, así que Federico propuso jugar algo. Unos sugirieron jugar al póker; otros, cantar. Pero al final eligieron el clásico de siempre: verdad o reto.La idea fue de Federico. Al fin y al cabo, era el más alborotador del grupo.—Salimos a divertir
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