Pasaron unos meses más y me mudé a otra ciudad, donde abrí mi propio taller. No era muy amplio: contaba con dos espacios, uno para el trabajo y otro para recibir visitas. En el alféizar de la ventana tenía una planta, cuyas hojas colgaban casi hasta tocar el suelo.Esa tarde me encontraba reunida con un cliente revisando un proyecto, en la sala de juntas del segundo piso, cuya ventana daba directamente a la calle.Mi asistente abrió la puerta de golpe, con rostro muy preocupado. Se acercó a mí y me susurró:—Hay un hombre abajo, arrodillado, sosteniendo un cartel. Dice llamarse José y que es su esposo.El cliente me dirigió la mirada, y yo volví la vista hacia mi asistente.—Un instante, por favor.Me puse de pie, me acerqué a la ventana y miré hacia abajo.Él estaba arrodillado en medio de la plaza, sin nada bajo sus rodillas, directamente sobre las duras baldosas grises.Mantenía levantado un cartón donde estaba escrito: "Estela, me equivoqué. Te ruego que me des una oportunidad".Un
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