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last update 公開日: 2026-10-27 10:24:59

Las palabras de Susan no eliminaron el miedo, ni la repulsión que sentía, pero me dieron algo que hacía mucho tiempo no sentía: un poco de consuelo, un refugio en medio de la tormenta. Aunque todo estaba en mi contra, sabía que no estaría completamente sola en esta pesadilla.

Pero, al mismo tiempo, había una sensación amarga en el aire, algo que no podía evitar. Este podría ser el último día que pasáramos juntas, la última vez que nos viéramos antes de ser separadas por el destino cruel que nos esperaba. Un futuro incierto, lleno de horrores que ni siquiera podía imaginar, pero que sentía venir como una ola arrolladora.

La música comenzó a sonar suavemente en el fondo, marcando el inicio de la subasta. Las chicas empezaron a caminar una vez más, mientras los hombres comenzaban a murmurar y susurrarse entre sí, evaluando, negociando. Yo no podía dejar de mirar el suelo, no podía enfrentar la mirada de esos hombres, pero al mismo tiempo no podía apartar la vista de Susan. Su mano seguía siendo un ancla en ese mar de desesperación.

Intenté mantener la mirada fija en el suelo, en mis pies, en cualquier cosa que pudiera distraerme de la sala llena de miradas hambrientas. Pero cuando levanté la cabeza por un segundo, mi vista se cruzó con la de un hombre en el público, y un estremecimiento recorrió mi cuerpo. Lo primero que noté fue que era el único que llevaba un cubrebocas, una pieza negra que le cubría la mitad inferior del rostro, como una sombra que lo ocultaba del mundo. Eso lo hacía aún más enigmático, pero al mismo tiempo más peligroso. La falta de expresión en su rostro solo añadía misterio a su figura.

Era difícil decir si era mayor o no. El cubrebocas lo tapaba casi por completo, y su postura, firme y segura, solo sugería que estaba acostumbrado a estar en el centro de atención. A pesar de esa cobertura parcial, lo que más me impactó fueron sus ojos: dos orbes oscuros, intensos, que parecían penetrarme sin esfuerzo. Esa mirada me atrapó, no me permitió apartarme, y un cosquilleo extraño recorrió mi piel. Era como si algo invisible me uniera a él, un lazo que no entendía, pero que me inquietaba profundamente.

Por un momento, dejé de ser consciente del lugar que me rodeaba. El ruido de la sala se desvaneció, y todo lo que quedaba era esa mirada que me absorbía por completo. Sus ojos negros eran tan penetrantes que sentí como si me estuviera juzgando, evaluando, no como los demás hombres, sino de una manera mucho más profunda, más silenciosa. ¿Qué quería de mí? ¿Por qué me sentía tan vulnerable ante un desconocido que ni siquiera mostraba su rostro? Era absurdo, lo sabía, pero por alguna razón sentía una conexión inexplicable, como si algo en mi interior respondiera a su presencia.

Tratando de no ceder a esa extraña sensación, aparté la vista rápidamente, dirigiéndola hacia cualquier otro rincón oscuro de la sala, hacia el suelo, hacia las chicas que aún pasaban por la pasarela. Pero no podía dejar de sentir esa presencia en el aire, como si él me estuviera observando fijamente, como si pudiera sentir su mirada en cada fibra de mi ser.

En ese momento, la voz de Madame volvió a sonar, cortando el tenso silencio que se había apoderado de la sala.

—Muy bien, caballeros —dijo Madame, y su tono pareció aún más autoritario que antes—. Comenzaremos con la subasta. Espero que estén listos, porque hoy tienen una oportunidad única de obtener lo mejor que tenemos para ofrecer.

El sonido de su voz pareció arrastrarme de vuelta a la realidad.

Pero aun así, no podía dejar de preguntarme: ¿por qué ese hombre me había mirado así?

Madame de la Crow subió al escenario con un micrófono en la mano. Todas formaron una fila mirando al frente, aún con las máscaras cubriéndoles media cara, de modo que los hombres no podían verlas por completo. Según Madame, aquello era parte del juego, una forma de avivar el deseo y la tentación.

Cuando empezaron a llamarlas una por una, los nervios de Yia la traicionaron; sintió un nudo en el estómago y el miedo la paralizó. Sol sostuvo su mano izquierda y Susan la derecha, tratando de darle apoyo. Yia les dio las gracias con la mirada: en aquel momento, su gesto lo era todo.

Una a una fueron llamándolas. Al llegar al frente, cada mujer se retiraba la máscara para que los presentes pudieran verlas con claridad.

—Susi —anunció Madame de la Crow.

Era la chica que había estado molestando a Yia en los vestidores la semana anterior. Avanzó con paso decidido hasta colocarse junto a ella y se quitó la máscara con cuidado.

—Tiene veinticuatro años. La salida es de quince millones. ¿Quién empieza?

El auditorio guardó silencio. Algunos hombres se miraron entre sí, susurraron y la señalaron, pero nadie hizo una oferta.

—¿Nadie? ¿Qué les parece diez millones? —insistió Madame.

El silencio continuó. Finalmente, la enviaron detrás del escenario; antes de desaparecer, lanzó a Yia una mirada llena de odio. Yia no sabía si era su culpa, pero no pudo evitar sentirse responsable.

El tiempo avanzó y las mujeres fueron subastadas una tras otra. Algunas despertaron pujas encarnizadas con cifras altísimas; otras se vendieron de inmediato; y otras, como Susi, no interesaron a nadie. Mientras tanto, Sol y Susan siguieron sosteniendo las manos de Yia con discreción.

—Sol.

Yia sintió cómo su amiga apretaba su mano un instante antes de soltarse. Una punzada de angustia le atravesó el pecho al verla caminar hacia el frente.

—Tiene veinticinco años —dijo Madame—, pero que la edad no las engañe: posee una belleza espléndida. Por esta ocasión, la salida es de cinco millones.

Era evidente que intentaba humillarla por lo ocurrido en la subasta anterior. Sin embargo, antes de que el silencio se prolongara, un joven se puso de pie: vestía un impecable traje azul marino y se movía con abrumadora confianza. Su piel ligeramente bronceada, sus lentes y su porte autoritario lo hacían destacar.

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