Me quedé enganchado a la historia desde las primeras escenas, y lo primero que reconocí fue la presencia magnética de Rhys Ifans en el papel principal. Yo disfruté cómo transforma a Howard Marks —el verdadero «Mr Nice»— en alguien a la vez carismático y contradictorio: no es un héroe clásico, sino un personaje construido con matices, chistes y mañanas de resaca. La película, dirigida por Bernard Rose y basada en la autobiografía de Marks, depende mucho de esa fuerza actoral para sostener el tono entre la comedia y el drama, y Ifans lo hace funcionar con facilidad.
Viendo la cinta, me llamó la atención que su acento, su lenguaje corporal y esa mezcla de irreverencia y vulnerabilidad hacen que el personaje sea creíble. Yo sentí que no estaba viendo solo a un actor interpretando, sino a alguien que había metido la mano en la historia, la había movido y la había devuelto con nuevas sombras. Además, la química con el resto del reparto y la ambientación de los años setenta ayudan a enfatizar su desempeño sin necesidad de gestos grandilocuentes.
Al terminar la película, me quedé con la sensación de que Rhys Ifans llevaba la película sobre sus hombros, y lo hizo con gracia y cierta fragilidad que terminó por
humanizar a un personaje que podría haberse quedado en caricatura. Esa mezcla de elegancia y desparpajo me sigue gustando cada vez que recuerdo «Mr Nice».