Desaparecida en el fuego
Al derrapar, él calculó mal la fuerza, y el coche rompió la valla de contención y rodó cuesta abajo.
En medio del caos, él la protegió con todas sus fuerzas, aunque la cabeza se le abrió contra el volante y la sangre le corría, no la soltó. Con el último resto de energía, la levantó hasta un saliente de roca sobre el techo del coche destrozado y, con la voz rota, le gritó:
—¡Agárrate fuerte!
Él, en cambio, se deslizó con el chasis destrozado hacia el vacío, medio cuerpo colgando del abismo, a punto de hacerse pedazos.