ANMELDENMARISOL
Un mes antes
—Eres un cobarde, y lamento haberte creído una sola palabra. No me mereces, y no mereces ni un segundo más de mi tiempo. Búscate a otra mujer que no sea «demasiado independiente» para ti, porque yo ya terminé de ser la tonta que te quiso.
Colgué antes de que Gabriel pudiera responder, y la terraza del bar del hotel se quedó en silencio. Un par de huéspedes me miraron. Me dio igual. Ya bastante me dolía que mi novio hubiera terminado conmigo por ser demasiado independiente. No tenía espacio para el drama de nadie más.
Dejé el teléfono sobre la barra con más fuerza de la necesaria.
—Otro chocolate caliente, por favor.
El camarero contuvo una sonrisa y asintió.
—Ahora mismo.
—Yo en tu lugar lo pediría con doble crema —dijo una voz grave a mi lado.
Me giré. Parecía pulido, como esos actores de primera línea de la tele.
—¿Perdón? —Respiré hondo—. Yo no te conozco y tú no me conoces, así que seguro no tienes nada que opinar sobre lo que pido.
Por fin giró la cabeza hacia mí.
Y maldita sea.
Era guapísimo. De esos que te hacen olvidar por un momento lo que ibas a decir.
Llevaba un traje oscuro, las mangas de la camisa arremangadas, con unos antebrazos fuertes a la vista. Tenía el pelo casi tan oscuro como el mío, un poco revuelto, como si no perdiera mucho tiempo en que se viera perfecto.
Pero fueron sus ojos los que me golpearon. Azul frío. Tan intensos que sentí que podían ver directo a través de mí.
—Te lo digo porque sé el motivo de esa cara —dijo—. Un hombre que hace poco te rompió el corazón.
Lo miré de arriba abajo.
—Y tú eres el experto en corazones rotos, supongo.
—Experto no. —Su boca se torció—. Pero reconozco a alguien que está a punto de pasarse la noche mirando el techo.
Se me escapó una risa a pesar de todo.
—Vaya. Pensé que yo estaba de mal humor, pero tú estás peor.
—Es posible.
Su teléfono vibró sobre la barra. En la pantalla alcancé a ver una palabra: Mamá. Le dio la vuelta sin mirarlo.
—¿No vas a contestar?
—Nunca llama para preguntar cómo estoy.
Lo dijo con tanta naturalidad que casi se me pasa lo que había debajo. Casi.
Tomó un sorbo de su café, y el momento se cerró tan rápido como se había abierto. Pero yo ya lo había visto.
—Cuéntame algo —dijo—. ¿Qué fue exactamente lo que hizo ese tipo?
Miré mi taza.
—¿Quién?
—Tu novio.
—Ex.
—Bueno, eso parece obvio, pero no quería suponer nada.
Suspiré y recorrí con el dedo el borde de la taza.
—Está bien. Pues… trabajo con él.
Su ceja se arqueó.
—Ya sé. No fue la jugada más lista. Pero hice mis prácticas ahí en el último año de la carrera, y nos fuimos acercando. Él coqueteaba conmigo y yo me sentí halagada, porque es guapo.
—Y mayor.
Le lancé una mirada.
—¿Es tu tipo?
Se me formó una pequeña arruga entre las cejas mientras mi mirada recorría despacio su rostro.
—Quizás.
Algo titiló en sus ojos, pero lo escondió enseguida.
—En fin, cuando terminaron mis prácticas, Gabriel me invitó a salir. Una cosa llevó a la otra, y nos besamos.
—¿Solo besarse? —preguntó—. Qué muy Hallmark de tu parte.
—Sí, solo besarnos. Fue agradable. Pero yo estaba concentrada en terminar la carrera. Después de graduarme, volví a conseguir trabajo ahí. Gabriel estaba temporalmente en nuestra oficina de Lisboa cuando yo empecé. Pero no mucho después de que regresó, empezamos a salir.
—¿Hace cuánto de eso?
—Tres meses.
—¿O sea que tu apasionado romance se apagó en solo tres meses?
—Yo nunca dije que fuera apasionado.
—Entonces el tipo era aburrido.
—Eso tampoco lo dije.
Negué con la cabeza y volví a reírme. A él se le torció otra vez la boca, y esta vez me pareció una sonrisa de verdad.
—¿Qué salió mal?
Mi sonrisa se borró.
—Dijo que no funcionaba.
—Suena bastante estándar.
—Supongo. No hay nada especial en mí ni en mi historia.
Su mirada me recorrió, pero ya no era la de un desconocido que coqueteaba. Era más lenta. Más seria.
—Yo no diría eso.
Levanté la vista. Algo en la forma en que lo dijo me cortó el aire.
—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó.
—Nada, supongo. Mi trabajo es genial y adoro la empresa, así que no pienso irme. Solo que no me gusta cómo me siento.
Miré mi taza.
—No me gusta pensar que hice algo mal. Que debí esforzarme más. Que si tan solo…
Mi voz se fue apagando.
Me estudió un momento.
—¿Y todavía no sabes por qué terminó contigo?
—Dijo que soy demasiado independiente.
El desconocido parpadeó.
—¿Demasiado independiente?
—Al parecer me siento demasiado cómoda haciendo las cosas sola. Tengo mi propia carrera, mi propia vida. —Resoplé—. Al parecer eso es un problema.
Me miró fijo un segundo.
—Suena a tonto.
Se me escapó una risa.
—Llevo dos horas diciéndomelo.
—No tienes nada de malo.
Las palabras salieron tan fácil que lo miré. Sostuvo mi mirada, y por primera vez en todo el día sentí que alguien me veía a mí, no a la versión de mí que todos esperaban.
—Creo que lo que necesitas esta noche no es quedarte sola pensando —dijo—. Creo que necesitas olvidarte de todo por unas horas.
Mi pulso se detuvo.
—¿Y qué es exactamente lo que propones?
Su boca se curvó en una sonrisa lenta.
—Que subamos. Que por una noche no seas la que entiende, ni la que se esfuerza, ni la que no es suficiente. Y que yo sea quien te lo demuestre.
Me llegó un rastro de su aroma, algo cálido, a sándalo.
—¿P-por qué tú?
—Porque desde que me senté no he dejado de mirarte. Y porque creo que los dos necesitamos salir de nuestra cabeza.
Guardé silencio un momento. Debería haber dicho que no. Debería haber pensado en las consecuencias.
—No voy a pensar en las consecuencias —dije al fin—. Tengamos esa noche.
En su habitación, se quedó de pie frente a mí, mirándome como si pudiera leer cada pensamiento detrás de mis ojos. Quizá yo fuera pequeña, pero sabía exactamente lo que esa mirada me hacía, y no podía fingir que no estaba nerviosa.
Se acercó despacio. Con una mano me apartó el cabello del rostro.
—Si en algún momento quieres parar, solo dilo —murmuró—. Una palabra y paro.
Asentí. Y entonces me besó, y todo lo demás desapareció.
El resto de la noche se me quedó grabado en pedazos: sus manos, cuidadosas y seguras; mi nombre dicho como si fuera algo valioso; su risa baja contra mi cuello, tan familiar que por un segundo me desconcertó.
Más tarde, en la penumbra, me quedé mirando el techo con la cabeza apoyada en su hombro. Él trazaba círculos perezosos en mi brazo. Ninguno de los dos hablaba, y el silencio no pesaba.
—¿En qué piensas? —preguntó.
—En que esto no debería ser tan fácil.
Se quedó callado un momento.
—Para mí tampoco lo es —dijo al fin.
No supe qué significaba eso, y no me atreví a preguntar.
Me dormí con su respiración tranquila junto a mi oído.
Antes del amanecer me desperté, me vestí en silencio y salí sin hacer ruido, con el corazón más ligero y más confuso que nunca.
Y menos mal que no volvería a verlo. Una noche así me habría hecho encariñarme con demasiada facilidad.
JANDRO—¿Me estás escuchando? —La voz de Ricardo me trajo de vuelta a la conversación.Mis hermanos y yo estábamos sentados alrededor de una mesa en su oficina, analizando los estados financieros del Grupo Ferrer-Escudero del último trimestre, además de las proyecciones para los próximos seis meses.—Claro —dije. Y era cierto, aunque el recuerdo de mi reunión de esa mañana con Marisol ocupaba la mayor parte de mi atención.Me había sorprendido. Estaba casi convencido de que nuestro primer encuentro y lo que pasó entre nosotros había sido una coincidencia. El shock y el horror en su cara cuando insinué lo contrario habían sido lo bastante creíbles como para que una parte de mí, una parte diminuta, se sintiera mal por haberla acusado. Pero había mujeres capaces de hacer exactamente eso. Fuera de la cama, a lo largo de los años habían sido muchos los que habían orquestado encuentros conmigo y con mis hermanos para sacarnos algo.En nuestra posición, la confianza escaseaba. No estaba segur
MARISOL—¿Sabías quién era cuando te acercaste a mí en el bar?La pregunta de Alejandro Ferrer-Escudero me tomó completamente desprevenida.Lo miré fijamente, apretando los dedos alrededor de la correa de mi bolso. Había pasado todo el fin de semana preparándome para aquella reunión, eligiendo el atuendo perfecto y ensayando lo que diría. Sabía que volver a verlo sería incómodo, pero no esperaba que cuestionara mis intenciones.—No —respondí, intentando mantener firme la voz—. No lo sabía.Una de sus cejas oscuras se arqueó.—Entonces quizá quiera explicarme cómo terminó en mi cama aquella noche y, convenientemente, en mi oficina como parte del equipo que intenta conseguir un contrato con mi empresa.Se me cayó el estómago.¿En serio estaba insinuando que yo había planeado todo aquello?Nunca me había sentido tan insultada en mi vida.Me quedé de pie en medio de su enorme despacho de esquina. Las vistas de la ciudad a través de los ventanales eran impresionantes, igual que el gran esc
JANDRO«Arrestaron a papá…»El mensaje apareció en la parte superior de mi teléfono mientras revisaba las acciones en el balcón del ático de Sofía, y desapareció casi al instante. Por un segundo pensé que lo había imaginado.Toqué deprisa la notificación de mi hermano y lo leí otra vez.Arrestaron a papá.Marqué su número de inmediato. El viento de la azotea me golpeó la cara, pero apenas lo noté.—¿Por qué?Lo primero que pensé fue en alguna imprudencia al volante, una pelea, un escándalo menor de los que mi padre sabía enterrar con una llamada.—Uso de información privilegiada —respondió Ignacio—. Inversiones ilegales.Papá siempre había sido un hombre de riesgos. Pero aquello era otra liga.—Hablé con los abogados. Está en prisión preventiva y ahí se queda hasta la audiencia de mañana. Pero lo más probable es que se la nieguen, porque lo consideran un riesgo de fuga.—¿Lo hizo?—Se declara inocente. Pero si me preguntas mi opinión: digamos que no me extrañaría.Cerré los ojos. Me d
MARISOL—¡Lo conseguimos! ¡Tenemos el contrato del Grupo Ferrer-Escudero!El grito de Gabriel me sacó el sueño de los ojos al instante.—¿En serio?Me recorrió un nervio. Todo nuestro trabajo había dado frutos, y yo iba a participar en algo que tendría un papel importante en las grandes ciudades de toda España.Pero justo entonces se me revolvió el estómago al pensar en pasar tanto tiempo en la misma sala que Alejandro.—Tendrán el espacio listo para nosotros el lunes. Yo tengo oficina propia, pero tú y el resto del equipo se sentarán en el área abierta. Además, Alejandro quiere hablar con cada uno de nosotros individualmente.Mi estómago volvió a dar una vuelta.—Individualmente… ¿para qué?—Ni idea. Mi sugerencia es decir lo menos posible. Responde lo que te pregunte, dile que estás contenta de colaborar y déjalo ahí.Pensé que podía ser una oportunidad para aclarar las cosas. Dejarle claro que no le contaría a nadie lo de nuestro… encuentro anterior.—Y, Marisol —continuó Gabriel—,
JANDRO—Ni de broma —respondí cortante cuando Ricardo propuso adjudicarle el contrato a Línea Cristal Arquitectos.—¿No te gustó la propuesta? —preguntó Ignacio, y se dejó caer en uno de los sofás de la oficina—. Escuché que fue buenísima.Los dedos de Ricardo recorrieron el documento.—Y por lo que veo aquí, son exactamente lo que necesitamos.Ese «exactamente lo que necesitamos» me llevó de golpe al momento en que Marisol entró a la sala de juntas.En el segundo en que la reconocí, volví a esa noche en mi habitación de hotel. A su risa. A cómo me había contado, con esa sinceridad que no sabía esconder, que creía no tener nada de especial. Y a lo que sentí al despertar con la cama vacía y una sola sábana todavía tibia.No me había molestado que se fuera. Eso me repetí durante un mes.Eché el recuerdo fuera de mi cabeza, me recosté en el sillón de cuero y crucé una pierna sobre la otra.—Hay algunas propuestas buenas.—Ninguna tan buena como la de Línea Cristal.Me froté la barbilla.
MARISOLUn mes antes—Eres un cobarde, y lamento haberte creído una sola palabra. No me mereces, y no mereces ni un segundo más de mi tiempo. Búscate a otra mujer que no sea «demasiado independiente» para ti, porque yo ya terminé de ser la tonta que te quiso.Colgué antes de que Gabriel pudiera responder, y la terraza del bar del hotel se quedó en silencio. Un par de huéspedes me miraron. Me dio igual. Ya bastante me dolía que mi novio hubiera terminado conmigo por ser demasiado independiente. No tenía espacio para el drama de nadie más.Dejé el teléfono sobre la barra con más fuerza de la necesaria.—Otro chocolate caliente, por favor.El camarero contuvo una sonrisa y asintió.—Ahora mismo.—Yo en tu lugar lo pediría con doble crema —dijo una voz grave a mi lado.Me giré. Parecía pulido, como esos actores de primera línea de la tele.—¿Perdón? —Respiré hondo—. Yo no te conozco y tú no me conoces, así que seguro no tienes nada que opinar sobre lo que pido.Por fin giró la cabeza haci







