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Capítulo 3

Author: Frimontaña
Alejandro me dio unas palmaditas en la cara, con el rostro lleno de burla: —¿De verdad crees que Ramiro podría fijarse en ti?

—Además, todo el mundo sabe que eres mi perrito faldero. ¿Ramiro casándose contigo? ¿No le daría vergüenza?

No esperaba que Alejandro me despreciara hasta ese punto.

Pero no quise explicarle nada y, impaciente, respondí: —Si es así, entonces espera y verás.

Dicho esto, me di la vuelta para irme.

Alejandro me agarró de la muñeca de inmediato, con el rostro helado: —¿Quién te dijo que podías irte?

Sentí que algo no iba bien y pregunté con frialdad: —¿Qué es lo que quieres hacer?

Alejandro me empujó dentro del reservado. Los demás se miraron entre sí y salieron uno tras otro.

Solo quedó un hombre con gorra.

Era un rostro desconocido. No lo había visto nunca y, por su aspecto, no parecía alguien adinerado.

Mi instinto me gritó que era peligroso.

Retrocedí unos pasos y miré a Alejandro con rabia: —¿Qué demonios piensas hacer?

Vi cómo él también retrocedía un par de pasos y sacaba el celular.

Mientras tanto, aquel hombre empezó a desvestirse.

Paloma, a un lado, dijo con suficiencia: —Isabela, ¿cómo puedes tener la piel tan gruesa?

—Sabiendo que Alejandro no te quiere, todavía intentas forzarlo a casarse usando a tu padre...

—Si tanto te gusta obligar a los demás, esta noche deja que tú también pruebes lo que es ser obligada.

En ese instante comprendí lo que Alejandro planeaba hacer. Abrí los ojos, incrédula: —¿Quieres que otro hombre me humille?

Aunque estaba profundamente decepcionada de él y ya había decidido cortar toda relación, jamás imaginé que pudiera ser tan vil.

Ya había dicho claramente que no pensaba casarme con él.

¿Por qué, aun así, quería someterme a semejante humillación?

Con la voz quebrada, dije: —Aunque no quieras casarte conmigo, aunque te moleste que siempre haya insistido...

—¡Crecimos juntos!

—¡Y además, ni siquiera te elegí a ti para casarme!

Alejandro me miró, con una lucha evidente en los ojos.

Finalmente dijo: —No te preocupes. Él no se acostará contigo; solo necesitas cooperar para tomar unas fotos.

—Esas fotos no se harán públicas. Solo las usaré para romper el compromiso.

—Después de eso, seguiremos siendo buenos amigos.

Qué ridículo.

¿De verdad creía que, después de algo así, yo aún podría ser su amiga?

En mi vida pasada, ¿hasta qué punto tuve que haberme rebajado para que me despreciara de esta manera?

Paloma, impaciente, apuró: —No pierdas tiempo con ella. ¡Gustavo, date prisa!

Gustavo sacó un frasco con espray y lo roció hacia mí.

Me cubrí la boca y la nariz, pero aun así inhalé un poco.

Al instante, una oleada de calor recorrió todo mi cuerpo.

Al ver a Gustavo acercarse, retrocedí aterrada y pregunté: —¿Qué me acabas de rociar?

Gustavo respondió con una sonrisa satisfecha: —Tranquila, solo algo para que te sientas bien.

Alejandro se quedó sorprendido y, enfadado, dijo: —¡Te dije que solo era una farsa! ¿Para qué le echaste eso?

Gustavo miró nervioso a Paloma.

Ella se aferró enseguida al brazo de Alejandro y preguntó: —¿Te duele el corazón por ella?

—Piénsalo bien. Sin usar algún método, ¿crees que esas fotos servirían de algo?

—Cuando papá y mamá las vean, se darán cuenta enseguida de que Isabela fue forzada.

—Y entonces, estaremos acabados.

La expresión de Alejandro vaciló al instante.

Negué con la cabeza, desesperada: —Alejandro, si no quieres que esto se vuelva irreversible, ¡llévame ahora mismo al hospital!

—¡Si no, mi padre no los dejará en paz!

Pero Alejandro respondió con frialdad: —No lo hará. Tu padre te quiere demasiado y no querrá armar un escándalo que destruya tu reputación.

—Además, Paloma tiene razón.

—No te preocupes, estaré aquí vigilando. Jamás permitiré que él se acueste contigo.

Todo mi cuerpo empezó a temblar de rabia.

¿Qué significaba eso?

¿Que mientras no hubiera sexo, permitiría que Gustavo me hiciera cualquier otra cosa?

Apreté los dientes y escupí: —¡Eres un animal!

Gustavo, al ver mis ojos humedecidos y alterados, tragó saliva con excitación: —Mejor guarda fuerzas y sírveme bien.

Dicho esto, se lanzó sobre mí.

Me mordí el labio, preparada para resistir con todas mis fuerzas.

En ese momento, la puerta fue pateada violentamente y se abrió de golpe.

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