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El último giro de la llave resonó en el silencio de la noche. Exhalé despacio, intentando espantar el cansancio que me pesaba en cada músculo. Me acomodé el bolso al hombro y miré la hora en mi celular: ya pasaban de las doce de la madrugada. Ana, mi jefa, me había pedido que cerrara el café esa noche, diciendo que tenía un asunto urgente. No tuve más remedio que aceptar, aunque necesitaba estudiar para mi examen de mañana.
Todo sea por no perder el trabajo, pensé, soltando un suspiro.
Las calles estaban vacías, sumergidas en una calma oscura que solo rompía el resplandor tenue de las farolas. No era la primera vez que caminaba sola a esta hora, pero eso no lo hacía menos aterrador. Instintivamente, aceleré el paso, abrazándome a mí misma para luchar contra el frío que me erizaba la piel.
Por no ponerme un suéter…, me reproché en voz baja, mientras el viento se colaba por las mangas cortas de mi blusa.
De pronto, el tono de mi teléfono rompió el silencio. Lo saqué rápido del bolsillo: era Jenny, mi mejor amiga. Sentí un alivio instantáneo. Deslicé el dedo por la pantalla para contestar, pero antes de acercarlo a mi oído, algo me rodeó bruscamente por la cintura.
Unos brazos fuertes me atraparon como grilletes de hierro. Antes de que pudiera gritar, una mano áspera me tapó la boca. El celular se me resbaló de los dedos y cayó al suelo, con la pantalla todavía encendida, mostrando el nombre de Jenny.
Luché con desesperación. Pateé, arañé, traté de morder la mano que me callaba, pero eran mucho más fuertes. Me arrastraron hacia un auto negro estacionado a pocos metros; sus voces roncas se mezclaban con el caos en mi cabeza.
—¡Deja de moverte, maldita perra! —gruñó uno, frustrado.
—No la golpees —lo detuvo el otro—. La señora se va a enfadar si la entregamos así. Sabes que no le gusta que dañen la mercancía.
¿Mercancía?
Sentí que el corazón se me encogía. No sabía quiénes eran ni qué querían, pero esa palabra retumbaba en mi mente con un eco aterrador. Seguí luchando, negándome a rendirme.
No… no así…
Siempre he sido terca, he nacido para no rendirme jamás. Pero entonces un golpe seco en la sien me apagó las fuerzas. El dolor estalló en mi cabeza y todo empezó a oscurecerse. Apenas alcancé a oír cómo abrían la cajuela antes de sentir que me lanzaban dentro.
—Arranca —ordenó una voz.
El motor rugió y el auto se puso en marcha. Allí estaba yo, en la oscuridad total, temblando, con la cara cubierta y el mundo desmoronándose a mi alrededor. Solo sentía miedo puro. No sabía adónde me llevaban ni qué me harían, pero tenía claro que nada volvería a ser igual.
Mi teléfono se quedó en la acera, parpadeando hasta apagarse por completo.
El auto frenó de golpe. Temblando por dentro, me preparé para lo que viniera. Se abrió la cajuela y escuché las mismas voces. Aún mareada y con dolor en la cabeza, traté de orientarme mientras me bajaban. No iba a rendirme. En cuanto sentí el suelo bajo los pies, intenté huir de nuevo: patadas, empujones, todo lo que pude. Fue inútil. Me sujetaron con la misma brutalidad de antes.
—¿Qué le pasa a esta? Ninguna había luchado tanto —se quejó uno, molesto—. Es muy pesada.
—Cállate y llévala adentro. Yo aparco —respondió el otro con frialdad.
El que me sostenía me arrastró hacia un edificio viejo que parecía una sombra entre la niebla. Paredes desgastadas, sin ventanas visibles, como a punto de derrumbarse. Un escalofrío me recorrió la espalda al cruzar la puerta. El aire era denso, húmedo, con olor a moho que me revolvía el estómago. Me empujaron por un pasillo estrecho y oscuro hasta una habitación, y de un empujón caí sobre un sofá destartalado. Respiraba agitada, miré todo a mi alrededor buscando una salida, una esperanza, lo que fuera.
Entonces lo vi sonreír. Se acercó despacio, con pasos calculados, y esa sonrisa me heló la sangre.
—Eres muy molesta… pero también eres hermosa —dijo con voz baja y sucia—. Qué desperdicio entregarte así. Podrías servirme más a mí.
Lo miré horrorizada mientras se desabrochaba el pantalón.
—Será nuestro secreto —susurró—. Prometo no ser tan brusco.
Me eché todo lo que pude hacia atrás, encerrada entre él y el respaldo del sofá. Me cubrí con las manos, temblando, con las lágrimas acumulándose en mis ojos.
—Por favor… no lo hagas —supliqué con la voz rota. Cerré los ojos con fuerza, gritando por dentro, rogando que alguien o algo me salvara.
Me quedé pensativa por un momento, pero algo en mí no podía evitar seguir cuestionando todo esto.—Tengo una duda, pero no es sobre el contrato. Me gustaría saber por qué me ofrece tantas cosas y dinero. No lo entiendo.Él hizo un gesto con las manos, trono los dedos, y luego me miró de nuevo con esa intensidad que me mantenía paralizada.—Porque... —desvió la mirada brevemente antes de volver a centrarla en mí. —Te voy a arruinar la vida, te la voy a destruir tanto en estos seis meses... Vivirás en un infierno, te lastimaré solo para obtener mi propia satisfacción. Simplemente por eso lo hago.Su tono de voz no mostró piedad, pero algo en mí no pudo apartar la mirada de él. Aunque sus palabras debían hacerme huir, seguí sentada ahí, frente a él, mirando su rostro con una mezcla de miedo y algo más.—Entonces... eso es todo... mi señor. —dije en voz baja, colocando el contrato sobre el escritorio.—Bien, entonces fírmalo. —me dijo, extendiéndome una pluma.Mis manos temblaban ligerame
—Todo tiene condiciones en esta vida, Yia. —Su voz sonó fría, pero la ligera sonrisa que apareció en sus labios me hizo sentir una extraña corriente recorrer todo mi cuerpo. —A cambio, quiero tu silencio y discreción sobre todo esto.—¿Y qué pasa si llego a decir algo? —Pregunté, sin poder evitar un leve temblor en la voz.Una chispa roja apareció fugazmente en su mirada, como si se transformara en algo mucho más peligroso. Mi instinto me advirtió que no debía cruzar una línea con él.—Continúa leyendo y sabrás las consecuencias de romper alguna regla.El tono de su voz me heló, y me sentí como si estuviera a punto de caer en una trampa. Haciéndome sentir una presión creciente. Sentí mis mejillas arder de vergüenza, pero no pude evitarlo. Mi cuerpo reaccionaba, y era difícil ignorarlo.Apreté las piernas, intentando ignorar la tensión que se acumulaba en mi pecho. Bajé la mirada y volví a leer el contrato, mientras mi mente intentaba procesar todo lo que estaba sucediendo.—¿Por qué t
Cuando mi dominante se percató de que había terminado de leer, me miró durante unos segundos antes de detener el auto.—¿Ya lo leyó todo? —Me preguntó, mientras bajaba del auto y abría la puerta para que saliera.Recordé las reglas que había leído en el folder: la sumisa siempre debe dirigirse a su dominante con respeto, usando "mi señor" o "amo", a menos que él me permitiera llamarlo por su nombre. Al pensar en eso, me sentí incómoda, pero respondí de la manera que se esperaba.—Sí... Amo... —La vergüenza me invadió al llamarlo de esa forma.Cuando levanté la vista, me encontré con su rostro serio. No entendía, ya que en el documento decía que debía dirigirme a él así.—Esas normas no cuentan conmigo, solo con el señor Teylor. A mí me puede llamar Oliver.Ahora fui yo quien lo miró confundida. ¿Cómo que solo cuentan con el señor Teylor? ¿Acaso no era él quien me había comprado?—Disculpe, Oliver... ¿No fue usted quien me compró en la subasta?Por primera vez lo vi sonreír. Su sonrisa
Me envolvió en un abrazo repentino, casi desesperado, como si quisiera grabar este momento en su memoria. Antes de separarse, disimuladamente limpió una lágrima que rodaba por su mejilla.El hombre me dedicó una sonrisa amable antes de tomar a Sol del brazo y conducirla hacia la salida. Los vi perderse entre la multitud, y mi pecho se llenó de una mezcla de tristeza y soledad. Ahora estaba sola.Los pensamientos comenzaron a inundar mi mente. ¿Estarán bien? ¿Cómo serán sus vidas ahora? ¿Y la mía? ¿Quién será mi comprador? ¿Por qué siento esta inquietud creciendo dentro de mí?Tan absorta estaba en mis cavilaciones que no noté que alguien se había acercado hasta quedar parado junto a mí. Al alzar la mirada, lo vi: era un hombre alto, de piel clara, aunque ligeramente bronceada, con un semblante serio y una expresión que imponía respeto. Debía tener unos treinta años, tal vez menos, pero su presencia era intimidante.—Yia.Mi nombre salió de sus labios con una autoridad que me hizo estr
—¿Cómo sabes que es caliente?—Intuición —respondió encogiéndose de hombros. Negué con la cabeza.—¿Qué dice el tuyo, Sol? —la interrogué, y ella levantó la vista lentamente.—Bruno Vasco, 26 años, España. Punto de encuentro: aeropuerto —contestó sin mostrar emoción alguna.Desde que ese hombre la había comprado, Sol había estado actuando de forma extraña. En el tiempo que llevaba con ella, había aprendido que cuando se comportaba así era porque estaba ocultando o evitando algo.—El mío dice: Marco Campbell, 59 años, Escocia. Punto de encuentro: aeropuerto —suspiré con pesadez. Realmente me sentía mal por Susan.Me acerqué a ella y la abracé. No tardó en corresponderme, enterrando su rostro en el hueco de mi cuello y hombro. Me apretó con tanta fuerza que llegó a doler, pero no quise decirle nada. No podía. Se veía tan vulnerable en ese momento.—Muy bien, ¿ya están todas listas? —la voz de Madame de la Crow resonó en la sala, obligándonos a separarnos. Susan se apresuró a secar sus l
—Veinticinco millones —declaró con firmeza.El auditorio quedó en shock; incluso Madame no pudo ocultar su sorpresa, aunque recuperó la compostura de inmediato. Alguien más pareció dispuesto a pujar, pero una sola mirada del joven lo calló.—Si nadie ofrece más… ¡vendida al caballero del traje azul!Susan y Yia observaron a Sol regresar sin expresión visible. Al llegar a su lado, tomó la mano de Yia con un poco más de fuerza. Yia sabía que estaba asustada igual que ella, pero la ocultaba mejor; ella, en cambio, seguía luchando por mantener la calma.—Susan.El pecho de Yia se tensó al verla avanzar. Caminó con la cabeza en alto, aunque sabía que por dentro estaba tan aterrorizada como las demás. Al descubrir su rostro, Madame dijo:—Esta linda joven de mejillas sonrosadas cumplió veinte años hace poco. La subasta comienza con veinte millones.Silencio. Luego una voz grave:—Doy veinte millones por la rubia.Era un hombre mayor, de unos sesenta a setenta años.—Veintidós —ofreció otro,







