Mingo
Un hombre lobo solo tiene un compañero destinado en toda su vida. Sin embargo, mi esposo, el Alfa Derek, se negaba a reconocerme como su única compañera.
Y todo… ¡porque yo era humana!
Seis años antes, para poder estar con él, me habían obligado a firmar con los ancianos de la manada un humillante contrato de reproducción. En el mismo se estipulaba que: si yo daba a luz a un heredero durante el primer año de matrimonio, recibiría una compensación de diez millones; si daba a luz en los primeros tres años, tres millones; y, si no quedaba embarazada en seis años, no podría interferir en las relaciones extramaritales de mi esposo.
—¡¿Te convertiste en mi compañera por mí o por la fortuna de la Manada Thorn?! —rugió Derek, con los ojos encendidos de furia.
Tras estas palabras, desde aquel día, para castigarme, llevaba deliberadamente a su asistente Camilla a todos los eventos, colmándola de atenciones frente a mí.
Hasta que, el sexto año, llevó a Camilla a vivir a la mansión y, delante de todos, le colocó mi collar de Luna.
—Camilla es pura y bondadosa. Se merece este collar más que tú.
Él creía que, hiciera lo que hiciera, yo nunca lo dejaría. Lo que no sabía era que había otra cláusula en la segunda página de aquel contrato, la cual indicaba que: si al cabo de seis años aún no habíamos tenido un cachorro, cualquiera de los dos podía optar por romper el vínculo de apareamiento.
Y solo faltaban siete días para que venciera nuestro contrato.