Débora estaba medio dormida por el exceso de trabajo.Cuando Victoria la agarró del cuello, dio un brinco. Al siguiente segundo, vio cómo Victoria barría todos los papeles de la mesa y estalló:—¡Victoria, ¿qué demonios haces?!—El Grupo Fernández no es lugar para que vengas a hacer escándalo. —¿Qué pretendes?—¿Que qué pretendo? —Victoria seguía aferrada a su cuello, estaba fuera de sí.—¡Yo pregunto qué pretende tu familia!—Débora, creía que de todos los Fernández, tú eras la única que se salvaba.—Pero resultó que eres la más rastrera, ¡la que mejor esconde sus cartas!—Dime, ¿dónde tienes escondida a Estrella?La sangre le hervía. Cada segundo sin saber de su hija era una tortura.Débora frunció el ceño, estaba desconcertada:—No sé de qué hablas. —Tu hija está contigo, ¿a mí qué me preguntas?Hizo una pausa y, de repente, comprendió. Apartó la mano de Victoria de un manotazo:—¡¿Perdiste a la niña?!—Victoria, ¡esa niña también es de los Fernández! —¡¿Te la confiamos y la p
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