Vaya, esa pregunta me toca el estómago y la llevo masticando varios días.
Yo creo que esa sensación de “¿qué hice para merecer esto?” nace muchas veces de la comparación rápida y cruel que hacemos cuando algo malo sucede: miramos lo que nos falta, pensamos en lo que otros tienen y saltan las historias internas sobre justicia cósmica. En mi caso, cuando me han salido palos inesperados siempre empiezo contando mentalmente todos los favores que hice y las veces que intenté ser buena persona, como si pudiera equilibrar una balanza que no existe.
Con el tiempo aprendí a distinguir entre culpa y responsabilidad: la culpa me hunde, la responsabilidad me mueve. Ahora me concentro en pequeñas acciones concretas —hablar con alguien de confianza, poner límites, reírme de mis propias desgracias en voz alta— y en cuidar mi energía. No siempre funciona al instante, pero me ayuda a recordar que muchas cosas son azar, sistemas o malas rachas, no un veredicto sobre mi valor. Al final, lo que me calma es recordar que seguir adelante es una forma de revancha silenciosa y a la vez una prueba de que puedo resistir.