Se connecterEl reloj sobre la pared del área administrativa del piso treinta y nueve marcaba las 5:45 p.m. Alexa no había levantado la vista de su pantalla desde las once de la mañana. Sus dedos dolían por el tecleo ininterrumpido y los ojos le ardían por el esfuerzo de descifrar la caligrafía casi ilegible de los reportes antiguos. Pese a todo, el inventario estaba terminado, impecable y correctamente clasificado en el sistema. La eficiencia con la que había trabajado le resultaba pasmosa a ella misma; era como si sus sentidos, agudizados hasta un punto abrumador, le permitieran prever los errores antes de cometerlos.
Valeria regresó a la estación de trabajo justo cuando Alexa terminaba de guardar sus pertenecias en el bolso. La supervisora se detuvo frente al cubículo con la carpeta en la mano, hojeando las páginas físicas y revisando el monitor con la ferviente esperanza de encontrar algún fallo, una celda mal formulada o un dato traspuesto. No encontró absolutamente nada.
—Nada mal —admitió Valeria, cerrando la carpeta con un golpe seco que resonó en el pasillo—. Aunque esto sigue siendo un trabajo sumamente mecánico y básico, Grey. No se acostumbre a recibir aplausos por cumplir con lo mínimo. Mañana las exigencias serán muy distintas.
—Espero que así sea, Valeria —respondió Alexa, poniéndose de pie con parsimonia—. Me adapto rápido a los cambios de ritmo.
La cercanía de la jefa era sofocante. De nuevo, Alexa captó ese rastro agrio que emanaba de la piel de la mujer: el aroma inconfundible de la inseguridad envuelta en ambición tóxica. Sin embargo, al girarse para tomar la tira de su bolso, el hombro de Alexa rozó ligeramente el brazo de Valeria. Fue un contacto efímero, una simple chispa de electricidad estática en apariencia, pero para Alexa fue como tocar un cable de alta tensión al desnudo.
Un rugido sordo —el gruñido de una criatura ancestral— vibró en lo más profundo de su pecho, tan denso que temió que los demás en la oficina pudieran escucharlo. Un fogonazo de instinto protector y dominante se disparó en su interior, una orden interna en su mente que le exigía someter a la amenaza, marcar su territorio y dejar claro que esa mujer no tenía el derecho de invadir su espacio.
Valeria dio un salto hacia atrás, con los ojos abiertos de par en par y llevándose una mano al pecho como si el roce le hubiera traspasado la piel con una descarga eléctrica. Palideció de forma instantánea, y Alexa pudo percibir cómo una fina capa de sudor frío aparecía en la frente de su supervisora.
—¿Qué... qué demonios fue eso? —balbuceó Valeria, retrocediendo un paso más, su habitual arrogancia desmoronándose ante una reacción que ni ella misma lograba comprender—. Te he hecho una pregunta, Grey, ¿qué me hiciste?
Alexa respiró hondo, forzando a sus manos a soltar los puños, aunque sus uñas habían quedado marcadas en sus propias palmas. El calor abrasador en su nuca se disipó lentamente, dejando un rastro de agotamiento que la hizo tambalearse ligeramente sobre los tacones.
—No le he hecho nada, Valeria. Solo ha sido un largo día para ambas —dijo Alexa con voz gélida y neutra, aunque su corazón latía a un ritmo salvaje que rozaba la taquicardia—. Si no hay nada más que revisar, me retiro. Hasta mañana.
Sin esperar una respuesta ni darle margen a réplica, Alexa tomó su bolso y caminó a paso firme hacia la zona de ascensores. Julián la alcanzó justo cuando las puertas metálicas se abrían, lanzándole una mirada de confusión y asombro.
—Oye, no sé qué demonios le hiciste —comentó Julián en voz baja, entrando tras ella al ascensor—, pero Valeria parecía haber visto a un fantasma. Nunca en tres años la había visto retroceder ni pedir disculpas con la mirada ante nadie. Tienes agallas de acero, chica.
—No le hice nada, Julián —respondió Alexa con una sonrisa forzada mientras las puertas se cerraban, iniciando el descenso—. Supongo que solo estaba nerviosa por la entrega.
—Pues no parecía nervio común —repuso Julián, apoyándose contra la pared del ascensor—. Parecía que le hubieras mostrado los dientes. En fin, sobreviviste al primer día en el piso treinta y nueve. Eso merece un aplauso. Nos vemos mañana.
—Hasta mañana, Julián.
El descenso a la planta baja fue un alivio efímero. Al salir a la calle, el aire fresco de la tarde no fue suficiente para calmar el fuego sordo que seguía latiendo bajo su piel. Mientras caminaba hacia la parada del autobús, la ciudad parecía haberse transformado en un escenario distinto. Escuchaba el latido rítmico de los motores a dos calles de distancia, el susurro de la gente hablando en la acera paralela y la amalgama de olores —la comida callejera, el asfalto mojado, el humo del tráfico y el perfume de los transeúntes— llegaba a sus fosas nasales con una nitidez abrumadora y casi dolorosa.
Se sentía como una depredadora camuflada en un mundo que no estaba diseñado para ella.
Mientras esperaba el transporte entre la multitud, una pregunta insistente comenzó a taladrarle la mente: ¿por qué Valeria había reaccionado con ese terror ante un simple roce? Y, sobre todo, ¿qué era esa rabia salvaje y dominante que ahora amenazaba con tomar el control de su cuerpo cada vez que alguien intentaba pisotearla?
La confirmación del contrato en el Caribe sacudió las estructuras de toda la empresa. Para el mediodía, el eco del éxito ya había recorrido los pasillos, y el nombre de Alexa comenzó a murmurarse con una mezcla de recelo y respeto entre los compañeros. Sin embargo, en el despacho principal, la vida continuaba bajo las exigencias implacables del Alfa.A las dos de la tarde, la puerta de caoba se abrió con brusquedad. Damián salió de su reunión con el departamento legal, desatándose la corbata con un movimiento impaciente mientras se dirigía directamente al escritorio de Alexa.—Quiero los expedientes de la filial de logística sobre mi mesa antes de las cuatro —ordenó Damián, plantándose frente a ella con los brazos cruzados y una expresión de pura exigencia—. Y asegúrate de revisar las cláusulas de indemnización. No pienso firmar nada que tenga vacíos legales.Alexa levantó la vista de la pantalla, sosteniéndole la mirada con frialdad. Ya se había acostumbrado a su forma de irrumpir en
La luz del jueves entró a raudales por los inmensos ventanales de la presidencia, tiñendo el despacho de una claridad fría que contrastaba con la agitación interna de Alexa. Había llegado diez minutos antes de las ocho, con los nervios a flor de piel y una taza de café humeante entre las manos. Cada segundo que pasaba sintiendo el peso de la expectativa la obligaba a repasar mentalmente cada palabra del texto publicitario que había redactado el día anterior.El lujo de desaparecer en la naturaleza.Había sido una apuesta arriesgada, un golpe de intuición nacido de su doble formación en administración y publicidad, pero sabía que si el concepto fallaba, Damián no dudaría en recordárselo con esa arrogancia imponente que lo definía.A las ocho y diez en punto, la puerta del asensor se abrió con un chasquido suave. El Alfa apareció en el umbral, impecable en su traje gris plomo, con los hombros anchos llenando el espacio y la mirada fija en ella. Su sola presencia hizo que el aire en la e
El resto de la tarde transcurrió bajo un silencio denso y pesado que se podía cortar con un hilo. Desde su escritorio, Alexa sentía la vibración constante de Damián al otro lado de la puerta de caoba, como si la presencia del hombre atravesara la madera. No se habían dirigido la palabra desde el altercado con Samara. Alexa se concentró febrilmente en los números, los informes y la correspondencia, utilizando el trabajo como una barrera contra el calor extraño que todavía le cosquilleaba en la nuca.A las seis de la tarde, Elena se despidió con una reverencia respetuosa y abandonó la planta, dejándolos solos en la penumbra.Alexa guardó sus bolígrafos, apagó el ordenador y se dispuso a tomar su bolso. No pensaba quedarse un segundo más de lo necesario cerca de un hombre que le desordenaba la mente con solo mirarla. Sin embargo, antes de que pudiera dar el primer paso hacia el ascensor, la puerta del despacho se abrió con suavidad.Damián estaba apoyado en el marco. Se había quitado la
El beso se volvió más voraz, un choque destructivo de lenguas y alientos donde la arrogancia de Damián chocaba de frente con la fiereza indómita de Alexa. La presión erecta y dura de su cuerpo contra la cadera de ella hacía estragos en el juicio de ella, quien se aferraba a la solapa del traje del Alfa con las uñas clavadas en la tela. El aire en el despacho olía a fuego, pino quemado y a una necesidad salvaje que amenazaba con devorarlos sobre el mármol.De pronto, el chasquido metálico de la cerradura resonó en el silencio de la entrada. La puerta de caoba se abrió de par en par con absoluta desenvoltura, revelando a una mujer alta, despampanante, vestida con un traje ceñido de alta costura y tacones de vértigo.Samara.Como secretaria personal y encargada de la logística de viajes internacionales del Alfa, poseía acceso libre al despacho sin necesidad de anunciarse con Elena. Pero la sonrisa autosuficiente que traía en los labios se congeló de golpe al presenciar la escena.Damián
El traslado al área de creatividad no le dio un solo segundo de respiro. Durante dos horas intensas, Alexa se instaló frente a las pantallas del departamento de publicidad junto al señor Smith. Sus dedos volaban sobre el teclado con una destreza feroz, puliendo cada línea del dossier, reformulando los textos del folleto y reorganizando la narrativa del hotel campestre en el Caribe bajo la mirada entre sorprendida y maravillada del jefe de creativos.A la una y cincuenta de la tarde, Alexa y el señor Smith ingresaron de nuevo al despacho de la presidencia. Damián Vane los esperaba de pie junto al enorme ventanal, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón de vestir y la chaqueta apoyada en el respaldo de su sillón. La camisa negra, con las mangas arremangadas hasta los antebrazos, dejaba al descubierto unos brazos firmes y marcados que exudaban una masculinidad brutal.—Está listo, señor Vane —anunció el señor Smith, proyectando en la pantalla principal la nueva propuesta gráf
Alexa terminó de acomodar sus carpetas en la mesa auxiliar cuando el pesado chasquido de la puerta de caoba rompió el silencio. Damián Vane emergió de la sala de juntas, imponente y magnético en su traje de corte perfecto. Su presencia llenaba el espacio con una densidad casi palpable, emanando esa masculinidad dominante que a Alexa le aceleraba el pulso de forma inevitable. Detrás de él caminaban dos hombres con el rostro desencajado por la tensión: el abogado senior de la firma y el jefe del departamento de publicidad.—Elena, señorita Grey —la voz de Damián resonó grave, profunda y carente de rodeos—. A mi despacho. Abran la libreta de actas y tomen nota de esto.Alexa cruzó el umbral tras Elena, sintiendo cómo el intenso aroma a madera de pino y tierra mojada la envolvia de inmediato. La amplia oficina respiraba un lujo sobrio: grandes ventanales, tonos oscuros y una enorme mesa de reuniones repleta de planos y carpetas de la empresa.—Repítales el desastre, Licenciado Rivas —orde







