Me entusiasma hablar de esto porque la portada es la primera conversación que tiene tu libro con el lector.
Yo suelo recomendar un enfoque mixto: elegir un estilo que refleje el tono del texto y, al mismo tiempo, priorizar la legibilidad y la simbología clara. Para una novela íntima y literaria funciona muy bien una ilustración minimalista en acuarela o tinta, con una tipografía elegante y mucho espacio negativo; mientras que un thriller pide una imagen más fotográfica, contrastes fuertes y un punto focal dramático. En fantasía o juvenil, las ilustraciones detalladas o el arte estilo cómic permiten mostrar mundos y personajes, pero cuidado con saturar la portada: a veces un solo objeto icónico comunica más que una escena completa.
Además, siempre pruebo la portada en pequeño (como miniatura de tienda) para asegurarme de que el título y el motivo sean reconocibles. También sugiero coherencia para una serie: mantén una paleta o estructura común para que las cubiertas funcionen como un conjunto. Al final me guío por la emoción que quiero provocar: misterio, calidez, adrenalina, ternura… y busco el estilo que la transmita mejor.