Dejé al infiel por el magnate que siempre me amó
Durante seis años de matrimonio platónico, Estela Borges siempre creyó que su marido Ernesto Rojas rechazaba por naturaleza cualquier tipo de intimidad.
Hasta que lo vio con sus propios ojos, todavía enredado con otra mujer.
A ella, que acababa de sobrevivir a una tragedia, la trató como si no existiera. En cambio, acompañó a la hija de su antiguo amor a celebrar su cumpleaños, formando con ellas una “familia de tres” tan cercana que dolía mirarla.
Fue entonces cuando Estela entendió la verdad: la mujer que Ernesto llevaba años guardando en el corazón era, en realidad, la viuda de su propio amigo.
No la tocaba porque, todo ese tiempo, había estado guardándose para esa mujer.
En ese instante, algo dentro de Estela terminó de apagarse. Sin lágrimas, sin escándalos, pidió el divorcio.
Ernesto soltó una risa fría.
—Ni los Amaral, que la criaron durante tantos años, quisieron conservarla. ¿De verdad creen que va a dejarme a mí?
Ernesto creía que Estela no era más que la humilde hija adoptiva de los Amaral.
Fuera de ser dócil y hermosa, no servía para nada. Y eso del divorcio no era más que un berrinche.
Pero Estela firmó los papeles en silencio y, sin avisarle a nadie, se mudó de su casa.
Tiempo después, una sola pieza de diseño bastó para lanzarla a la fama. Se convirtió en una joven diseñadora capaz de encabezar una nueva tendencia, admirada y buscada por todos.
Solo entonces Ernesto entendió lo que había perdido.
Arrodillado sobre una rodilla, con los ojos rojos, le suplicó en voz baja:
—Estela, ya corté todo con Dalia. Después de tantos años, juntos dame otra oportunidad, por favor.
El hombre acostumbrado a mirar a todos desde arriba inclinaba la cabeza por amor.
Pero Estela solo levantó con calma el bajo de su vestido y se refugió en los brazos del poderoso patriarca de los Amaral.
Él la rodeó por la cintura y habló con una serenidad casi cruel:
—Lo siento. Si hablamos de quién llegó primero, ella fue mía desde que era niña.