EL ROSTRO DE MI HERMANA.
Quédate conmigo.
Ella no respondió con palabras.
Solo lo besó. Un beso desesperado, hambriento, lleno de todo lo que no habían dicho en meses: miedo, rabia, amor, deseo. Sus bocas se devoraron, dientes chocando, lenguas peleando por espacio, por aire, por redención. Gael la empujó suavemente contra la pared, sus manos subiendo por su espalda, levantando la sudadera empapada para tocar piel, para sentir que era real. Marcela gimió contra su boca, arqueándose contra él, sus dedos tirando de su cabello mojado con fuerza.