ログインSentí cómo algo caliente y viscoso me salpicaba el rostro. Abrí los ojos lentamente, y lo que vi me llenó de terror. El hombre que había intentado lastimarme tenía una espada atravesada en el cuello. Quise gritar, pero el sonido se atoró en mi garganta. Cayó al suelo, ahogándose con su propia sangre, que burbujeaba por su boca mientras agonizaba.
Fue entonces cuando vi a la mujer que me había salvado. Era una figura imponente, de unos cincuenta años, elegante y muy bien conservada. Su cabello rubio caía en ondas sobre sus hombros, y sus ojos negros y gatunos brillaban con una mezcla de frialdad y determinación. Observó al hombre en el suelo con desdén antes de escupir las palabras:
—Maldita escoria.
Por un momento pensé que estaba allí para ayudarme, pero mis esperanzas se desmoronaron con la siguiente frase:
—¡Cómo te atreves a tocar a una de mis chicas!
Se volvió hacia mí y me dedicó una sonrisa glacial.
—Eres más hermosa en persona —dijo con un tono casi halagador—. Me presento, soy Madame de la Crow.
Miré al hombre que yacía en el suelo mientras intentaba procesar lo que estaba ocurriendo. Mi mente estaba en caos, y el miedo me paralizaba. Me miró con atención y preguntó:
—¿Te encuentras bien? No te lastimó, ¿verdad?
Incapaz de responder, formulé una pregunta con voz temblorosa:
—¿Cómo sabe mi nombre?
Sonrió nuevamente, aunque esta vez con un toque de malicia. Antes de que pudiera responder, entró el otro hombre que me había llevado al edificio. Su mirada se posó en el cuerpo inerte de su compañero y luego se dirigió a ella:
—Madame… —comenzó a decir, pero ella lo interrumpió con un gesto de la mano.
—Saca el cuerpo de aquí. Y recuerda: sabes que no me gusta que toquen a mis chicas.
El hombre asintió sin decir nada y arrastró el cuerpo fuera de la habitación. Una vez solas, se acercó a mí, que seguía temblando, y me ofreció un pañuelo con elegancia.
—Límpiate la sangre, linda. Ahora tu vida va a cambiar por completo. Serás parte de mi organización y harás exactamente lo que yo diga.
Lo tomé con manos temblorosas, tratando de asimilar lo que acababa de escuchar. Mi voz salió entrecortada:
—¿A qué se refiere?
Se cruzó de brazos y me miró con una franqueza cruel.
—Mis hombres secuestran jovencitas hermosas, jóvenes y vírgenes, para venderlas al mejor postor. ¿Y sabes qué? Tú eres una de ellas.
El corazón se me heló. Mi sangre pareció detenerse mientras procesaba aquellas palabras. Sacudí la cabeza con incredulidad.
—Yo no puedo hacer eso —dije con firmeza, aunque el miedo era evidente en mi voz.
Su sonrisa desapareció, reemplazada por una expresión fría y despiadada.
—Oh, claro que lo harás. Porque si no lo haces, no tienes idea de lo que soy capaz de hacerte.
La amabilidad inicial se desvaneció por completo, dejando al descubierto a una mujer calculadora y cruel. Retrocedí instintivamente, pero no tenía a dónde ir. En ese momento regresó el hombre. Ella lo miró y dio la orden con frialdad:
—Lleva a Yia con las demás.
Comencé a forcejear nuevamente, pero fue en vano. Me sujetó con fuerza y me arrastró fuera de la habitación. Mis gritos y pataleos se apagaron mientras me llevaban hacia mi destino, y una desesperación sin fondo se apoderó de mi corazón.
Me llevó a un cuarto, lo abrió rápidamente y me lanzó al suelo. Solté un gemido por el impacto, mientras se burlaba de mí diciendo que eso y más me merecía por haber causado la muerte de su amigo. Después cerró la puerta de un portazo y me dejó sola. Me incorporé lentamente y miré a mi alrededor: la habitación estaba llena de mujeres, más de una docena, con expresiones que oscilaban entre el miedo y la resignación.
Una chica de cabello rubio se acercó y me tendió la mano para ayudarme a levantarme.
—¿Estás bien? —preguntó.
—¿Ustedes…? —empecé a decir, pero me interrumpió.
—Estamos aquí como tú —respondió, antes de presentarse—. Me llamo Susan.
Intenté contener las lágrimas, pero comenzaron a caer por mi rostro. Me miró con compasión, pero antes de que pudiera decir algo más, una voz firme se escuchó desde el otro lado del cuarto:
—Deberíamos dormir. Mañana tendremos que levantarnos temprano para el ensayo —dijo una chica de cabello castaño, que luego agregó—: Por cierto, soy Sol.
Confundida, pregunté:
—¿Ensayo?
Suspiró y me miró con seriedad.
—Dentro de una semana, Madame de la Crow hará una subasta con nosotras. Nos venderá al mejor postor.
—¿Pero cómo es posible que haga algo tan horrible con nosotras? —cuestioné, incrédula.
—Todo se reduce al maldito dinero. Esa vieja bruja solo busca hacerse rica a costa de nuestro sufrimiento —dijo con amargura—. Yo solo estoy esperando a que alguien me compre y salir de esta maldita cárcel.
Susan, tratando de calmar el ambiente, se dirigió a mí nuevamente:
—Ven. Dime cómo te llamas.
—Yia —respondí, casi en un susurro.
—Yia, debemos dormir juntas. Hay pocas camas, así que es mejor compartir.
Sin saber cómo reaccionar, la seguí hacia una de las camas. Mientras nos acomodábamos, mi mente seguía llena de preguntas. Tenía claro que quería escapar, pero ¿cómo? Y ¿por qué algunas de las chicas parecían tan tranquilas, como si estuvieran acostumbradas a esta situación?
Cuando ya estábamos acostadas, se inclinó hacia mí y me susurró al oído:
—No solo deberías tener cuidado de Madame. Algunas de las mujeres están aquí por elección. Ellas no son subastadas, solo rentadas. Pero el resto… nos obligaron a estar aquí. A veces pueden sentir celos por la llegada de las nuevas. Solo Dios sabe qué harán con nosotras.
Fijé la mirada en el techo, incapaz de dormir. El corazón me latía con fuerza mientras una única pregunta resonaba en mi mente: ¿Qué sería de mi vida de ahora en adelante?
Me quedé pensativa por un momento, pero algo en mí no podía evitar seguir cuestionando todo esto.—Tengo una duda, pero no es sobre el contrato. Me gustaría saber por qué me ofrece tantas cosas y dinero. No lo entiendo.Él hizo un gesto con las manos, trono los dedos, y luego me miró de nuevo con esa intensidad que me mantenía paralizada.—Porque... —desvió la mirada brevemente antes de volver a centrarla en mí. —Te voy a arruinar la vida, te la voy a destruir tanto en estos seis meses... Vivirás en un infierno, te lastimaré solo para obtener mi propia satisfacción. Simplemente por eso lo hago.Su tono de voz no mostró piedad, pero algo en mí no pudo apartar la mirada de él. Aunque sus palabras debían hacerme huir, seguí sentada ahí, frente a él, mirando su rostro con una mezcla de miedo y algo más.—Entonces... eso es todo... mi señor. —dije en voz baja, colocando el contrato sobre el escritorio.—Bien, entonces fírmalo. —me dijo, extendiéndome una pluma.Mis manos temblaban ligerame
—Todo tiene condiciones en esta vida, Yia. —Su voz sonó fría, pero la ligera sonrisa que apareció en sus labios me hizo sentir una extraña corriente recorrer todo mi cuerpo. —A cambio, quiero tu silencio y discreción sobre todo esto.—¿Y qué pasa si llego a decir algo? —Pregunté, sin poder evitar un leve temblor en la voz.Una chispa roja apareció fugazmente en su mirada, como si se transformara en algo mucho más peligroso. Mi instinto me advirtió que no debía cruzar una línea con él.—Continúa leyendo y sabrás las consecuencias de romper alguna regla.El tono de su voz me heló, y me sentí como si estuviera a punto de caer en una trampa. Haciéndome sentir una presión creciente. Sentí mis mejillas arder de vergüenza, pero no pude evitarlo. Mi cuerpo reaccionaba, y era difícil ignorarlo.Apreté las piernas, intentando ignorar la tensión que se acumulaba en mi pecho. Bajé la mirada y volví a leer el contrato, mientras mi mente intentaba procesar todo lo que estaba sucediendo.—¿Por qué t
Cuando mi dominante se percató de que había terminado de leer, me miró durante unos segundos antes de detener el auto.—¿Ya lo leyó todo? —Me preguntó, mientras bajaba del auto y abría la puerta para que saliera.Recordé las reglas que había leído en el folder: la sumisa siempre debe dirigirse a su dominante con respeto, usando "mi señor" o "amo", a menos que él me permitiera llamarlo por su nombre. Al pensar en eso, me sentí incómoda, pero respondí de la manera que se esperaba.—Sí... Amo... —La vergüenza me invadió al llamarlo de esa forma.Cuando levanté la vista, me encontré con su rostro serio. No entendía, ya que en el documento decía que debía dirigirme a él así.—Esas normas no cuentan conmigo, solo con el señor Teylor. A mí me puede llamar Oliver.Ahora fui yo quien lo miró confundida. ¿Cómo que solo cuentan con el señor Teylor? ¿Acaso no era él quien me había comprado?—Disculpe, Oliver... ¿No fue usted quien me compró en la subasta?Por primera vez lo vi sonreír. Su sonrisa
Me envolvió en un abrazo repentino, casi desesperado, como si quisiera grabar este momento en su memoria. Antes de separarse, disimuladamente limpió una lágrima que rodaba por su mejilla.El hombre me dedicó una sonrisa amable antes de tomar a Sol del brazo y conducirla hacia la salida. Los vi perderse entre la multitud, y mi pecho se llenó de una mezcla de tristeza y soledad. Ahora estaba sola.Los pensamientos comenzaron a inundar mi mente. ¿Estarán bien? ¿Cómo serán sus vidas ahora? ¿Y la mía? ¿Quién será mi comprador? ¿Por qué siento esta inquietud creciendo dentro de mí?Tan absorta estaba en mis cavilaciones que no noté que alguien se había acercado hasta quedar parado junto a mí. Al alzar la mirada, lo vi: era un hombre alto, de piel clara, aunque ligeramente bronceada, con un semblante serio y una expresión que imponía respeto. Debía tener unos treinta años, tal vez menos, pero su presencia era intimidante.—Yia.Mi nombre salió de sus labios con una autoridad que me hizo estr
—¿Cómo sabes que es caliente?—Intuición —respondió encogiéndose de hombros. Negué con la cabeza.—¿Qué dice el tuyo, Sol? —la interrogué, y ella levantó la vista lentamente.—Bruno Vasco, 26 años, España. Punto de encuentro: aeropuerto —contestó sin mostrar emoción alguna.Desde que ese hombre la había comprado, Sol había estado actuando de forma extraña. En el tiempo que llevaba con ella, había aprendido que cuando se comportaba así era porque estaba ocultando o evitando algo.—El mío dice: Marco Campbell, 59 años, Escocia. Punto de encuentro: aeropuerto —suspiré con pesadez. Realmente me sentía mal por Susan.Me acerqué a ella y la abracé. No tardó en corresponderme, enterrando su rostro en el hueco de mi cuello y hombro. Me apretó con tanta fuerza que llegó a doler, pero no quise decirle nada. No podía. Se veía tan vulnerable en ese momento.—Muy bien, ¿ya están todas listas? —la voz de Madame de la Crow resonó en la sala, obligándonos a separarnos. Susan se apresuró a secar sus l
—Veinticinco millones —declaró con firmeza.El auditorio quedó en shock; incluso Madame no pudo ocultar su sorpresa, aunque recuperó la compostura de inmediato. Alguien más pareció dispuesto a pujar, pero una sola mirada del joven lo calló.—Si nadie ofrece más… ¡vendida al caballero del traje azul!Susan y Yia observaron a Sol regresar sin expresión visible. Al llegar a su lado, tomó la mano de Yia con un poco más de fuerza. Yia sabía que estaba asustada igual que ella, pero la ocultaba mejor; ella, en cambio, seguía luchando por mantener la calma.—Susan.El pecho de Yia se tensó al verla avanzar. Caminó con la cabeza en alto, aunque sabía que por dentro estaba tan aterrorizada como las demás. Al descubrir su rostro, Madame dijo:—Esta linda joven de mejillas sonrosadas cumplió veinte años hace poco. La subasta comienza con veinte millones.Silencio. Luego una voz grave:—Doy veinte millones por la rubia.Era un hombre mayor, de unos sesenta a setenta años.—Veintidós —ofreció otro,







