Ginger
Era la hija de un Don de la mafia. El día que conocí a Ethan, él se enamoró de mí a primera vista.
Cuando encontré en su bolsillo el recibo de una lujosa boutique, él se justificó:
—Es un regalo para la esposa de otro capo. Hay que hacer las cosas bien en este negocio.
Le creí. La segunda vez, encontré en su auto un arete que no me pertenecía. Su amigo me aseguró que era de su novia y que no debía darle tantas vueltas. Luego vino una tercera vez, una cuarta… Siempre que descubría algo, alguien tenía una explicación perfecta. Sin embargo, a la décima vez, saqué una caja de preservativos de debajo de la cama y se la agité frente a los ojos.
—¿De quién es? Nosotros nunca hemos usado esta marca.
Dejó de anudarse la corbata. Con un suspiro de cansancio, hizo una llamada.
—Miller, ¿dejaste una caja de condones la última vez que te quedaste en el apartamento?
Al otro lado de la línea, mi hermano respondió de inmediato:
—Sí, me preguntaba dónde la había dejado. Lo siento por eso. ¿Mi hermana está dudando de ti otra vez?
Enseguida, mi cuñada, quien además era mi mejor amiga, tomó el teléfono para sermonearme:
—Michelle, la confianza es la base de cualquier relación. No puedes seguir dudando de Ethan. ¡Si no eres capaz de confiar, entonces no te cases! No des por sentado su amor.
Al terminar la llamada, Ethan extendió las manos con gesto de fastidio.
—Michelle, ¿podemos dar esto por terminado? Es la décima vez. Como dijo tu cuñada, si no puedes confiar en mí, entonces no...
—Exacto —asentí—. No nos casemos.
Él jamás habría podido adivinar que esa caja de condones no le pertenecía a nadie más; yo misma la había comprado y la había escondido ahí a propósito. Ese simple objeto expuso la vil podredumbre detrás de nuestro supuesto amor.