Selene
Se puso de pie y ayudó a su madre a hacer lo mismo.
Caminaron apenas unos pasos, rodeadas por un campo vibrante, donde la hierba baja se mecía suavemente al ritmo de un viento juguetón. Florecillas salvajes, de tonos variados y aromas dulces, adornaban el paisaje como un lienzo de la naturaleza. Selene, con un propósito renovado y una determinación naciente, se inclinó de rodillas, dejando que sus manos se hundieran en la suave tierra, sintiendo la vida que bullía bajo su superficie. Sus ojos, reflejo de esa energía interna, cambió de color, tornándose en un blanco radiante, casi etéreo, mientras su cabello blanco recobraba un brillo resplandeciente, reminiscentede un sol naciente. Su piel e