ANMELDENJANDRO
«Arrestaron a papá…»
El mensaje apareció en la parte superior de mi teléfono mientras revisaba las acciones en el balcón del ático de Sofía, y desapareció casi al instante. Por un segundo pensé que lo había imaginado.
Toqué deprisa la notificación de mi hermano y lo leí otra vez.
Arrestaron a papá.
Marqué su número de inmediato. El viento de la azotea me golpeó la cara, pero apenas lo noté.
—¿Por qué?
Lo primero que pensé fue en alguna imprudencia al volante, una pelea, un escándalo menor de los que mi padre sabía enterrar con una llamada.
—Uso de información privilegiada —respondió Ignacio—. Inversiones ilegales.
Papá siempre había sido un hombre de riesgos. Pero aquello era otra liga.
—Hablé con los abogados. Está en prisión preventiva y ahí se queda hasta la audiencia de mañana. Pero lo más probable es que se la nieguen, porque lo consideran un riesgo de fuga.
—¿Lo hizo?
—Se declara inocente. Pero si me preguntas mi opinión: digamos que no me extrañaría.
Cerré los ojos. Me dolió, y me dolió más que no me sorprendiera. Toda mi vida había intentado ser distinto de ese hombre, medir cada decisión, no apostar nunca lo que no pudiera perder. Y ahora su nombre, que también era el mío, amenazaba con arrastrarnos a todos.
—Tenemos que controlar la situación antes de que se haga pública.
—Exacto. —Ignacio soltó un aliento áspero—. El Grupo está bajo la lupa hasta que se sepa si papá usó recursos de la empresa y si hay alguien más involucrado. Quiero que tú y Ricardo vengan a la oficina de inmediato. Tenemos que convocar una reunión extraordinaria de la junta.
Colgó sin decir una palabra más. Ignacio nunca se despedía; decía que era una pérdida de tiempo.
Me quedé mirando la ciudad iluminada, miles de ventanas encendidas, miles de vidas que no sabían que la mía acababa de resquebrajarse. Había llamado a Sofía esa noche para dejar de pensar en Marisol, y no había funcionado. Había pasado las últimas horas con la cabeza en otra parte, en una sala de juntas, en una mirada que se sostuvo conmigo sin pestañear.
Entré para buscar mi chaqueta. El calor del ático me pareció sofocante.
—Hey —ronroneó la voz de Sofía desde el sofá, donde estaba envuelta en una manta—. ¿Ya te vas?
—Tengo que trabajar.
—¿A estas horas?
No respondí. Ella se levantó y vino hacia mí, descalza, con ese andar lento que siempre había sabido usar a su favor. Posó una mano sobre mi pecho.
—Podrías quedarte un rato más.
—Te llamo la próxima vez que necesite compañía para algún evento.
Sus uñas se clavaron levemente en mi camisa. Vi cómo la sonrisa se le endurecía.
—Eres un cretino.
Estaba acostumbrado. Con Sofía siempre había sido igual: cómodo, sin preguntas, sin que nadie esperara nada que yo no supiera dar. Esa noche, por primera vez, me pareció vacío.
—Está bien —dijo, y puso una sonrisa falsa—. Entonces me buscaré a otro hombre.
Si eso era un intento de darme celos, debería haberlo pensado mejor. Yo no era de esos.
Salvo cuando se trataba de la imagen de la mano de Gabriel en la espalda de Marisol.
—Haz lo que quieras.
Cuando iba hacia la puerta, me llamó.
—Alejandro.
Me detuve con la mano en el picaporte y la miré.
—¿Qué?
—Sabes que yo no comparto a mis hombres, ¿verdad? —Dudó, y por primera vez su voz perdió el filo—. No has estado con nadie más, ¿o sí?
JANDRO—¿Me estás escuchando? —La voz de Ricardo me trajo de vuelta a la conversación.Mis hermanos y yo estábamos sentados alrededor de una mesa en su oficina, analizando los estados financieros del Grupo Ferrer-Escudero del último trimestre, además de las proyecciones para los próximos seis meses.—Claro —dije. Y era cierto, aunque el recuerdo de mi reunión de esa mañana con Marisol ocupaba la mayor parte de mi atención.Me había sorprendido. Estaba casi convencido de que nuestro primer encuentro y lo que pasó entre nosotros había sido una coincidencia. El shock y el horror en su cara cuando insinué lo contrario habían sido lo bastante creíbles como para que una parte de mí, una parte diminuta, se sintiera mal por haberla acusado. Pero había mujeres capaces de hacer exactamente eso. Fuera de la cama, a lo largo de los años habían sido muchos los que habían orquestado encuentros conmigo y con mis hermanos para sacarnos algo.En nuestra posición, la confianza escaseaba. No estaba segur
MARISOL—¿Sabías quién era cuando te acercaste a mí en el bar?La pregunta de Alejandro Ferrer-Escudero me tomó completamente desprevenida.Lo miré fijamente, apretando los dedos alrededor de la correa de mi bolso. Había pasado todo el fin de semana preparándome para aquella reunión, eligiendo el atuendo perfecto y ensayando lo que diría. Sabía que volver a verlo sería incómodo, pero no esperaba que cuestionara mis intenciones.—No —respondí, intentando mantener firme la voz—. No lo sabía.Una de sus cejas oscuras se arqueó.—Entonces quizá quiera explicarme cómo terminó en mi cama aquella noche y, convenientemente, en mi oficina como parte del equipo que intenta conseguir un contrato con mi empresa.Se me cayó el estómago.¿En serio estaba insinuando que yo había planeado todo aquello?Nunca me había sentido tan insultada en mi vida.Me quedé de pie en medio de su enorme despacho de esquina. Las vistas de la ciudad a través de los ventanales eran impresionantes, igual que el gran esc
JANDRO«Arrestaron a papá…»El mensaje apareció en la parte superior de mi teléfono mientras revisaba las acciones en el balcón del ático de Sofía, y desapareció casi al instante. Por un segundo pensé que lo había imaginado.Toqué deprisa la notificación de mi hermano y lo leí otra vez.Arrestaron a papá.Marqué su número de inmediato. El viento de la azotea me golpeó la cara, pero apenas lo noté.—¿Por qué?Lo primero que pensé fue en alguna imprudencia al volante, una pelea, un escándalo menor de los que mi padre sabía enterrar con una llamada.—Uso de información privilegiada —respondió Ignacio—. Inversiones ilegales.Papá siempre había sido un hombre de riesgos. Pero aquello era otra liga.—Hablé con los abogados. Está en prisión preventiva y ahí se queda hasta la audiencia de mañana. Pero lo más probable es que se la nieguen, porque lo consideran un riesgo de fuga.—¿Lo hizo?—Se declara inocente. Pero si me preguntas mi opinión: digamos que no me extrañaría.Cerré los ojos. Me d
MARISOL—¡Lo conseguimos! ¡Tenemos el contrato del Grupo Ferrer-Escudero!El grito de Gabriel me sacó el sueño de los ojos al instante.—¿En serio?Me recorrió un nervio. Todo nuestro trabajo había dado frutos, y yo iba a participar en algo que tendría un papel importante en las grandes ciudades de toda España.Pero justo entonces se me revolvió el estómago al pensar en pasar tanto tiempo en la misma sala que Alejandro.—Tendrán el espacio listo para nosotros el lunes. Yo tengo oficina propia, pero tú y el resto del equipo se sentarán en el área abierta. Además, Alejandro quiere hablar con cada uno de nosotros individualmente.Mi estómago volvió a dar una vuelta.—Individualmente… ¿para qué?—Ni idea. Mi sugerencia es decir lo menos posible. Responde lo que te pregunte, dile que estás contenta de colaborar y déjalo ahí.Pensé que podía ser una oportunidad para aclarar las cosas. Dejarle claro que no le contaría a nadie lo de nuestro… encuentro anterior.—Y, Marisol —continuó Gabriel—,
JANDRO—Ni de broma —respondí cortante cuando Ricardo propuso adjudicarle el contrato a Línea Cristal Arquitectos.—¿No te gustó la propuesta? —preguntó Ignacio, y se dejó caer en uno de los sofás de la oficina—. Escuché que fue buenísima.Los dedos de Ricardo recorrieron el documento.—Y por lo que veo aquí, son exactamente lo que necesitamos.Ese «exactamente lo que necesitamos» me llevó de golpe al momento en que Marisol entró a la sala de juntas.En el segundo en que la reconocí, volví a esa noche en mi habitación de hotel. A su risa. A cómo me había contado, con esa sinceridad que no sabía esconder, que creía no tener nada de especial. Y a lo que sentí al despertar con la cama vacía y una sola sábana todavía tibia.No me había molestado que se fuera. Eso me repetí durante un mes.Eché el recuerdo fuera de mi cabeza, me recosté en el sillón de cuero y crucé una pierna sobre la otra.—Hay algunas propuestas buenas.—Ninguna tan buena como la de Línea Cristal.Me froté la barbilla.
MARISOLUn mes antes—Eres un cobarde, y lamento haberte creído una sola palabra. No me mereces, y no mereces ni un segundo más de mi tiempo. Búscate a otra mujer que no sea «demasiado independiente» para ti, porque yo ya terminé de ser la tonta que te quiso.Colgué antes de que Gabriel pudiera responder, y la terraza del bar del hotel se quedó en silencio. Un par de huéspedes me miraron. Me dio igual. Ya bastante me dolía que mi novio hubiera terminado conmigo por ser demasiado independiente. No tenía espacio para el drama de nadie más.Dejé el teléfono sobre la barra con más fuerza de la necesaria.—Otro chocolate caliente, por favor.El camarero contuvo una sonrisa y asintió.—Ahora mismo.—Yo en tu lugar lo pediría con doble crema —dijo una voz grave a mi lado.Me giré. Parecía pulido, como esos actores de primera línea de la tele.—¿Perdón? —Respiré hondo—. Yo no te conozco y tú no me conoces, así que seguro no tienes nada que opinar sobre lo que pido.Por fin giró la cabeza haci







