Desterrados
―le digo algo exasperada, pero no lo miro a la cara y en lugar de eso, le presto toda mi atención a un pequeño error que cometieron en el esmalte de mi manicura―anda, ya di lo que quieres de mí, para poderte despachar de inmediato―añado y él esboza una sonrisa lobuna.
“Por supuesto, cariño”, me responde y los lobos detrás de mí empiezan a gruñir y a rasgar la tierra, como si pudieran intimidarme con eso, “mi nombre es Ezra, de la manada Plata”, asegura y yo quito la atención de mis uñas y lo miro directo a los ojos, “soy el heredero legítimo de la manada Plata y vengo a reclamarla por derecho de sangre”, revela y quedo anonadada.