ANMELDENJANDRO
—¿Me estás escuchando? —La voz de Ricardo me trajo de vuelta a la conversación.
Mis hermanos y yo estábamos sentados alrededor de una mesa en su oficina, analizando los estados financieros del Grupo Ferrer-Escudero del último trimestre, además de las proyecciones para los próximos seis meses.
—Claro —dije. Y era cierto, aunque el recuerdo de mi reunión de esa mañana con Marisol ocupaba la mayor parte de mi atención.
Me había sorprendido. Estaba casi convencido de que nuestro primer encuentro y lo que pasó entre nosotros había sido una coincidencia. El shock y el horror en su cara cuando insinué lo contrario habían sido lo bastante creíbles como para que una parte de mí, una parte diminuta, se sintiera mal por haberla acusado. Pero había mujeres capaces de hacer exactamente eso. Fuera de la cama, a lo largo de los años habían sido muchos los que habían orquestado encuentros conmigo y con mis hermanos para sacarnos algo.
En nuestra posición, la confianza escaseaba. No estaba seguro de que hubiera alguien en mi vida en quien confiara por completo. Sabía que mis hermanos no me traicionarían, porque eso significaría traicionar a la familia y a la empresa, pero no era por ningún cariño especial entre nosotros. Era porque nuestro poder y nuestra fortuna dependían de mantener un frente unido. Era lo único que mantenía a raya a los chacales.
Pero confiarles cualquier otra cosa era otro asunto. Marisol podía haberse ofendido porque insinué que ella había orquestado nuestro encuentro, pero habría sido un estúpido si no se lo hubiera preguntado.
El único problema era que, una vez que obtuve la respuesta y ella se quedó ahí, mirándome, con las mejillas encendidas y los ojos chispeando de rabia, mi propia sospecha se había evaporado, reemplazada por algo distinto pero igual de ardiente.
Mi mente había retrocedido a un tiempo en que su piel suave se sonrojaba de deseo y no de enojo. Mi cuerpo había reaccionado al recuerdo de cuando por fin la hice mía, y de cómo soltó ese jadeo entrecortado al sentirse completamente llena por primera vez. Recordar cómo se había venido para mí me había mandado una oleada caliente de lujuria por las venas. ¿Se vendría igual de lindo si volviera a acostarme con ella?
Lo corté de raíz, volví a mi escritorio y la despedí antes de que mis pensamientos se hicieran demasiado evidentes.
Pero ese recuerdo y el aroma de su perfume, que seguía flotando en el aire, se habían apoderado de mi mente. En cuanto salió de mi oficina, me levanté de la silla y me encerré en mi baño privado para aliviarme con las imágenes que se repetían en mi cabeza. Nunca antes lo había hecho. Claro, a veces me había descargado un poco durante el día para quitarme el estrés, pero nunca por una mujer en específico.
Después me quedé mirando mi reflejo en el espejo y me dije que tenía que superarlo. Me juré sacarme a Marisol de la cabeza. Era mi empleada y nada más.
Y aun así, ahí estaba, pensando en ella otra vez. En medio de una reunión de negocios.
Completamente fuera de mi carácter.
Apreté los dientes. Los ojos grises de Ricardo me taladraban, pero le sostuve la mirada con calma. Estaba concentrado.
Ignacio, mi otro hermano, se recargó en el respaldo de la silla y se pasó la mano por el cabello rubio.
—Hablé con el abogado de papá ayer —dijo, rompiendo la tensión y cambiando el tema de los números que llevábamos una hora revisando—. Sigue negándose a un acuerdo de culpabilidad.
Golpeteé la pluma contra la mesa, impaciente.
—Es demasiado arrogante para su propio bien. De verdad cree que puede ganar si va a juicio.
—No puede —dijo Ricardo con frialdad—. Los abogados tienen que seguir presionándolo. No necesitamos más golpes a la reputación del Grupo Ferrer-Escudero. Y un juicio largo no le sirve a nadie.
Asentí.
—Concentrémonos en lo que podemos controlar. El proyecto de los hoteles es la prioridad. Si cumplimos con eso, ayudará mucho a recuperar la confianza en la empresa.
—La junta y nuestros inversionistas esperan que iniciemos la construcción de los primeros tres hoteles en doce meses —dijo Ricardo—. ¿Pueden los arquitectos tener listos los diseños finales y todos los permisos de construcción para cumplir con ese plazo?
—Me reuní con ellos esta mañana —respondí—. Se ven motivados. Los conceptos iniciales que presentaron son sólidos. Va a estar justo, pero me voy a asegurar de que cumplamos la meta.
Ignacio tomó un sorbo de agua y se aclaró la garganta antes de hablar.
—Necesitamos reforzar la confianza de los inversionistas mientras tanto. Corren rumores de que Quintana está evaluando sus opciones.
Fruncí el ceño. Joaquín Quintana era uno de nuestros mayores inversionistas, además de un viejo amigo de nuestro padre. Su opinión pesaba en el mundo de los negocios, y perderlo podía influir en otros inversionistas que estaban pendientes de cómo le iba a la empresa.
Quintana también era el padre de Valentina. Después de que ella y yo nos topamos una y otra vez en eventos sociales y de la industria a lo largo de los años, desarrollamos un acuerdo conveniente para ambos: cuando no teníamos ganas de organizar otra cita, asistíamos juntos, reforzando la relación entre las empresas de nuestras familias, y casi siempre terminábamos la noche en la cama. Era una de las pocas mujeres con las que me había acostado más de una vez. No porque hubiera algún apego emocional entre nosotros, sino por comodidad. El sexo era bueno, y ambos sabíamos exactamente quién era el otro y qué queríamos y qué no queríamos de él.
Aunque últimamente se había vuelto más pegajosa. Si seguía como la última vez que estuvimos juntos, tendría que replantearme nuestro arreglo. Lo último que necesitaba era la complicación de que Valentina quisiera profundizar nuestra relación.
Ricardo tamborileó los dedos, entrecerrando los ojos.
—Ha estado con nosotros mucho tiempo, pero lo de la detención de papá sacudió la confianza de todos. Quintana quiere garantías de que podemos mantener nuestros márgenes de ganancia. Puede que no tengamos con él la relación que tenía papá, pero lo necesitamos. Si retira sus inversiones, otros van a considerar hacer lo mismo.
Ignacio había estado tecleando en su laptop mientras hablábamos.
—Por desgracia, no creo que el hecho de que te acuestes con su única hija sea garantía suficiente para nosotros. —Levantó la vista de la pantalla, con esos ojos miel dorados tan distintos de los míos y los de Ricardo, y me sonrió con burla—. Quizá deberías pensar en ponerle un anillo.
JANDRO—¿Me estás escuchando? —La voz de Ricardo me trajo de vuelta a la conversación.Mis hermanos y yo estábamos sentados alrededor de una mesa en su oficina, analizando los estados financieros del Grupo Ferrer-Escudero del último trimestre, además de las proyecciones para los próximos seis meses.—Claro —dije. Y era cierto, aunque el recuerdo de mi reunión de esa mañana con Marisol ocupaba la mayor parte de mi atención.Me había sorprendido. Estaba casi convencido de que nuestro primer encuentro y lo que pasó entre nosotros había sido una coincidencia. El shock y el horror en su cara cuando insinué lo contrario habían sido lo bastante creíbles como para que una parte de mí, una parte diminuta, se sintiera mal por haberla acusado. Pero había mujeres capaces de hacer exactamente eso. Fuera de la cama, a lo largo de los años habían sido muchos los que habían orquestado encuentros conmigo y con mis hermanos para sacarnos algo.En nuestra posición, la confianza escaseaba. No estaba segur
MARISOL—¿Sabías quién era cuando te acercaste a mí en el bar?La pregunta de Alejandro Ferrer-Escudero me tomó completamente desprevenida.Lo miré fijamente, apretando los dedos alrededor de la correa de mi bolso. Había pasado todo el fin de semana preparándome para aquella reunión, eligiendo el atuendo perfecto y ensayando lo que diría. Sabía que volver a verlo sería incómodo, pero no esperaba que cuestionara mis intenciones.—No —respondí, intentando mantener firme la voz—. No lo sabía.Una de sus cejas oscuras se arqueó.—Entonces quizá quiera explicarme cómo terminó en mi cama aquella noche y, convenientemente, en mi oficina como parte del equipo que intenta conseguir un contrato con mi empresa.Se me cayó el estómago.¿En serio estaba insinuando que yo había planeado todo aquello?Nunca me había sentido tan insultada en mi vida.Me quedé de pie en medio de su enorme despacho de esquina. Las vistas de la ciudad a través de los ventanales eran impresionantes, igual que el gran esc
JANDRO«Arrestaron a papá…»El mensaje apareció en la parte superior de mi teléfono mientras revisaba las acciones en el balcón del ático de Sofía, y desapareció casi al instante. Por un segundo pensé que lo había imaginado.Toqué deprisa la notificación de mi hermano y lo leí otra vez.Arrestaron a papá.Marqué su número de inmediato. El viento de la azotea me golpeó la cara, pero apenas lo noté.—¿Por qué?Lo primero que pensé fue en alguna imprudencia al volante, una pelea, un escándalo menor de los que mi padre sabía enterrar con una llamada.—Uso de información privilegiada —respondió Ignacio—. Inversiones ilegales.Papá siempre había sido un hombre de riesgos. Pero aquello era otra liga.—Hablé con los abogados. Está en prisión preventiva y ahí se queda hasta la audiencia de mañana. Pero lo más probable es que se la nieguen, porque lo consideran un riesgo de fuga.—¿Lo hizo?—Se declara inocente. Pero si me preguntas mi opinión: digamos que no me extrañaría.Cerré los ojos. Me d
MARISOL—¡Lo conseguimos! ¡Tenemos el contrato del Grupo Ferrer-Escudero!El grito de Gabriel me sacó el sueño de los ojos al instante.—¿En serio?Me recorrió un nervio. Todo nuestro trabajo había dado frutos, y yo iba a participar en algo que tendría un papel importante en las grandes ciudades de toda España.Pero justo entonces se me revolvió el estómago al pensar en pasar tanto tiempo en la misma sala que Alejandro.—Tendrán el espacio listo para nosotros el lunes. Yo tengo oficina propia, pero tú y el resto del equipo se sentarán en el área abierta. Además, Alejandro quiere hablar con cada uno de nosotros individualmente.Mi estómago volvió a dar una vuelta.—Individualmente… ¿para qué?—Ni idea. Mi sugerencia es decir lo menos posible. Responde lo que te pregunte, dile que estás contenta de colaborar y déjalo ahí.Pensé que podía ser una oportunidad para aclarar las cosas. Dejarle claro que no le contaría a nadie lo de nuestro… encuentro anterior.—Y, Marisol —continuó Gabriel—,
JANDRO—Ni de broma —respondí cortante cuando Ricardo propuso adjudicarle el contrato a Línea Cristal Arquitectos.—¿No te gustó la propuesta? —preguntó Ignacio, y se dejó caer en uno de los sofás de la oficina—. Escuché que fue buenísima.Los dedos de Ricardo recorrieron el documento.—Y por lo que veo aquí, son exactamente lo que necesitamos.Ese «exactamente lo que necesitamos» me llevó de golpe al momento en que Marisol entró a la sala de juntas.En el segundo en que la reconocí, volví a esa noche en mi habitación de hotel. A su risa. A cómo me había contado, con esa sinceridad que no sabía esconder, que creía no tener nada de especial. Y a lo que sentí al despertar con la cama vacía y una sola sábana todavía tibia.No me había molestado que se fuera. Eso me repetí durante un mes.Eché el recuerdo fuera de mi cabeza, me recosté en el sillón de cuero y crucé una pierna sobre la otra.—Hay algunas propuestas buenas.—Ninguna tan buena como la de Línea Cristal.Me froté la barbilla.
MARISOLUn mes antes—Eres un cobarde, y lamento haberte creído una sola palabra. No me mereces, y no mereces ni un segundo más de mi tiempo. Búscate a otra mujer que no sea «demasiado independiente» para ti, porque yo ya terminé de ser la tonta que te quiso.Colgué antes de que Gabriel pudiera responder, y la terraza del bar del hotel se quedó en silencio. Un par de huéspedes me miraron. Me dio igual. Ya bastante me dolía que mi novio hubiera terminado conmigo por ser demasiado independiente. No tenía espacio para el drama de nadie más.Dejé el teléfono sobre la barra con más fuerza de la necesaria.—Otro chocolate caliente, por favor.El camarero contuvo una sonrisa y asintió.—Ahora mismo.—Yo en tu lugar lo pediría con doble crema —dijo una voz grave a mi lado.Me giré. Parecía pulido, como esos actores de primera línea de la tele.—¿Perdón? —Respiré hondo—. Yo no te conozco y tú no me conoces, así que seguro no tienes nada que opinar sobre lo que pido.Por fin giró la cabeza haci







