ANMELDENMARISOL
—¿Sabías quién era cuando te acercaste a mí en el bar?
La pregunta de Alejandro Ferrer-Escudero me tomó completamente desprevenida.
Lo miré fijamente, apretando los dedos alrededor de la correa de mi bolso. Había pasado todo el fin de semana preparándome para aquella reunión, eligiendo el atuendo perfecto y ensayando lo que diría. Sabía que volver a verlo sería incómodo, pero no esperaba que cuestionara mis intenciones.
—No —respondí, intentando mantener firme la voz—. No lo sabía.
Una de sus cejas oscuras se arqueó.
—Entonces quizá quiera explicarme cómo terminó en mi cama aquella noche y, convenientemente, en mi oficina como parte del equipo que intenta conseguir un contrato con mi empresa.
Se me cayó el estómago.
¿En serio estaba insinuando que yo había planeado todo aquello?
Nunca me había sentido tan insultada en mi vida.
Me quedé de pie en medio de su enorme despacho de esquina. Las vistas de la ciudad a través de los ventanales eran impresionantes, igual que el gran escritorio de caoba que tenía detrás. Pero nada de eso conseguía distraerme del hombre que estaba frente a mí.
Su traje perfectamente confeccionado resaltaba sus anchos hombros, y su expresión era tan fría que costaba creer que fuera el mismo hombre que había conocido en el bar. El hombre con quien había pasado una noche inolvidable.
Aparté rápidamente aquel recuerdo y le tendí la mano.
—Es un placer conocerlo… de nuevo, señor Ferrer-Escudero.
Dudó antes de aceptarla.
—¿De verdad?
Mi sonrisa vaciló. Era evidente que no le interesaban las cortesías.
—Por supuesto. Estoy muy ilusionada por trabajar con el Grupo Ferrer-Escudero.
Me soltó la mano y regresó a su escritorio.
—¿Cuánto tiempo llevan trabajando en esta propuesta?
—Unos dos meses.
Asintió, frotándose la mandíbula. Mi mirada se detuvo un segundo de más en aquel gesto tan familiar antes de obligarme a apartarla.
—¿Me está diciendo que se sentó junto a uno de sus posibles clientes más importantes, vestida para impresionar, con una historia preparada sobre su corazón roto, y que no fue intencional?
—¿Qué está intentando decir exactamente?
—Le pregunto si planeó todo esto. ¿Qué probabilidades había de que apareciera a mi lado en el bar, pasara la noche conmigo y luego entrara en mi oficina la semana pasada?
¿Quién se creía que era ese hombre?
Enderecé los hombros.
—Imagino que bastante bajas. Pero no planeé nada. Fue una simple coincidencia.
—No creo en las coincidencias.
La ira me recorrió el cuerpo.
—¿Está insinuando que utilicé mi apariencia para conseguir este contrato? Porque, si es así, parece que sugiere que cambié mi dignidad por un acuerdo comercial.
Se acercó, y contuve la respiración. Odiaba que, a pesar de lo furiosa que estaba, mi cuerpo siguiera reaccionando a su proximidad. Crucé los brazos rápidamente, esperando ocultarlo.
La sonrisa burlona que se dibujó en sus labios me indicó que había notado algo.
—No la estoy llamando prostituta —dijo—, pero he conocido a muchas personas dispuestas a hacer lo que sea para conseguir algo de mí. Este contrato vale mucho más que dinero. También conlleva un prestigio considerable.
—No sé con qué clase de personas se relaciona, señor Ferrer-Escudero, pero eso parece un problema suyo. No sabía quién era la noche que nos conocimos. Si lo hubiera sabido, jamás habría… hecho lo que hice.
Sus ojos se oscurecieron, y tragué saliva antes de continuar.
—Cuando investigué la empresa, las únicas fotografías que vi eran de su padre y, supongo, de su hermano. He trabajado muchísimo en esta propuesta, y sugerir que no podemos conseguir el contrato por nuestros propios méritos es un insulto. Por no mencionar que prácticamente está diciendo que yo, por ser mujer, preferiría depender de mi apariencia antes que de mi inteligencia.
Levanté la barbilla. Por muy idiota que fuera Alejandro, no quería ser responsable de que mi empresa perdiera aquella oportunidad.
—Si sigue teniendo algún problema conmigo, solicite que me retiren del equipo. De lo contrario, comportémonos como profesionales y mantengamos las distancias hasta que termine el proyecto.
Me estudió con una expresión imposible de descifrar. Esperaba desesperadamente que no pidiera que me retiraran. No solo sería un desastre profesional, sino que explicárselo a Gabriel resultaría difícil, por decirlo suavemente.
Finalmente, Alejandro asintió.
—Puede quedarse en el equipo, señorita Ortega. Ni mucho menos voy a poner en duda su talento. Mantener las distancias no será difícil. Pero quiero dejar algo muy claro: no habrá una segunda vez como aquella noche.
Solté una exclamación de sorpresa. ¡Qué descaro!
Debería haberme marchado, pero no podía dejar que tuviera la última palabra.
—Por supuesto que no. Al fin y al cabo, solo puedo perder la virginidad una vez. Ahora que Gabriel y yo hemos vuelto, ¿para qué lo necesitaría?
Algo oscuro cruzó sus ojos.
—¿Consiguió convencerla de que volviera con él? ¿O fue usted quien tuvo que convencerlo con esa nueva confianza que parece haber adquirido?
Un dolor sordo comenzó a palpitar en la base de mi cráneo.
—No es asunto suyo, pero Gabriel se disculpó y me pidió que lo intentáramos de nuevo.
Se levantó de la silla y se acercó, deteniéndose lo bastante cerca como para obligarme a levantar la barbilla.
—Entonces, ¿ahora que ha vuelto con Gabriel, ya no me necesita?
—N-No.
Mi voz salió más temblorosa de lo que pretendía, y me maldije por ello.
Sus labios se curvaron en una sonrisa de complicidad. Su aroma amaderado me devolvió de golpe a aquella noche. Un escalofrío me recorrió el cuerpo, y él bajó la mirada antes de volver a clavarla en la mía.
Seguí sus ojos y comprobé que mi blusa no ocultaba lo afectada que estaba.
—Parece que su cuerpo no está de acuerdo con usted.
—Es una simple reacción biológica. No significa nada.
—Siga repitiéndoselo, gatita. Quizá termine creyéndoselo.
En un momento de pura locura, extendí la mano y la apoyé sobre su cinturón. Todo su cuerpo se tensó. Por una vez, lo había pillado desprevenido.
—¿Lo ve? No tiene ningún interés en mí, pero está claramente afectado. Es una reacción biológica.
Cuando habló, su voz sonó grave.
—Si no deja de poner a prueba mi autocontrol, descubrirá exactamente lo difícil que me resulta resistirme a usted.
La cordura regresó de golpe. Retiré la mano, y un intenso rubor me cubrió el rostro. Había cruzado una línea en su propio despacho.
Él regresó a su escritorio como si nada hubiera ocurrido.
—Puede retirarse.
—Ahora, señorita Ortega. Mi tiempo es valioso.
Apreté la mandíbula, me di la vuelta y agarré el picaporte. Mientras la pesada puerta se cerraba a mis espaldas, casi podía sentir sus ojos en mi nuca.
Le dediqué una sonrisa tensa a Héctor antes de apresurarme hacia el ascensor. Mientras esperaba, me quedé mirando la fotografía en blanco y negro de Ferrer-Escudero Plaza durante su construcción, pero mis pensamientos seguían regresando a Alejandro.
Había atesorado el recuerdo de aquella noche, reviviéndolo cada vez que necesitaba algo que me hiciera sonreír. Ahora había conseguido arruinar incluso eso.
Además, me había olvidado de mencionar que Gabriel no sabía nada de lo ocurrido, y quería que siguiera siendo así. Probablemente yo solo había sido un encuentro pasajero para Alejandro, uno que había olvidado mucho antes de que entrara en su despacho.
Se abrieron las puertas y entré.
Tenía un trabajo que hacer, uno que podía impulsar mi carrera. No iba a permitir que un hombre como él desviara todo por lo que tanto me había esforzado. Sobre todo, no cuando mi madre contaba conmigo.
Pulsé el botón del piso cuarenta y nueve. Solo necesitaba mantenerme alejada de él y olvidar que alguna vez había pasado algo entre nosotros.
Pero Alejandro sabía exactamente cómo sacarme de quicio. Peor aún, la atracción entre nosotros seguía presente.
Y durante las próximas semanas tendría que sentarme en las mismas reuniones y fingir que el hombre al otro lado de la mesa no era aquel cuyos brazos había elegido estrechar.
Cerré los ojos.
Esto iba a ser un desastre.
JANDRO—¿Me estás escuchando? —La voz de Ricardo me trajo de vuelta a la conversación.Mis hermanos y yo estábamos sentados alrededor de una mesa en su oficina, analizando los estados financieros del Grupo Ferrer-Escudero del último trimestre, además de las proyecciones para los próximos seis meses.—Claro —dije. Y era cierto, aunque el recuerdo de mi reunión de esa mañana con Marisol ocupaba la mayor parte de mi atención.Me había sorprendido. Estaba casi convencido de que nuestro primer encuentro y lo que pasó entre nosotros había sido una coincidencia. El shock y el horror en su cara cuando insinué lo contrario habían sido lo bastante creíbles como para que una parte de mí, una parte diminuta, se sintiera mal por haberla acusado. Pero había mujeres capaces de hacer exactamente eso. Fuera de la cama, a lo largo de los años habían sido muchos los que habían orquestado encuentros conmigo y con mis hermanos para sacarnos algo.En nuestra posición, la confianza escaseaba. No estaba segur
MARISOL—¿Sabías quién era cuando te acercaste a mí en el bar?La pregunta de Alejandro Ferrer-Escudero me tomó completamente desprevenida.Lo miré fijamente, apretando los dedos alrededor de la correa de mi bolso. Había pasado todo el fin de semana preparándome para aquella reunión, eligiendo el atuendo perfecto y ensayando lo que diría. Sabía que volver a verlo sería incómodo, pero no esperaba que cuestionara mis intenciones.—No —respondí, intentando mantener firme la voz—. No lo sabía.Una de sus cejas oscuras se arqueó.—Entonces quizá quiera explicarme cómo terminó en mi cama aquella noche y, convenientemente, en mi oficina como parte del equipo que intenta conseguir un contrato con mi empresa.Se me cayó el estómago.¿En serio estaba insinuando que yo había planeado todo aquello?Nunca me había sentido tan insultada en mi vida.Me quedé de pie en medio de su enorme despacho de esquina. Las vistas de la ciudad a través de los ventanales eran impresionantes, igual que el gran esc
JANDRO«Arrestaron a papá…»El mensaje apareció en la parte superior de mi teléfono mientras revisaba las acciones en el balcón del ático de Sofía, y desapareció casi al instante. Por un segundo pensé que lo había imaginado.Toqué deprisa la notificación de mi hermano y lo leí otra vez.Arrestaron a papá.Marqué su número de inmediato. El viento de la azotea me golpeó la cara, pero apenas lo noté.—¿Por qué?Lo primero que pensé fue en alguna imprudencia al volante, una pelea, un escándalo menor de los que mi padre sabía enterrar con una llamada.—Uso de información privilegiada —respondió Ignacio—. Inversiones ilegales.Papá siempre había sido un hombre de riesgos. Pero aquello era otra liga.—Hablé con los abogados. Está en prisión preventiva y ahí se queda hasta la audiencia de mañana. Pero lo más probable es que se la nieguen, porque lo consideran un riesgo de fuga.—¿Lo hizo?—Se declara inocente. Pero si me preguntas mi opinión: digamos que no me extrañaría.Cerré los ojos. Me d
MARISOL—¡Lo conseguimos! ¡Tenemos el contrato del Grupo Ferrer-Escudero!El grito de Gabriel me sacó el sueño de los ojos al instante.—¿En serio?Me recorrió un nervio. Todo nuestro trabajo había dado frutos, y yo iba a participar en algo que tendría un papel importante en las grandes ciudades de toda España.Pero justo entonces se me revolvió el estómago al pensar en pasar tanto tiempo en la misma sala que Alejandro.—Tendrán el espacio listo para nosotros el lunes. Yo tengo oficina propia, pero tú y el resto del equipo se sentarán en el área abierta. Además, Alejandro quiere hablar con cada uno de nosotros individualmente.Mi estómago volvió a dar una vuelta.—Individualmente… ¿para qué?—Ni idea. Mi sugerencia es decir lo menos posible. Responde lo que te pregunte, dile que estás contenta de colaborar y déjalo ahí.Pensé que podía ser una oportunidad para aclarar las cosas. Dejarle claro que no le contaría a nadie lo de nuestro… encuentro anterior.—Y, Marisol —continuó Gabriel—,
JANDRO—Ni de broma —respondí cortante cuando Ricardo propuso adjudicarle el contrato a Línea Cristal Arquitectos.—¿No te gustó la propuesta? —preguntó Ignacio, y se dejó caer en uno de los sofás de la oficina—. Escuché que fue buenísima.Los dedos de Ricardo recorrieron el documento.—Y por lo que veo aquí, son exactamente lo que necesitamos.Ese «exactamente lo que necesitamos» me llevó de golpe al momento en que Marisol entró a la sala de juntas.En el segundo en que la reconocí, volví a esa noche en mi habitación de hotel. A su risa. A cómo me había contado, con esa sinceridad que no sabía esconder, que creía no tener nada de especial. Y a lo que sentí al despertar con la cama vacía y una sola sábana todavía tibia.No me había molestado que se fuera. Eso me repetí durante un mes.Eché el recuerdo fuera de mi cabeza, me recosté en el sillón de cuero y crucé una pierna sobre la otra.—Hay algunas propuestas buenas.—Ninguna tan buena como la de Línea Cristal.Me froté la barbilla.
MARISOLUn mes antes—Eres un cobarde, y lamento haberte creído una sola palabra. No me mereces, y no mereces ni un segundo más de mi tiempo. Búscate a otra mujer que no sea «demasiado independiente» para ti, porque yo ya terminé de ser la tonta que te quiso.Colgué antes de que Gabriel pudiera responder, y la terraza del bar del hotel se quedó en silencio. Un par de huéspedes me miraron. Me dio igual. Ya bastante me dolía que mi novio hubiera terminado conmigo por ser demasiado independiente. No tenía espacio para el drama de nadie más.Dejé el teléfono sobre la barra con más fuerza de la necesaria.—Otro chocolate caliente, por favor.El camarero contuvo una sonrisa y asintió.—Ahora mismo.—Yo en tu lugar lo pediría con doble crema —dijo una voz grave a mi lado.Me giré. Parecía pulido, como esos actores de primera línea de la tele.—¿Perdón? —Respiré hondo—. Yo no te conozco y tú no me conoces, así que seguro no tienes nada que opinar sobre lo que pido.Por fin giró la cabeza haci







