Esposa mía, tu me perteneces
Y yo soy tuyo.
Empezó a penetrarla con embestidas profundas y fuertes, pero siempre controladas, cuidando cada movimiento. El ritmo era salvaje y apasionado: salía casi por completo y volvía a clavarse con fuerza, girando las caderas para rozar cada punto sensible dentro de ella. Valentina le clavaba las uñas en la espalda, gimiendo su nombre. Dante la besaba sin parar, mordiéndole el labio inferior, lamiéndole el cuello, susurrándole al oído todo lo que sentía.
—Te amo. Te necesito. No puedo estar sin vos.