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last update 公開日: 2026-10-27 10:24:18

Madame entró a la habitación con una sonrisa complacida, mirándome con una mirada que denotaba satisfacción.

—Estás hermosa —dijo con voz suave, casi melosa—. Realmente no me equivoqué contigo.

No podía evitar sentir repulsión por sus palabras. Cada vez que me miraba de esa forma, como si fuera una propiedad, un objeto que se podía moldear y vender, una parte de mí se rompía un poco más. Mi rostro se endureció, y mi cuerpo, vestido con aquel atuendo revelador, parecía volverse más pesado con cada palabra de la mujer.

—Linda —continuó Madame, acercándose lentamente—, no me mires así. Créeme, muchas de las mujeres que son subastadas viven vidas mejores que la que tenías antes. Estás por vivir una vida de lujo, algo que te mereces.

Tragué saliva, con la garganta apretada por la rabia que amenazaba con estallar. Las palabras de Madame eran como veneno, diseñadas para someterme, para hacerme creer que de alguna manera mi destino no era tan malo. Pero no podía callarme, no quería que ella pensara que estaba ganando.

—¿A cuántas de ellas les has preguntado? —respondí con furia, mi voz temblando de ira contenida—. Porque lo único que haces es venderlas, como si fueras una comerciante, y lo que importa al final es lo que el comprador pague, no lo que nos pasa después.

Madame se detuvo un momento, una mueca cruzando su rostro, su sonrisa se deshizo al instante. Sabía que había golpeado una fibra sensible, pero eso solo aumentaba mi desprecio. Sabía que todo lo que Madame decía era solo una fachada, una mentira para justificar lo que estaba haciendo. Los hombres que compraban a esas mujeres no se preocupaban por sus vidas, solo por su dinero, y Madame sabía bien que, tarde o temprano, todas terminarían igual: utilizadas y olvidadas, como mercancía que ya no tiene valor.

Madame apretó los labios, su rostro ahora serio y algo frío. Podía ver el cambio en su actitud, como si, por un momento, hubiera dejado caer la máscara de cortesía para mostrar su verdadera naturaleza.

—Es mejor que te apresures a salir —dijo finalmente, con voz autoritaria—. Muchos de nuestros clientes han viajado desde muy lejos solo para conocerte a ti.

Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. No quería seguir su orden, no quería ser parte de ese maldito espectáculo, pero sabía que no tenía opción. La puerta estaba abierta y Madame ya esperaba fuera, con la expectativa de que la siguiera sin protestar.

Levanté la barbilla, desafiando a la mujer con la mirada, pero por dentro sentía un nudo en el estómago. Estaba atrapada en mi propia pesadilla, y no había forma de escapar. Cada paso que daba hacia la puerta era un paso más hacia mi futuro incierto, hacia un destino que no había elegido, pero que parecía ser el único que me quedaba.

Mientras cruzaba el umbral, pensé en lo que venía a continuación. Mi vida se estaba reduciendo a una simple transacción. Podría ser comprada por cualquier hombre, desde un sádico sin escrúpulos hasta un asesino sin alma. Pero, en mi interior, una parte de mí aún se negaba a rendirse. No importaba lo que viniera, no iba a ser una más de las mujeres que perdían su humanidad por completo. Al menos, hasta que mi última respiración fuera tomada, seguiría luchando, aunque fuera solo en mi mente.

El aire estaba denso, pesado con el eco de murmullos y risas nerviosas. Apreté los labios y me toqué la máscara que me habían entregado, una máscara sencilla pero elegante, que cubría mi rostro, aunque ni siquiera esa tela parecía darme protección. La máscara no solo ocultaba mi identidad, sino que también me hacía sentir más distante de la realidad, como si no fuera más que una sombra de mí misma, preparada para ser observada, evaluada y, finalmente, vendida.

Cada chica estaba alineada frente al escenario, todas con sus propias máscaras, todas tan diferentes entre sí, pero unidas por un destino común. Podía sentir cómo el miedo, la ansiedad y una creciente repulsión se apoderaban de mí mientras todas hacíamos una especie de desfile, una pasarela en la que nos mostrábamos como si fuéramos piezas de arte o, peor aún, mercancía. Nuestros cuerpos se movían con una mezcla de gracia forzada y tristeza, pero el brillo en nuestros ojos delataba la lucha interna, el deseo de ser vistas como algo más que una simple propiedad.

El escenario no era muy grande, tal vez lo suficiente para albergar a unas cien personas, todas observando con atención, con el brillo de la codicia reflejado en sus miradas. La luz era tenue, creando un ambiente artificialmente cálido que contrastaba con la frialdad que sentía en mi pecho. El sonido de los tacones de las otras chicas resonaba en la sala mientras tomaban su lugar, cada una tomando su turno para caminar, posar y mostrar sus atributos como si fueran marionetas en una obra macabra.

Yo, como todas las demás, sabía que no era nada más que una vitrina, un escaparate de carne humana. En mi interior, sentía una mezcla de impotencia y furia. Pensaba en todo lo que me había llevado hasta ese momento y en todo lo que había perdido, pero también pensaba en nada, como si mi mente hubiera apagado cualquier pensamiento lógico para evitar volverme loca por la magnitud de lo que estaba sucediendo.

De repente, un murmullo se alzó en la sala cuando Madame apareció en el escenario, con su andar elegante y esa sonrisa fría y calculadora. Con una mano levantada, pidió silencio.

—Bienvenidos a todos, caballeros —dijo con voz suave pero firme, y la sala se quedó en silencio, expectante. Ella era la estrella del espectáculo, la directora de toda esta pesadilla—. Esta noche, como siempre, tendrán la oportunidad de adquirir lo mejor de lo mejor. Nuestras chicas son únicas, jóvenes, vírgenes y, por supuesto, dispuestas a cumplir con todos los deseos de sus nuevos dueños.

No podía dejar de mirar al público, y lo que vi me hizo estremecer. La mayoría de los hombres que se encontraban allí eran mayores, tal vez de unos setenta años, algunos más viejos, con caras arrugadas y cuerpos que delataban años de excesos. La repulsión que sentí fue tan fuerte que por un momento deseé poder desvanecerme, desaparecer entre las sombras.

¿Era esto lo que me esperaba? ¿Ser comprada por uno de esos hombres que, probablemente, me usarían y me olvidarían, como a tantas otras antes que yo?

Quise gritar, huir, pero algo me detuvo. En el último instante, cuando mi corazón amenazaba con salirse de mi pecho, sentí una mano cálida sobre la mía. Era Susan. La chica rubia que siempre me había apoyado, la que había estado junto a mí en las noches más oscuras.

Susan me miró con una pequeña sonrisa, tan suave y cálida que sentí que el peso de mi angustia se aligeraba un poco.

—Tranquila, Yia —susurró Susan, sin que nadie más pudiera escuchar—. Lo haremos juntas. No estás sola.

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