Un lazo inquebrantable
—Pues, mis reglas.
Allegra comenzó a reír con ironía, ante la sonrisa de Santiago
—¡Por Dios! Santiago ¿Quién te crees que eres?
—Pues… Soy un hombre rico, guapo, filántropo, y el dueño de tu corazón —dijo y Allegra comenzó a reír divertida, su risa penetraba cada lugar de aquella habitación, mientras Santiago parecía divertido.
Pero, cuando la algarabía pasó se miraron por un segundo fijamente. Había demasiada tensión entre esos humanos y parecía quererlos atrapar hasta que explotaran.