Me pegó de inmediato la autenticidad cruda que respira «mid 90s»: no es una versión pulida ni un tributo romántico, es un pedazo de vida filmado como si fuera un VHS encontrado en el fondo de una mochila. La película no sólo muestra trucos, muestra rituales: las sesiones en la calle al caer la tarde, el respeto a los que llevan más tiempo, las bromas que parecen duras pero sostienen al grupo. Eso se siente en el vestuario, en la música que suena sin imposturas, y sobre todo en el ritmo del montaje, que imita las cintas de skate —cortes rápidos durante las secuencias de patinaje, planos largos para las conversaciones tristes—.
La cámara se coloca al ras del suelo y eso transforma al espectador en otro skater: el clack de la tabla, el roce de los zapatos, las manos que ayudan a levantar a un amigo. Además, el director eligió a varios chicos que realmente patinan, lo que añade naturalidad a la forma en que se enseñan trucos o se cuentan anécdotas. No hay demasiada explicación moral; la película muestra la cultura tal como es: camaradería, peligro, masculinidad en construcción y un escape frente a hogares complicados.
Al final, lo que más me gusta es que «mid 90s» no embellece ni demoniza: celebra y cuestiona a la vez. Me quedo con esa mezcla de euforia por el skate y la sensación agridulce de estar creciendo entre tablas y cicatrices.
Todo en «mid 90s» tiene esa textura de video casero que te hace sentir dentro de la tribu: patinetas gastadas, logos de marcas, tiendas de skate con olor a cera y la jerga rápida entre amigos. La película muestra cómo el skate funciona como familia alternativa para chicos que a veces no la tienen en casa; se ve igual de liberador que peligroso, con fiestas, peleas y humo alrededor de una pasión compartida.
También me interesó cómo el director no endulza la masculinidad que rodea a la cultura: hay momentos de ternura, sí, pero también comportamientos dañinos que quedan expuestos sin sermones. Ese equilibrio hace que la representación sea honesta y compleja, porque no reduce el skate a un símbolo de rebeldía romántica, sino a una práctica social con contradicciones. Al salir de verla, me quedó la sensación de haber asistido a una sesión en la que no solo aprendí trucos, sino que entendí un poco más por qué tantas vidas encuentran en el skate un lugar para intentarlo de nuevo.
No esperaba que una película sobre skaters me desarmara por la forma en que está filmada, pero «mid 90s» lo logra con decisiones muy precisas: grano, paleta de colores cálidos y un trabajo de cámara que privilegia el movimiento físico por encima de la puesta en escena clásica. Esa estética no es sólo nostalgia; es una forma de decir que el skate es corporal y comunitario, no algo que se admire desde lejos.
Además, la banda sonora y el sonido directo juegan un papel central: canciones que pertenecen al período se mezclan con sonidos diegéticos (ruedas, risas, golpes) para crear un paisaje sonoro que funciona como columna vertebral cultural. La elección de tomar diálogos espontáneos y escenas que parecen improvisadas refuerza la sensación de que estamos viendo una comunidad real y no actores interpretando un guion. Desde el punto de vista visual y sonoro, el director representa la cultura skate como un ecosistema propio, con sus reglas, su lenguaje y su estética inconfundible, y lo hace con respeto por sus códigos más técnicos y menos evidentes.
2026-07-23 11:44:06
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